POR LIDIA HURTADO

Suele decirse que hay escritores de mapa y escritores de brújula. Sospecho que no es en realidad una diferencia tan drástica, sino que la mayoría de escritores tira de mapa o de brújula según la van necesitando. Los habrá de inicio con mapa y final de brújula o viceversa. Las posibilidades son infinitas. Yo propongo una clasificación distinta, que tampoco será tal, pero que me sirve para explicar lo que quiero decir sobre la escritura. Al menos sobre la mía.

Propongo escritores de imagen y de peripecia.

Tengo un amigo que es claramente un escritor de peripecia. Lo que quiero decir es que cuando me cuenta la idea de una posible novela, la explica de tal modo que llego a sentir que una pequeña película se proyecta frente a mí. Como un boceto en stop motion de lo que podría ser, o esas primeras temporadas de Los Simpsons en que los personajes se parecen mucho a sí mismos pero aún no lo son. Mi amigo cuenta la historia de un personaje que hace cosas y al que le pasan cosas, mi amigo ve la acción. En un principio la ve de forma esquemática y concentrada, solo los huesos. Más tarde, si decide escribir esa historia, todo se cubrirá de carne, de atmósfera, de olores y sonidos. Pero en la primera fase no, en esa fase están solo los huesos. Esto es importante porque en la acción, en esa peripecia, está contenido el sentido de lo que él quiere contar. Yo no soy de esta clase de escritora, yo no veo un personaje en movimiento, veo una imagen estática, una imagen que no se revela sola. Soy escritora de imagen.

Así surge para mí la escritura: en un determinado momento, aparece una imagen y me obsesiono con entenderla. Quiero saber qué esconde y qué significa. Es importante definir aquí «imagen». Con imagen quiero decir esto: un hombre dentro de un pozo esperando algo; un parto en el que nace un caballo enfermo, deforme; una mujer sueña con leones después de dormir en la cueva de Chauvet. Veo la imagen con claridad, pero es una caja cerrada, contiene algo a lo que todavía no puedo acceder.

Casi siempre sé algo de la imagen que no sabía que sabía. Como si habitase dentro de mí completa y yo tuviese que descubrirla. Pensemos en un sueño: un hombre entra en una habitación. En el sueño sabemos quién es ese hombre, de dónde viene, qué intenciones tiene. Es información que está en nosotros aunque nadie nos la haya dicho. Solo preguntándome así por la imagen consigo saber todas esas cosas que no sabía que sabía: ¿a qué espera el hombre del pozo? – a su padre; ¿qué implica que el caballo esté enfermo? – que habrá que matarlo; ¿qué va a hacer esa mujer después del sueño? – despertará llorando.

Tengo que contemplar la imagen con un ojo interior para saber qué es lo que me interesa de ella. Cuál es la historia que contiene. La mayoría de las veces con contemplar no es suficiente, no basta solo con pensar. Tengo que escribir. Escribo acercamientos a la imagen, a lo que creo que hay dentro, hasta que un día en el texto aparece algo que siento verdadero y a partir de ahí camino. Esto implica, claro, desechar mucho texto. Y esa es, creo, la única característica constante de mi escritura: la cantidad de texto que escribo para poder llegar al texto.

En lo demás, nada se mantiene: no tengo ninguna rutina de escritura, ninguna manía particular. No soy especialmente matutina o vespertina, no necesito de un mínimo de horas, ni un lugar especial. Para conseguir escribir, más bien, requiero de una disposición del yo, un estado emocional concreto. Con estado emocional no quiero decir triste o feliz, tranquila o melancólica. Quiero decir entrar en la emoción de la imagen: la oscuridad del pozo en el que el hombre espera, el silencio que se rompe por una gota, por su respiración húmeda y fría, sus dedos acariciando el moho verde de las paredes. Hay ahí una emoción, tengo que estar en ella.

Con el tiempo he aprendido que la escritura es también un estado de atención. Escribo, claro, no solo mientras estoy frente a la página poniendo una palabra tras otra. Escribo mientras saco a la perra, mientras conduzco al trabajo, a veces incluso mientras alguien me habla. Y eso requiere atención. Cuando estoy inmersa en un proyecto, el mundo se puebla de pistas, de coincidencias, de guiños. Tengo que estar atenta para encontrarlas, atenta en la búsqueda y en la escucha.

Una vez me encuentro ahí, solo necesito una cosa: estar sola.

Como he sido, principalmente, escritora de poesía y sufro cierta tendencia a ser parca en palabras, tengo problemas para escribir textos largos. Para mí, no importa el género -un relato, una novela, un ensayo- la extensión viene marcada por la idea de poema. La idea del poema, su concepto, qué puede entrar en él y qué debe estar fuera, determina los límites de todo texto. Es un armazón de madera en el que cada pieza debe encajar. Construyo la novela, entonces, como una sucesión de poemas, una cadena de pequeñas revelaciones. Una tras otra, hasta llegar a la revelación final. La estructura de cada revelación es casi idéntica a la estructura del poema. No importa realmente la extensión, un folio, diez, todo se mantiene en ese concepto. Esto hace que mi escritura resulte fragmentaria y que necesite siempre de reescrituras. Limar los bordes, suavizar transiciones, enlazar textos.

Escribo mucho a mano, en un cuaderno. No solo notas o ideas, sino fragmentos largos de prosa, escenas. Si escribo poesía, es siempre manuscrita. El cuaderno me obliga a la permanencia, cuando escribo directamente en el ordenador me borro demasiado. Puedo pasar dos horas frente a la pantalla y terminar con la hoja en blanco. En el cuaderno, en cambio, una vez escrita la frase uno puede tacharla, puede no darla por buena, puede repetirla con infinitas variantes, pero queda ahí. Se erige como un primer ladrillo sobre el que seguir acumulando. El cuaderno también es una especie de archivo de la vida de un libro, conserva las versiones anteriores, las ideas desechadas: la infancia y la adolescencia de una novela. A menudo, cuando regreso a los textos que he descartado descubro cosas, puede que no funcionasen o que expresasen una idea de la historia que ya no es; pero muchas veces tienen destellos, ideas o apuntes que acaban resultando importantes para la versión final.

Todo esto desemboca en algo inevitable: soy muy lenta. Mi escritura es pausada y por decantación. Cuando trato de darle velocidad se desbarata, se arruina. Todavía me peleo conmigo misma, lo siento como un defecto de carácter, quizá como una falta de oficio. Pero trato de recordarme que en los procesos lentos, artesanales, los objetos adquieren cuerpo, vida. Dice Victoria Cirlot que Jung realizaba sus miniaturas, sus ilustraciones y esculturas, siempre con la materia o técnica más lenta: tintas con largos periodos de secado, que requerían de múltiples capas; ilustraciones minuciosas, repletas de detalles; desbaste delicadísimo. En el proceso de hacer la obra ocurrían cosas, tanto en la obra misma como en el analista. La obra era vivida y producía una suerte de transformación. Yo también quiero vivir mis libros, quiero que estén vivos por el tiempo y el cuerpo que les he otorgado. Creo que, al final, eso es casi lo único que le queda al escritor: el tiempo que ha estado escribiendo. Lo demás ¿qué es? Un contrato, una caja, un objeto precioso que manoseamos incrédulos, con suerte unas firmas o un dinero. No es nada, se pasa rápido, rapidísimo, no deja huella. Si es verdad eso de que en el momento de la muerte me pasará la vida por delante de los ojos, veré muchas horas de mí escribiendo, muchas horas de mí contemplando una imagen. Estoy conforme.