La relación personal estuvo, en los primeros años, llena de alternativas, de «baches», de tropiezos. A veces estábamos meses y meses sin tratarnos, porque mi carácter le resultaba demasiado blando con los demás, poco exigente. «Usted es un politiquero», me decía, refiriéndose a que yo tenía trato, superficial, pero cordial, con personas por las que él sentía un desprecio total (me refiero a la cultura, al valor intelectual de esas personas). Un día me dijo, muy encolerizado: «¡Usted es capaz de cualquier cosa, usted es capaz de hablar hasta con Jorge Mañach!». Llamarme pastelero, politiquero, salonnièr era de lo más suave que me decía. En ese tiempo era un verdadero ogro, un puercoespín hecho y derecho (Lázaro, 1998, p. 22).

 

Como periodista, colabora en las principales publicaciones periódicas del momento: Social, Verbum, Baraguá, Grafos, Espuela de Plata, Revista Cubana, Clavileño, Poeta, Orígenes y América, entre otras. Traduce a T. S. Eliot, George Santayana, Paul Éluard, Hilda Aldington y muchos otros autores de lengua inglesa y francesa. En 1942 publica Poemas y Saúl sobre su espada y es antologado en Diez poetas cubanos, 1937-1947 (1948), de Cintio Vitier, dedicada a los miembros de Orígenes.

A partir de 1945 trabaja como redactor jefe del Diario de la Marina, decano de la prensa en Cuba, desde la colonia y hasta el fin de la Primera República. Es el momento en que se produce un cambio sustancial en la vida poética e intelectual de Gastón Baquero. Consigue con ese nombramiento un estatus social muy jerarquizado, entra inevitablemente en política y desempeña una intensa actividad como hombre de la alta cultura nacional y como representante de ésta dentro y fuera de Cuba. Sobresale su labor como articulista en sus columnas «Panorama» y «Aguja de marear» y como editorialista del periódico. Escribía al mes más de quince artículos, crónicas y muchos editoriales, que lo ubican entre los más destacados periodistas de la prensa cubana de todos los tiempos.

Largo periodo de primacía social y distanciamiento poético. El poeta se enmascara, aplaza su vocación primera. Fina García Marruz, tan vinculada al Gastón poeta, recuerda estos momentos con angustia:

Cuando decidió alejarse para no volver nunca más a vernos, recuerdo haber oído las palabras melancólicas de Lezama, al que llamaba «maestro», estas que le hubieran sorprendido: «De nosotros era el que tenía más dones». Pues no lo creía, y hubiera dado todo por escribir algo semejante a sus «jardines invisibles». Aquellos efebos tras sus flautas, que parecían un Botticelli.

Hacía tiempo que no nos visitaba. Había quedado, colgado del árbol navideño, el regalo que le habíamos comprado, reuniendo entre todos los dineros, las últimas Pascuas. Visiblemente nos evitaba. Se reunía ahora sólo con las nuevas amistades del periódico, dedicado a su nueva vida social. Cuando Cintio le preguntó por qué, ahora que no tenía ya problemas económicos, no publicaba su Comedia de san Jorge, le respondió tajante: «Un hombre que hace la vida que yo llevo no debe publicar poesía» (García, 2001, p. 340).

 

Baquero se aleja del grupo Orígenes. Recordemos que sólo publicó un poema justamente en el primer número de la revista: «Canta la alondra en las puertas del cielo» (Orígenes, núm. 1, primavera, La Habana, 1944). No obstante, su relación con el «maestro» Lezama fue siempre de gran admiración. Años después, en España, recordaría al poeta de Trocadero como un hombre inflexible y muy selectivo. Observaba, con cierta ironía y asombro, que, con los años, Lezama había cambiado mucho.

Desde su acceso a la jefatura de redacción del Diario de la Marina, Baquero se adentra cada vez más en un camino político de difícil pronóstico. Predomina en él una visión conservadora dentro de un contexto autoritario y arbitrario. Gastón pacta con ese poder, ensaya una elocuencia preestablecida, pone de relieve sus dotes argumentativas. No basta con sus textos periodísticos más sociales en la Cuba de finales de los cuarenta y una década como la del cincuenta, simbolizada por un golpe de Estado.

Baquero no es ingenuo, sabe creer lo que quiere, procura preservar su nuevo estatus social, el trabajado triunfo de un individuo de extracción pobre, que es mulato, homosexual y poeta. Es consciente de lo que ha sido y de lo que es. Sabe cómo conducirse. Logra instalarse en los bordes de una clase alta profesional y disfruta de los resultados que trae aparejado ese saber y ese actuar. Es por eso que Baquero deja a un lado la poesía y ahonda en las normas de un juego muy cambiante. Muchos años después, escribirá versos que revelan la angustia que debió sentir en aquellos años enteramente politizados: «Silbar en la oscuridad para vencer el miedo es lo que nos queda. / No creáis que me haya dejado, jamás, distraer por la apariencia de la luz».

