Poemas. Objetos de la muerte. Eterna inmortalidad de la muerte. Algo así como un goteo nocturno y afiebrado. Poesía. Orina. Sangre. // Muerte fluyente y olorosa. Gran oído de dios. Poesía. Silenciosa algarabía del corazón.
Blanca Varela siempre fue visceral. Poesía y muerte, orina y sangre, olor y flujo conviven desde el comienzo en su universo. El libro de barro (1993) no es una excepción. Como si la travesía invertida que va de la placenta del poema al espesor del cuerpo fuera condición necesaria para hacer surgir la materia indecible que a la vez soñamos y nos sueña. Territorio elemental. Oquedad. Luces y sombras del vacío. Dios escucha esos latidos. Ilumina en silencio la herida nocturna que somos.
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Anótalo en tu libro, dice Varela.
Da fe de eso que en la vida ardía.
La poeta es, ante todo, un testigo. Pequeña sibila atormentada por el afán de registrar aquello que, al perderse, nos confirma. No importa que su versión vertical (Parado, hablando como un dios, no siéndolo) advenga entre simulaciones, que lo anotado no alcance, que el sueño del mundo persista como sueño del mundo. Su mirada recoge las ruinas de lo habido y festeja un fracaso espléndido.
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Escribió la poeta peruana Mariela Dreyfus: «Barro, cal, arena. Es ahí, en esa materia finita y porosa, en el linde mismo del agua, de ese mar que huele a vida y a muerte al mismo tiempo, donde la niña-poeta hunde la mano para extraer la evidencia perdida, la minúscula vértebra que es también eslabón entre lo que fuimos y lo que seremos». En esta historia, que es también un altar, la niña se interroga sin fin, inmola un deseo que estalla cada vez para volver a empezar, como las olas.
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El cuerpo es una cavidad tensa, a punto de disparar su respiración al mundo, a ver si logra dar con la forma de su sueño. Eterna y huidiza, la flecha inmóvil del deseo llevando a cuestas la decrepitud como una flor. Como si esperara una respuesta: la iluminación profana de una noche del alma. Algo así como un corazón atravesado por un astro mayor, por una música mayor, a punto de entender que lo que busca ha estado siempre adentro suyo, y es minúsculo e inmenso, como la sombra carnal.
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He aquí, otra vez, la música absoluta: retroceder hacia la luz es volver a la muerte. No es otra la conciencia que espera como premio al final del viaje del poema. El resto es, como siempre, el tiempo. En él, una mujer con un balcón en la mano, con un mar en el balcón, con infinitas islas en el mar, acicala su pena y viste su mirada de animalitos tristes.
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En este universo, todo es réplica. O, mejor dicho, todo es uno. Por eso, la divinidad que alumbra y percude estos textos comparte nuestro destino falible, nuestra materia precaria. Un poco a la manera del dios de Isaac Luria, necesita de nosotros para librarse del mal que anida adentro suyo.
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Como esa pobre mujer de cabellos tristes (que) se quita la maldad a puñados y se lava mil veces y es ella misma la mancha indeleble en la hoja del cuchillo, no hay aquí espacio para la dualidad o la transcendencia, ninguna zona o vacío que salve del desvalimiento. ¿Cómo soportar tanto castigo? Es lo que preguntan sin pausa, entre el sarcasmo y el vértigo, estos poemas extraños y ariscos.
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En el centro puntual de la maraña, escribió Borges, Dios la araña. También en el mundo de Varela hay una araña que secreta cosas, las segrega mientras se balancea sobre el abismo. No otra cosa es el verbo: un vaivén entre referente y referente, un encadenamiento que se desliza de la nada a la nada, un camino errado hacia el ojo del centro abolido. Los fragmentos de la realidad quedan dispersos como pequeños huesos indescifrables.
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Y así, la escena de la creación queda detenida, y la poeta, con la mirada hambrienta, parada al borde de lo posible, que es también lo efímero, se aferra al sinsentido y toma notas en el cuaderno de la realidad. No de otro modo escribe una ingeniería del alma, que es como decir sueña poemas que son como lentes que alteran, a la vez, las cosas y sus signos, permitiendo una mejor visión. Después de la gran ola el aire se detiene… pequeñísimos navíos en el aire cada vez más frío de la tarde, suspendidos frente a un aparente destino. La partida y el límite confundidos. Y todo esto, sin que se borren, un solo instante, el cuerpo, la flor de la podredumbre, el aire de los tábanos. Sin que se pierda de vista el celestial garfio de la carne en tránsito.
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«Igual que arriba es abajo»: con esa fórmula, los autores del Corpus Hermeticum intentaron hace muchos siglos enfrentarse al misterio. También en Varela, la pasión (que es siempre pasión por el todo) dibuja un itinerario de intensidades quietas, una coincidentia oppositorum donde los astros se humanizan y lo humano se proyecta a la sede del cosmos. No hay brizna ni piedrecita ni perfil gastado que quede a salvo de las leyes de este pentagrama, que no responda a este imantado encantamiento. Así los huesos de la noche giran humanos y enamorados mientras la luna naciente, ya agonizante es, a la vez, auditorio y orquesta. He aquí, de nuevo, la música absoluta. La que ni tú ni yo sabemos escuchar y que, sin embargo, se abre siempre para asombrarnos, para asombrarnos.
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Ya casi estamos al final, es decir pronto habremos llegado al punto de partida: ese lugar donde todavía somos niños jugando a orillas del mar. Como los sueños y los libros que se fabrican con barro, también la casa mortal —castillito en la playa— responde a una curiosa hechura. En ella, el grano de arena que lacera y florece y el fuego perecedero, arcano, se combinan para hacer de lo fugaz el cimiento de la habitación humana. Después, más allá del mar, seguirán sonando el canto de la memoria, la vértebra perdida y la sangre que brota por primera vez entre las piernas núbiles como promesa, como un miedo capaz de convertirse en escritura.
Selección de poemas de El libro de barro (1993).
La mano de dios es más grande que él mismo.
Su tacto enorme tañe los astros hasta el gemido.
El silencio rasgado en la oscuridad es la presencia de su carne
menguante.
Resplandor difunto siempre allí. Siempre llegando.
Revelación: balbuceo celeste.
Día cerrado es él. Dueño de su mano, más grande que él.
Alrededor de la misma mesa nos hemos sentado. Jamás juntos, es cierto. Pero el pan
era el mismo y el mismo ese rancio sabor y el solitario apetito de encontrar y perder
cada bocado.
No sé qué nombre darle a estas cosas.
El papel está sediento de lágrimas. El trazo resbala, oriental, distante. La tinta hace su
ruta, inalterablemente mortal. Un naufragio sin mar, sin playa, sin viajero.
Sólo la urgencia, el desvelo, la absurda esperanza.
El niño se miró al espejo y vio que era un monstruo. Misterios de la luz. Según el
cristal en que se mira nacer o morir. Las viejas imágenes se oxidan.
Al pelar un fruto abruma el misterio de la carne. Los dientes rasgan un continente
oscuro, los sentidos descubren la fragilidad de cualquier límite.
Palpar la imagen, escuchar la sangre. Oír su sagrado perfume.
Eco tras eco desenterrar la infancia. Esperar con paciencia que el recuerdo destile en
nuestro oído su jerga de aguas negras.