[…] y harán el ridículo los que quieran convertirlo en mártir de la política o el exilio. Para estar a la altura de su apuesta habrá que lidiar con la poesía.

Y pese a sus recatos, su poesía es escasa pero grande, en una línea que no podemos resistir la tentación de llamar mallarmeana, por su rigor, por su aspiración a hacerse música, pero que tiene ecos de la poesía más pura en la lengua castellana, sobre todo en los maestros del Siglo de Oro. Entre éstos, y a diferencia de Lezama, que optó por Góngora, Baquero está más próximo a fray Luis y al Quevedo de los poemas metafísicos. Lezama sintió el torrente poético de don Luis como una llamarada que lo consumía, Baquero la pureza de fray Luis como transparencia depuradora de lo bello a lo sencillo, aunque no a lo fácil (González, 2008, pp. 391 y 392).

 

Interrogado por el ensayista y crítico cubano Carlos Espinosa sobre cómo fueron sus primeros años en España, Gastón Baquero respondió:

Creo que fueron tan penosos y difíciles como pudieron serlos para cualquier otro. Yo había estado varias veces en España, pero una cosa es ir a un país en plan de turista y otra es ir a instalarse en él y tratar de conseguir trabajo. Sí, fueron años bastante difíciles. Pero me encontré con personas comprensivas que me abrieron las puertas y los brazos. Por ejemplo, en el Instituto de Cultura Hispánica, que entonces se llamaba así, me acogieron muy bien desde el primer momento. En el propio año 1959, Rafael Montesinos me invitó a su tertulia literaria, que sigue realizándose hasta hoy. Y encontré, en resumen, ese calor de acogida. José García Nieto, Antonio Manuel Campoy y Luis Jiménez Mendoza [¿Martos?] son tres nombres que no quiero olvidar.

Como tenía que trabajar para vivir, hice algunas colaboraciones para publicaciones españolas y luego entré ya en Radio Exterior de España. Como no admitían mi título, entré primero como colaborador en un programa cultural que se llamaba Tercer programa, en donde yo charlaba sobre literatura hispanoamericana. Producto de esas charlas es un librito que salió en 1961, Escritores hispanoamericanos de hoy. Una edición que fue una verdadera desgracia, ya que, de los setenta autores que eran, sólo publicaron veinte. Como nadie tenía fe en mí y había poco dinero, dijeron: pues vamos a poner nada más que veinte autores […]. Luego me quedé trabajando nada más en el Instituto, de donde pasé, algunos años más tarde, a trabajar como redactor en Radio Exterior. Allí he estado hasta hace poco, y ahí me jubilé (Espinosa, 1998, pp. 37 y 38).

 

En la cita anterior se produce una confesión desoladora: «Como nadie tenía fe en mí», dice Gastón, y con ello confirma el aislamiento y el desconocimiento en los que se encontraba frente a buena parte de los intelectuales y creadores españoles. Baquero es un individuo con una capacidad de adaptación vertiginosa, su resistencia intelectual y humana lo conducen persistentemente a nuevas formas de recuperación: «Ante la imposibilidad ontológica de dominar la realidad, existe para el hombre el instrumento de la poesía, llave que permite entrar e instalarse en el doble imaginativo o fantástico de toda realidad» (Lázaro, 1998, p. 15).

James Wood, en su libro Lo más parecido a la vida, trata el tema del exilio en diferentes planos y circunstancias. Cita a Edward Said en sus «Reflexiones sobre el exilio»: «El exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar […]. Los logros del exiliado están minados siempre por la pérdida de algo que ha quedado atrás para siempre» (Wood, 2016, pos. 1046). Said parece detenerse en un tipo de exilio más limitante y escabroso. Así comienza el viaje definitivo de Gastón en España, hasta conseguir un estatus de relativa independencia y estabilidad creativa. Entonces, puede afirmar: «Mi casa la llevo conmigo. Yo vivo y produzco dentro de mí» (Espinosa, 1998, p. 42):

Parece que estoy solo,

diríase que soy una isla, un sordomudo, un estéril.

Parece que estoy solo, viudo de amor, errante,

pero llevo de la mano a un niño misterioso,

que a veces crece de repente […].

«Silente compañero», Baquero, 1966, p. 173

 

Existe un tipo de exilio más recuperador, en especial, cuando se convierte en fuente de creación. El exilio de Gastón Baquero finalmente cicatriza. Perdido el hogar nativo, se reconstruye otro a través de la literatura.

James Wood recuerda a Heródoto cuando dice que «Los escitas resultaban difíciles de vencer porque no tenían ciudades ni fortificaciones: “Llevan sus casas consigo y disparan con arco montados en caballos […], sus moradas están en sus carros. ¿Cómo no van a ser invencibles e inaccesibles para los demás?”. Tener un hogar es volverse vulnerable, afirma Wood» (Wood, 2016, pos. 1030).

