En buena medida, Manual del distraído se compone de este tipo de maniobras digresivas, que pausan y falsean el posible curso del relato, supeditando el recorrido formal no tanto al devenir de los sucesos como a su formulación y reformulación internas; predominan, por tanto, los recortes caprichosos, los hilos invisibles, la acotación ambigua, el detalle más o menos lateral, los gestos anticlimáticos. Y ello quizás se deba, en parte, a que son episodios ya muy barajados por la voz enunciadora; anécdotas que cabecean en el maletón biográfico que todo individuo arrastra por la vida; quimeras domésticas —más conversadas que escritas— que de pronto se restauran con la ayuda de alguna minucia que vuelve, alguna perspectiva que cambia: ese personaje inédito, aquel silencio demasiado enfático al salir del cine, el jarrón chino de la abuela que antes no estaba sobre la mesa…, lo cual da la excusa para volver a repasar la historia, desechando esto o aquello, o bien sumando una nueva hipótesis a la exposición. En consecuencia, el narrador rossiano —que juega mucho con el fabulismo implícito en la oralidad— descarta la trama rectilínea, la progresión climática, el chantaje cronológico, que son estrategias más bien librescas, puramente textuales, utilizadas en los protocolos de la objetividad realista; trabaja con la sustancia maleable del recuerdo, se beneficia de las mudanzas constantes de la memoria; en ciertos casos, incluso, deja que la narración se impersonalice y se relate a sí misma, a modo de las fórmulas tradicionales, disolviéndose él en una zona neutra entre emisor y receptor, disfrazándose de intérprete o de intermediario, aunque lo que se cuente sea una aventura extraída del repertorio íntimo, como sucede en una página titulada «Relatos»[ix] donde se rememora un viaje familiar en barco desde Europa a Sudamérica, en plena conmoción de la Segunda Guerra, cuando el futuro escritor tendría apenas diez años. Por otra parte, no se puede omitir que éste es un libro de circunstancias, gestado un poco por azar en la columna mensual que el autor escribió para las revistas Plural y Vuelta, a lo largo de la década del setenta; dados esos compromisos con la inmediatez y con el campo intelectual, algunos textos son más convencionales y ostentan más claramente las signaturas de aquel tiempo, que se deslizan por allí con algún dejo satírico y polémico. El fantasma de época que agita las hojas de Manual… es lógicamente la gran novela latinoamericana, cuyos atuendos folclóricos nuestro autor parece conocer muy bien: «Los velorios, las putas interesantes, las borracheras metafísicas, los burdeles cósmicos y los personajes que disimuladamente se suicidan a lo largo de cuatrocientas páginas».[x] Asimismo, se intercala una reseña titulada mordazmente «Vasto reino de pesadumbre», en la cual se impugna a El otoño del patriarca (1975), la obra sin duda más ambiciosa de García Márquez, castigándola por ser demasiado perfecta o por no conservar «zonas muertas», y reduciéndola a «falsa magia, angelitos de barro, burros de cartón y sirenitas enamoradas»; valga decir: una epopeya de los trópicos consabidos que el mismo Rossi transitará, paradójicamente, veinte años después, con mucho gusto —y con bastante menos fortuna que el señor de la guayabera— en La fábula de las regiones (1997). No obstante, al margen de que éste es un libro que quizás haya sido escrito, en buena medida, como un antitóxico contra la quincaille frondosa del realismo mágico, en los seis relatos que lo componen, se puede percibir al narrador rossiano desplegando al máximo sus facultades analíticas, así como su voluntad de destipificar la historia de Hispanoamérica, manteniéndose fiel al principio digresivo, anecdótico, empírico, de la narración coloquial. «El pasado, me di cuenta —se afirma allí—, es como un viejo que no acaba de morirse y que altera las versiones de su vida según los interlocutores».[xi] Eso es, la historia de un continente como puro anecdotario; el propio pasado, ese viejo locuaz y mitómano, que se aferra lúbricamente a su último bostezo —y a su último bosquejo— vital.
