POR MIGUEL ÁNGEL CASTRO NOGUEIRA Y LAUREANO CASTRO NOGUEIRA
Ciencias sociales y naturalismo

El estudio de la cultura y de la vida social y política es necesariamente una tarea de las ciencias sociales y humanas. La razón salta a la vista: no podemos prescindir de la contextualización de los procesos de transmisión cultural dentro de tradiciones locales, ni de la reconstrucción de los procesos históricos, de la descripción densa de los sistemas de significado con que los individuos dan sentido al mundo, de la identificación de variables geográficas, económicas, estructurales o simbólicas capaces de dirigir dichos procesos o del desvelamiento de las relaciones de poder responsables de las desigualdades educativas, de género, socioeconómicas, políticas o ideológicas. Todos estos objetivos son irrenunciables y pertenecen por derecho a la reflexión científico-social y humanística. Además, de acuerdo con la mejor tradición de pensamiento crítico, sólo una comprensión profunda de los procesos históricos a partir de sus causas puede contribuir a ampliar nuestro horizonte de progreso y bienestar.

Ahora bien, a pesar del incuestionable valor de estos principios heurísticos, el estudio de la cultura y de la vida social y política no es una tarea exclusiva de las ciencias sociales. No puede serlo. Hay al menos tres buenas razones para ampliar el explanans incluyendo algunos resultados alcanzados por la investigación naturalista acerca del hombre y sus productos culturales.

En primer lugar, no es posible formular una interpretación del comportamiento humano, individual o colectivo, sin asumir, si quiera implícitamente, algunos supuestos acerca de nuestra naturaleza social, la consistencia de nuestra racionalidad, el componente intencional de nuestra conducta, los sesgos cognitivos que operan en nuestra mente, el papel del aprendizaje social o la importancia de las emociones, entre otros muchos aspectos. Esta circunstancia nos obliga a indagar acerca de la naturaleza humana con objetividad y consistencia empírica, pues no hacerlo conduce a la especulación.

En segundo lugar, el ser humano no es una materia inerte y pasiva enteramente moldeable por el entorno social. La evidencia acumulada a este respecto demuestra la existencia de una naturaleza humana común que debe ser considerada al interpretar el curso histórico de la vida social y que, como intentaremos mostrar, interviene de manera activa en su configuración. Dicha naturaleza se expresa a través de un conjunto de disposiciones bio-psico-sociales plásticas surgidas durante el proceso de evolución biológica. La cultura y la historia no son realidades autorreferentes, emancipadas de la naturaleza de nuestra especie.

En tercer lugar, la consideración de la naturaleza humana como una variable necesaria en la explicación de la cultura y el comportamiento social de nuestra especie no sólo es una decisión consistente desde las perspectivas lógica y empírica, sino que puede ser, como ya lo fue durante la Ilustración, un motor para el progreso moral y la igualdad de derechos. Es un error asociar necesariamente la investigación de la naturaleza humana con el conservadurismo y las políticas segregacionistas, aunque tal asociación haya existido y sus trágicas huellas permanezcan en nuestra memoria.

En estas páginas ilustraremos cómo articular esta colaboración tomando como materia el análisis del fenómeno nacionalista. Primero, nos proponemos señalar qué aspectos del fenómeno se resisten a una interpretación estrictamente historicista y, a continuación, identificaremos los mecanismos bio-psico-sociales que subyacen bajo tales aspectos.

El nacionalismo. Luces y sombras de la perspectiva historiográfica estándar

El nacionalismo es una parte esencial de los procesos políticos contemporáneos. La historia de los siglos XIX y XX no puede comprenderse al margen de los procesos de integración nacional de algunos de sus territorios, de las disputas territoriales entre naciones y de la desaparición de los imperios coloniales como consecuencia de las reivindicaciones nacionales. A pesar de ello, su protagonismo es relativamente reciente. La opinión historiográfica más extendida sitúa el origen del nacionalismo en la Modernidad y lo define como «un movimiento ideológico para alcanzar y mantener la autonomía, la unidad y la identidad de una población que algunos de sus miembros consideran constituir una nación real o potencial»[1].

El término nacionalismo se usa generalmente para describir dos fenómenos diferentes aunque conectados: por una parte, la actitud característica de los miembros de una nación cuando cultivan y se preocupan por su identidad colectiva, y, por otra, las acciones que los miembros de una nación realizan cuando tratan de lograr o mantener su capacidad de autodeterminación. El nacionalismo remite, pues, a un segundo conjunto de problemas no menos espinosos, como el propio concepto de nación o de identidad nacional, las circunstancias que definen la pertenencia a dicha colectividad, los sentimientos de lealtad que el individuo experimenta hacia su comunidad y el modo en que dichos sentimientos son movilizados, sus obligaciones respecto de ella, el papel de ciertos grupos –élites– en la construcción nacional o el grado de autodeterminación que debe exigir cada individuo y cada comunidad para satisfacer su voluntad de autonomía.