Baquero apuesta por el viaje, por la aparición de nombres acompañantes que contribuyan a reconstruir la memoria desactivada en el exilio. Sin la obra escrita en España no hubiéramos podido establecer una poética concluyente. El poeta construye un puente personal entre el origen de su escritura y las largas derivas que se desprenden de ella. Acumula tantos años fuera de la isla que hace de su país de nacimiento algo inhabitable. Ha desarmado sus casas iniciales, de Banes y La Habana, para edificar otras que parecen barcos. Visitar la casa de la calle Antonio Acuña, 5, en Madrid, fue como entrar en una biblioteca marina, entre estanterías a punto de derrumbarse y puertas que habían perdido sus picaportes y cristales. A través de salas anegadas por libros, desde angostos y largos pasillos, allá en el fondo, pude ver una tarde la figura de Nureyev, en un cartel que tapaba un hueco: «Coriolano mi perro leyó en el Times / la muerte de Nureyev. Como lleva tanto tiempo / el bailarín viviendo con nosotros / (un póster de su figura cubre una astilladura de cristal / en la puerta del baño) Coriolano se echó a llorar / desconsoladamente […]» (Rodríguez, 2001, p. 295).

Una tarde de 1995, en la biblioteca de la residencia de Alcobendas, me contó en detalle las circunstancias en las que fue concebido su poema «Fábula». Sucedió en un insufrible viaje en tren. Escuchaba el sonido de una puerta que se abría y cerraba de continuo: «Yo venía viajando en muy malas condiciones —un 22 de diciembre— en un tren de Oviedo a Ávila. Iba de pie —un gran recorrido muy molesto—. Iba en tercera clase. Intenté sentarme en un quicio frente a una puerta que con el vaivén se abría constantemente, y yo la cerraba cada vez que se abría. En medio del tracatá del tren, de la puerta, en medio de aquella incomodidad, escuché el nombre de Filemón Ustariz. Era como un ritmo que se traducía en cierto nerviosismo; algo que se movía mucho. En realidad, era como un símbolo de la huida. Este señor se encontraba pasando un tiempo prisionero, y entonces se inventa un viaje muy libre. Era el deseo de huir de circunstancias difíciles»:

Filemón es mi nombre, Ustariz mi apellido.

No dormimos dos veces bajo la misma estrella;

cada día un paisaje, cada noche otra luz,

un viajero hoy nos halla junto al río Amazonas,

y mañana es posible que en el río Amarillo

aparezcamos justo al irrumpir el sol.

Somos como las nubes, pero reales, concretos:

un hombre, un perro, una vaca, un sombrero,

apestamos, queremos, odiamos y nos odian,

vagabundos, errantes, sin más tierra que el cielo.

Baquero, 1966, p. 193

 

El corpus poético de Gastón Baquero se hace resistente frente al decurso del tiempo. Se vale de él, lo enrarece, lo disuelve y reconstruye dentro de espacios insólitos, a través de lo que él llamó «tiempo unísono» y «juego de permutas». Con referencia a la expresión «juego de permutas», es propicio destacar cómo desde 1937, en una serie de artículos periodísticos que se extienden hasta 1941, el poeta comienza a establecer ya esos inusitados encuentros, muy abundantes en libros como Magias e invenciones. Así pues, observamos desde entonces relaciones tan especiales como las de Goya y Ramón Gómez de la Serna, Goethe y Thomas Mann, Leonardo y Stendhal. Sobre este último binomio escribió en Grafos:

Imaginaos un dialogar entre Leonardo y Stendhal. Más aún, imaginaos una cita convenida entre ambos. Leonardo llegará científico, patriarcal, exacto. Stendhal no asistirá. Pero luego, sin el menor rubor, va a exclamar: «¡Qué queréis, no pudimos entendernos! Verdad es que no se dignó siquiera dirigirme la palabra». Porque oídlo, sólo esto es verdad: toda cosa es verdad (Baquero, 1937, p. 43).

 

La resistencia es la imagen; la realidad, una zona donde lo inventivo reordena libremente las experiencias más inusuales. Se parte de un conocimiento previo para subvertir la lógica de los acontecimientos:

Ese largo viaje hacia el ser de la poesía ha culminado en el reconocimiento de la significación metafísica del quehacer poético. Se ha recordado en más de una ocasión el término griego poiesis, y en ocasiones se ha indicado aquella palabra querida por los teólogos medievales: «heurística». Pero, en términos corrientes, puede afirmarse que se ha redescubierto el valor de invención del mundo, de capacidad para fabricar, mediante fábulas, los contornos verdaderos de la realidad, y que, en consecuencia, se comprende que la poesía es la prolongación en el hombre de la imagen y semejanza de Dios, en cuanto creador (Baquero, 2015, p. 18).

 

La obra de Baquero se nutre de las copiosas lecturas y estudios de las poesías española, francesa, inglesa, americana. Podríamos, incluso, ensayar una larga lista de sus preferencias e influencias modernistas y de vanguardia, que van de Edgar Allan Poe a César Vallejo. Sin embargo, es imperioso detenerse en T. S. Eliot y en su famoso poema La tierra baldía. Gastón se deslumbra ante lo que él llama «análisis objetivo, fenomenológico de las emociones cotidianas» (Baquero, 2015, p. 32). «Palabras escritas en la arena por un inocente», en ciertos fragmentos, reinterpreta esa fenomenología y la adecua a planos expresivos más abiertos y rítmicos. Indagaciones textuales que se abren a una persistente reescritura de la historia por alguien que, desde una pureza declarada, pudiera estar condenado a no ser entendido nunca. Ambigüedades latentes entre saber e ignorancia. «Palabras…» conminadas a ser escritas cada vez que son borradas, como un juego arbitrario de adivinaciones, como las barajas paródicas del tarot de madame Sosostris.