El solipsismo autobiográfico se entreteje en Manual del distraído con el solipsismo filosófico, y éste contradice e impugna veladamente a aquél, puesto que el «yo» pensador —abstracto, técnico, metafísico— opera, por su condición misma, reduciendo al extremo las circunstancias existenciales, histórico-representativas, que delimitan al «yo» autobiográfico. El problema gnoseológico de la certeza obstruye, en cierto modo, el camino hacia la experiencia y el conocimiento de sí mismo y, por ende, cierra abruptamente la puerta al despertar del sueño dogmático del yo, esa catarsis final, mesiánica —tan próxima a la salvación de las almas—, que alienta en el fondo de todo relato autobiográfico. A propósito de esto, en las páginas de un diario[xii] que todavía permanece inédito, Rossi anotó cautelosamente: «No hay nada que descubrir, ninguna clave oculta, ningún secreto enredado que, desentrañado, ordene todo. Es una forma de pensar equivocada. No hay que buscar ninguna clave perdida en los vericuetos de la infancia o la adolescencia. Ésa es otra forma de esperar al Mesías». No obstante, ¿para qué habría uno de escudriñar por escrito en la propia vida si no albergara alguna intención trascendente, o si no buscara en ella alguna forma de preservación de la esencia personal? El mínimo fragmento de materia tiene tanto apetito de eternidad como el enésimo hijo apócrifo de Marlon Brando o el perro displásico que anda vagando por las calles. Por lo demás, para el narcisismo del autobiógrafo, es tan significativa la configuración particular de su dedo meñique como aquella cigarrera de plata del abuelo encontrada en una cómoda, la lectura de los astros el día su nacimiento o el recuerdo de la primera crisis de asma.
Memoria e imaginación, memoria y lenguaje, son la misma cosa, integran el mismo dispositivo en el cual se plasma y se reproduce la cinta autobiográfica. Como en el magnetofón de Krapp, los cabezales giran desquiciada y machaconamente, según los caprichos y las intenciones del operario: playback, recording, erasing… Sin llegar, por supuesto, a las oquedades de la mónada beckettiana, Rossi trabaja con un procedimiento análogo. Somos lo que imaginamos o creemos ser, somos lo que recordamos, o más bien: somos lo que hemos preferido recordar de nosotros. Por lo cual, necesitamos de la mediación de las palabras para existir, para modelarnos a imagen y semejanza de nuestras creencias; necesitamos declarar constantemente nuestros recuerdos; necesitamos salir de ellos y teatralizarlos, reescribirlos una y otra vez; actualizarlos; cambiarlos; verificar que efectivamente se corresponden con nuestra subjetividad; que se corresponden con la maravillosa imagen que esperamos evocar, con el relato selecto que nos hemos montado de nuestra vida; pero, en rigor, no tenemos modo de discernir si nuestros recuerdos nos pertenecen, si tienen algún significado propio, ni mucho menos si incumben a algún sujeto real. La actividad simbólica de la memoria es una función altamente especializada en el hombre, aunque quizás nada sustancial pueda arraigar en ella. Sin embargo, los datos básicos de la supervivencia no son, a nuestro parecer, menos decisivos que el aroma de los eucaliptos, el final de una melodía perfecta o la mirada de aquella dama inalcanzable. Con reliquias igual de superfluas —y bastante más prosaicas— todos nos vamos de este mundo.
[i] Rossi, Alejandro: Manual del distraído, Fondo de Cultura Económica, México, 1997.
[ii] Sarraute, Natalie: L’ere du soupçon, Gallimard, París, 1956.
[iii] Fernández, Macedonio: Museo de la Novela de la Eterna, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1996.
[iv] Rossi, Alejandro: Lenguaje y significado, FCE, Santiago de Chile, 1995. La primera edición de esta obra data de 1969.
[v] Véanse Doce, Jordi: «La fábula del escéptico», y Ramírez, Goretti: «El objeto falso: una reflexión sobre Manual del distraído», en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 637-638, 2003.
[vi] Véase «Sueños de Occam», en Rossi, Alejandro: Obras reunidas, Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
[vii] Castañón, Adolfo: Alfabeto de las esfinges. Ensayos transatlánticos, Pértiga, México, 2009.
[viii] Véase Rossi, Alejandro: op. cit., págs. 85-90.
[ix]Véase Rossi, Alejandro: op. cit., págs. 24-29.
[x] Véase Rossi, Alejandro: op. cit., pág. 158.
[xi] Véase Rossi, Alejandro: La fábula de las regiones, Anagrama, Barcelona, 1997.
[xii] Véase «La literatura como forma de vida: fragmentos inéditos del diario de Alejandro Rossi», en Letras Libres, núm. 167, agosto de 2015.
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