La teoría estándar acerca del nacionalismo, desarrollada por Ernest Gellner [2], Eric Hobsbawm[3] o Benedict Anderson [4], entre otros, se conoce como teoría modernista. En líneas generales, las teorías modernistas sostienen que el nacionalismo emerge como el resultado de la transición de la sociedad tradicional a la moderna y que, en consecuencia, no existe antes de este momento histórico. Algunas de estas teorías consideran que el factor clave para el desarrollo del nacionalismo fue la propagación de la industrialización y de las condiciones socioeconómicas, políticas y culturales funcionalmente asociadas con ella[5].

Gellner, por ejemplo, argumenta que el nacionalismo es un fenómeno ligado a la transformación de las sociedades agrarias premodernas en sociedades industriales y que sirvió para reemplazar el vacío ideológico que dejaron la desaparición de la anterior cultura de la sociedad agraria y el sistema político y económico del feudalismo. Hobsbawm, por su parte, interpreta el nacionalismo como un fenómeno top-down en el que la voluntad política de las élites resulta decisiva, tanto o más que las condiciones históricas y sociales que lo acompañan. Dicho de otro modo, el nacionalismo, como ideología, es anterior siempre al hecho nacional y, por tanto, no son las naciones las que producen el nacionalismo, sino los nacionalismos los que fundan las naciones. Anderson, por el contario, prefiere considerar la nación como una comunidad imaginada. La nación surge en el campo de lo imaginario y, en la medida en que dicho imaginario contenga la suficiente fuerza performativa y disponga de los recursos materiales para implementar un proceso de socialización o resocialización adecuado, podrá convertirse en una realidad política.

La teoría modernista se ha impuesto dentro del mundo académico frente a otras visiones alternativas, trasladando la idea de que el nacionalismo sólo puede ser explicado como un producto genuinamente histórico y cultural, reciente e irreductible a otros vínculos psico-sociales. Sin embargo, en los márgenes de la teoría modernista encontramos otras perspectivas más sensibles al sustrato naturalista que se intuye tras la dimensión histórica y contingente del nacionalismo.

Las aproximaciones alternativas más sugerentes son aquellas que subrayan bien aspectos esencialistas, bien intereses instrumentales. Los primeros, ya sean románticos, etnosimbolistas o biologicistas, consideran la existencia de esencias nacionales o étnicas que perduran a través del tiempo y que confieren a sus individuos portadores cualidades singulares o diferenciales. Los segundos, por el contrario, ven los conceptos de nación y etnia como realidades construidas, laxas en cualquier caso, cuya única virtualidad es su capacidad para movilizar a la población de acuerdo con las intenciones políticas, religiosas o económicas de las élites que detentan el poder, como cualquier otra categoría colectiva construida ad hoc.

Aunque estos enfoques pueden parecer periféricos, refieren aspectos que no pueden ser obviados. En el caso del instrumentalismo, es indudable que las tensiones étnicas o identitarias pueden ser utilizadas estratégicamente por las élites para alcanzar ciertos fines. Estas metas son principalmente de carácter político e incluyen, entre otras, demandas de autogobierno, autonomía, acceso a recursos y poder, respeto a la identidad y cultura del grupo y derechos de las minorías. Los instrumentalistas sostienen que la identidad nacional tiene muy poca o ninguna consistencia fuera del proceso político en que aparece y resulta, en su naturaleza, comparable a otras afiliaciones políticas, tales como creencias ideológicas o la pertenencia a un partido político. Por ejemplo, tanto en el caso del nacionalismo español durante la dictadura franquista como en la reivindicación independentista vasca o catalana, por citar dos escenarios cercanos, las élites políticas han incentivado la identidad nacional mediante recursos económicos, educativos y simbólicos como mecanismos para incrementar su poder y movilizar a las masas populares en sus reivindicaciones.

Sin embargo, aunque el instrumentalismo destaca una dimensión decisiva del fenómeno nacionalista, cabe hacer dos consideraciones a propósito de su tesis principal. La primera sostiene que resulta poco plausible el hecho de que el uso político-instrumental explique por sí sólo el origen del fenómeno nacionalista. Este parece apoyarse, además, en otras dimensiones de la experiencia social compartida y, en nuestra opinión, en determinados rasgos de la naturaleza humana. La segunda afirma que las élites políticas, aun actuando movidas por intereses instrumentales, no dejan de ser individuos integrados en identidades colectivas, por lo que su comportamiento no puede reducirse a juegos de estrategia desprovistos de significación étnica o nacional.