Gastón se adentra en una carrera política de retornos imprecisos. Inmediatamente después del golpe de Estado, protagonizado por el general Fulgencio Batista y Zaldívar, el 10 de marzo de 1952, es llamado al cuartel de Columbia y éste le propone la cartera de un nuevo ministerio que piensa crear, el de Información. Lo escoge por sus capacidades intelectuales y su prestigio como periodista. Baquero no acepta, pero, un mes más tarde, se crea una suerte de cuerpo legislativo, denominado «Consejo Consultivo», compuesto por ochenta miembros, del cual formará parte. La entrada en ese consejo le traerá rechazos desde sectores políticos y también del mundo literario.

Baquero responde irónicamente al historiador y político Oreste Ferrara, en su sección «Panorama», el 4 de mayo de 1952, refiriéndose a las nuevas funciones de ese consejo y del papel social que se debe desempeñar frente a los opositores del sistema. Llama la atención sobre la crítica abierta que se produce contra la nueva institución y el silencio que prevalece entre esos mismos críticos frente a los militares y el propio Batista:

Este aval que un gran historiador y un experto en la psicología predominante en nuestra querida aldea me concede llega en un momento interesantísimo para mí, pues he tenido la debilidad de aceptar una invitación del presidente Batista para trabajar en el Consejo Consultivo, y sabrá usted que eso significa en Cuba, siendo civil, meterse por los propios pies en una vitrina que apedrean los vivos y los ganosos de mantener sin riesgos un «cartel de guapo» (Díaz, 2008, pp. 70-76).

 

Lo cierto es que lo acompañan ya tres poemas que lo identifican como un poeta de excepción, incluso a pesar de su eventual renuncia a la poesía. Se trata de «Palabras escritas en la arena por un inocente», «Saúl sobre su espada» y «Testamento del pez».

Las diferencias entre los tres son notables. «Palabras…» está marcado por las múltiples influencias de La tierra baldía, de Eliot: sus asombrosas devastaciones penetrando en lo lúdicro, lo fascinante, lo naciente del poema baqueriano. «Saúl…», más origenista y fúnebre. «Testamento…», retóricamente exaltado, como música de un himno.

Su salida definitiva de Cuba es abrupta, escapa de un peligro extremo. Escoltado por los embajadores de Ecuador, Perú, Colombia y Chile, que lo acompañan hasta el aeropuerto de La Habana, parte hacia Quito el 23 de marzo de 1959. Sobre su llegada a Ecuador comenta:

Al llegar a Quito, me encuentro con un coche oficial enviado por el presidente de la República. Me entrevisté con él. Me ofreció un puesto en el Gobierno y que me quedara en Ecuador. Yo se lo agradecí mucho, pero ya que había tenido que abandonar Cuba, soñaba con venirme a España. Acepté algún dinero del presidente ecuatoriano y el 29 de abril de 1959 ya estaba en España, de donde no he vuelto a salir jamás (Díaz, 2008, p. 115).

 

En 1958 Gastón Baquero era presidente de la Asamblea de Institutos Interamericanos de Cultura, presidente del Instituto Cubano-Ecuatoriano de Cultura, presidente honorífico de la Casa Continental de Cultura, la Asociación de Escritores y Artistas Americanos y el Instituto Nacional de Previsión y Reformas Sociales, así como presidente de la Academia Nacional de Artes y Letras, presidente honorífico de los Caballeros de Acción Católica, presidente de la Liga Contra el Cáncer y la Liga Contra la Ceguera. Presidió también la Asociación de Unidad y Lucha por la Reivindicación Campesina y los Derechos del Niño (Díaz, 2008, p. 110).

En el exilio madrileño comienza a trabajar simultáneamente en el Instituto de Cultura Hispánica y en Radio Exterior de España. Retorna a la poesía y al ensayo literario. Es profesor de Literatura Hispanoamericana e Historia de América en la Escuela Oficial de Periodismo. Publica Poemas escritos en España (1960), Escritores hispanoamericanos de hoy (1961), Memorial de un testigo (1966), Darío, Cernuda y otros temas poéticos (1969), Magias e invenciones (1984), Poemas invisibles (1991), Indios, blancos y negros en el caldero de América (1991), Autoantología comentada (1992), Acercamiento a Dulce María Loynaz (1993), Poesía y Ensayo (dos tomos; 1995), La fuente inagotable (1995).

La trayectoria española estuvo marcada por la indiferencia y la falta de reconocimiento. Sólo en sus últimos años se realizaron eventos de proyección internacional y se editaron amplias antologías y compilaciones de sus ensayos y poesía. Por una parte, sus amigos salmantinos y, por la otra, poetas y escritores cubanos y españoles ubicaron en su justa dimensión la obra y la figura del poeta cubano. Baquero sobrellevó aquella indiferencia con la misma fortaleza con que había encarado otros momentos críticos de su vida. En el homenaje «Baquero, poeta de tres mundos», organizado en Salamanca, en 1993, el hispanista y ensayista cubano Roberto González Echevarría lo evoca de este modo: