Victorina Durán (1899-1993) es una figura casi desconocida a pesar de su brillante trayectoria y de la audacia con que vivió. La investigadora Eva Moreno-Lago ha dedicado los últimos años a difundir su legado, primero con la edición de sus textos teatrales en A teatro descubierto para Torremozas en dos mil diecinueve, y ahora con la biografía que nos ocupa, editada por Renacimiento. Perdonen la anécdota pero espero que sirva de referencia acerca de la ignorancia común sobre Durán: una servidora, que estudió Historia del teatro español en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, no escuchó el nombre de Durán ni una vez en sus aulas. Supe de su existencia como amiga de Elena Fortún e inspiradora de uno de sus personajes en la novela El pensionado de Santa Casilda, gracias al trabajo previo de investigadoras como Nuria Capdevila-Argüelles y la misma Moreno-Lago. Encontré material acerca de ella en la exposición Cuestión de ambiente. Diversidad en el Madrid literario y artístico de los años veinte en CentroCentro, Madrid, unos años atrás. Pero ha sido la lectura de esta biografía la que me ha hecho tomar conciencia definitiva acerca del calado profundo de su figura.
Una vida llamada teatro tiene varias virtudes, y la principal es la combinación de la doble peripecia de su protagonista, como pionera del diseño para teatro y como lesbiana en tiempos de feroz castigo social. Pero se suman más facetas: niña desclasada, republicana exiliada o emprendedora superviviente; la vida de Durán necesitaba de una Eva Moreno-Lago para hacer justicia a su riqueza. La biógrafa aporta datos con rigor archivístico y coteja evidencias históricas con la obra escrita de Durán -sus manuscritos autobiográficos Sucedió y Así es fueron publicados en dos mil dieciocho por la Residencia de Estudiantes-, que a menudo quiso proteger a su entorno difuminando el relato para que los personajes y hechos no fueran inmediatamente reconocibles. Es el caso del tenso romance con una Margarita Xirgu incómoda en su bisexualidad no confesa y sumida en juego de seducción con su colaboradora. Moreno-Lago rastrea y cruza datos hasta ofrecer la versión que Durán tuvo que ocultar por razones obvias. La autora aplica una afinada perspectiva de género y feminista para interpretar las estrategias de supervivencia de las mujeres que pueblan este libro, y en ocasiones aporta su mirada personal de forma explícita, el vínculo emocional que siente respecto a su biografiada. Lo hace con la autoridad que otorgan los años dedicados a discernir su universo, codificado por palabras clave, omisiones e imaginarios propios.
Hija de una bailarina del Teatro Real y de un militar de familia acomodada que nunca convivieron y solo se casaron de forma tardía por conveniencia hacia ella, Victorina vivió entre bambalinas y camerinos, jugó con decorados de cartón piedra y asistió a espectáculos de cuplé con su padre desde muy pequeña. Conoció el ambiente precario de una madre resignada al trabajo duro, las lesiones y los abusos, pero también el privilegio de un padre rico y maduro, con dos viudedades a sus espaldas y abuelo ya antes de nacer ella. Su familia paterna le prohibió ser actriz y empezó formación de pintora. El ambiente efervescente madrileño de los años veinte le llevó a conciliar su pasión por la plástica y las artes escénicas, innovando en un campo apenas cultivado: el vestuario. Hasta entonces, lo habitual era que los actores aportasen su vestuario según el tipo de personaje que interpretasen. Al colaborar con Cipriano Rivas Cherif, fundador del Teatro Escuela de Arte, consolidó su pasión por la renovación escénica. Victorina Durán trabajó con García Lorca, Valle-Inclán, Xirgu, Irene López-Heredia, por nombrar solo algunos de los nombres del canon escénico vanguardista. La biografía recoge la lenta evolución de la crítica teatral que aprendía a entender el vestuario como un elemento dramatúrgico, y la puesta en escena como una estética coherente y significativa en su totalidad. Pero además Victorina Durán desplegó una potente actividad asociativa feminista: fue miembro muy activo del Lyceum Club y cofundó la Agrupación Femenina Republicana junto a compañeras como Elena Fortún, con el objetivo de promover la participación política. Tras el inicio de la Guerra Civil se instaló en Buenos Aires, donde prosiguió su labor como escenógrafa, figurinista e investigadora frente a múltiples obstáculos: el rechazo de cierto sector de la cultura bonaerense a los refugiados, el escándalo ante algunas iniciativas de corte feminista como la fundación de la compañía teatral Fémina, y por supuesto las intensas y semiocultas relaciones sáficas que la acompañaron siempre.
El libro evoca los distintos círculos en los que se movió Durán, con sus conflictos internos y sus ejercicios de resistencia. Sin dejar de indagar en los logros colectivos y personales -en el ambiente teatral madrileño, el círculo sáfico y feminista durante la República, o los exiliados españoles en Buenos Aires bajo la protección del fascinante magnate de la comunicaciónn Natalio Botana-, la biógrafa nunca cae en la idealización de estos grupos. Sirva como ejemplo el rechazo de Carmen Baroja en el Lyceum Club al, en sus palabras, «feo complejo de masculinidad» de Victorina. Es de agradecer que Eva Moreno-Lago señale los claroscuros al exponer la homofobia que campaba también entre las compañeras del Lyceum Club, y que da idea del reto que encarnaba Durán cada día en un contexto normativo. O que aporte datos sustanciosos sobre los cruces de egos, romances, despechos y micropolítica que intervinieron de forma velada en los proyectos artísticos en Madrid o Buenos Aires. Sin embargo, ante el rigor de la biógrafa llama la atención el tratamiento, algo candoroso, que da del trabajo de Durán en Buenos Aires sobre el concepto de hispanidad o el vestuario de las culturas originarias del territorio argentino, con la creación de Teatro de Indias, un espectáculo considerado la cúspide de su dedicación. Si pedirle a Durán perspectiva decolonial es anacrónico, un estudio que aborde el trabajo de aquella sí merece revisar algunas de las frases que expresan los bienintencionados objetivos de la artista, como «rescatar» las culturas originarias y entregarlas «de nuevo a su pueblo a través de este montaje».
En tiempos de convulsión política y reaccionarismo, cuando una supuesta contracultura aboga por recuperar el machismo y la homofobia como discursos oficiales, leer acerca de la trayectoria de Victorina Durán es encontrar una vida valiente, que siempre se enfrentó al rechazo sin rendirse ni dejar de buscar la plenitud: desde el abierto mensaje misógino de sus profesores de pintura, las relaciones truncadas por la convención social, la oposición a la acogida de los españoles en Buenos Aires, o el fracaso de los proyectos considerados radicales, hasta su regreso a España. Vigilada por la burocracia franquista, en su expediente una nota la acusaba de «que lo pasó muy bien en Buenos Aires y que ahora, como un eco de los triunfos de Casona, surge de nuevo, al conjuro de los 25 años de paz, preguntando inocente cuál es su situación». Y aun así, Victorina Durán siempre tuvo la capacidad de encontrar, allá donde fuera, un manantial de creación, de placer y de pasión. Bienvenida sea esta invitación de Eva Moreno-Lago a descubrir una resistencia que fue posible.