
En mi primer invierno europeo, estrenándome como emigrante, me abrazaba a mí mismo y pensaba en Cabrera Infante. Me habían regalado unos guantes y un abrigo largo, que se parecían a aquellos que el escritor cubano había usado en Londres.
Guillermo Cabrera Infante nació un 22 de abril, y amaba los puros. Dos cosas que teníamos en común. Imitarlo me ayudó a sobrevivir esos primeros meses, trajo un poco de fantasía. Caminaba de allá para acá, encorvaba un poco los hombros y saludaba a todos con un «Quiay» porque había escuchado que era la manera en que él entonaba su: ¿Qué hay?
Otra cosa que compartíamos era la cubanía, y haber sido obligados a reinventarnos en otras tierras. Él es un genio de la literatura, yo practico la escritura medicinal, que consiste en eso, en escribir para sanar, para sentirme acompañado. Para recordar lo perdido.
Vista del amanecer en el trópico fue publicado en 1974 por la editorial Seix Barral. Me parece que todavía no se ha publicado en Cuba. Por mucho tiempo estuvo prohibido y la generación de mis padres tuvo que forrar el libro, enmascararlo, para poder leerlo. Los pocos viajeros que entraban al país lo escondían como si fuera el contrabando más grave.
La primera vez que leí el texto, constituido por «viñetas» o capítulos breves aparentemente inconexos, fue en un auto soviético, yendo por la carretera de occidente a oriente. Estaba tratando de conocer mi país, hacer una especie de bojeo y el librito que tenía en las manos me estaba enseñando mucho más.
Acostumbrado a las peroratas políticas y al adoctrinamiento castrista, el texto me dejó contrariado. Fue un golpe, traía novedad y un desenfado que invitaba a la libertad. Una libertad, hasta entonces desconocida, vedada.
Si en vez de los mamotretos y manuales, que nos imponían en las aulas, lo hubieran repartido, hoy el destino de mi país quizá sería otro. «La verdadera historia» decía la mujer que me lo regaló, «la que nadie quiere que sepamos».
El ejemplar de Plaza & Janés del año 84 estaba lleno de manchas, roturas y notas a lápiz. Había pasado por muchas manos, que a escondidas lo leían y entre susurros lo recomendaban.
A fin de cuentas, Vista del amanecer en el trópico es un libro con otra historia de Cuba, la que recoge la tragedia y el error que persiste por los siglos de los siglos.
Cabrera Infante cuenta pasajes que se hacen familiares, sin mencionar fechas ni nombres. Un baile de fantasmas heridos. Librito misterioso, curioso, que dejaba la puerta abierta para los nuevos fantasmas que vendrían como el humo.
En el año 2024 escribí un libro para la editorial De Conatus.
Esta es tu casa, Fidel es una especie de memoria familiar que confluye con la historia de mi país. Hablando de los míos, desde el sofá, en los almuerzos dominicales, cuento la historia de Cuba. O por lo menos, la mía, la de mi Cuba personal.
Como Guillermo, dejo a un lado ciertos nombres, e invito a que el lector en un futuro encuentro me diga: ¿Este personaje es el comandante tal? O ¿El asesino que aparece en la página 44 es fulano? Ese juego de máscaras lo aprendí de él.
Vista del amanecer en el trópico es el padre emocional de Esta es tu casa, Fidel. Lo leí tantas veces, me enganché con sus capítulos, traté de adivinar, de buscar otras fuentes… y, sin embargo, cuando empecé a escribir me tuve que alejar. Aunque mi libro era también episódico, no lo podía copiar. Lo metí en una cajuela de plástico para no verlo más. Ahora, mientras escribo, lo tengo a mi lado, como dirían en la isla «Oyendo la conversación».
Me inspiró, desde su sencillez, por cómo nos muestra la maldición que pesa sobre la isla. Mucha sangre derramada, primero con el exterminio de los aborígenes, el secuestro de los negros esclavizados y explotados, una primera guerra de independencia, una tregua, una segunda guerra, la intervención norteamericana, el adiós a España, el intento de una república, golpes de estado y finalmente esta revolución perenne que nos ha dejado sin aire a todos.
La misma maldición que están en esas páginas viene a posarse en la mesa familiar que aparece en mi libro. La familia cubana destruida, la censura, el exilio. No podemos escapar de lo que somos: cubanos. Los dos libros dialogan a pesar de los años de diferencia.
Cuando empecé a escribir Esta es tu casa, Fidel sabía que me enfrentaba a una situación compleja, y una parte de mí no quería escribir sobre mi abuelo. Un hombre al que quería y admiraba, pero que al parecer tenía un pasado cuestionable.
En Mapa dibujado por un espía, Cabrera Infante cuenta su retorno a la isla, unos años después del triunfo de la Revolución, para asistir al entierro de su madre. A mitad de la lectura, encuentro cómo se burla con sutileza de mi abuelo, que había sido Ministro de Cultura y diplomático al servicio de Fidel. Esa pequeña burla fue el primer indicio, que me puso a investigar y después me abrumó. Buscando, empezaron a llegar comentarios de muchas otras figuras de la cultura como Allen Ginsberg o Celia Cruz que sufrieron algún tipo de censura vinculada a mi abuelo.
Otra vez el espíritu de Guillermo rondándome.
Esta es tu casa, Fidel fue un libro que me costó trabajo y dejó un sabor amargo parecido al que sufrió el autor de Tres Tristes Tigres. Algunos escritores y pensadores rechazaron mi modesto librito, así como muchos de los autores del boom Latinoamericano fueron dejando a un lado a Cabrera Infante. Era difícil de entender. No había dónde ubicarlo, ¿caribeño? ¿Tan sólo cubano? En un momento donde la intelectualidad de izquierda amaba lo que pasaba en Cuba, no convenía andar de tertulia con un marginado como él.
Con su puro en boca, millones de películas en la cabeza y profundas lecturas, Cabrera Infante se hizo su propia Cuba en el gris y lluvioso Londres. Ahora, en la soledad y la carencia, a mí me tocaba hacer lo mismo en la más soleada Madrid. Uno se puede arropar, y con libros y música, formar una pequeña patria personal.
Cuando entregué el manuscrito, le agradecí al espíritu de Guillermo y me fumé un puro por él. Recordé a las mujeres de mi pasado en La Habana, y a aquella vieja diva, que no cantaba boleros, pero sí se había cruzado con él a inicios de los 60.
Unos días antes de irme definitivamente de Cuba, en una reunión familiar, se me acercó una señora con mucho maquillaje en el rostro. La mujer estaba casada y tenía que susurrar para que su esposo no se enterara. La vieja diva me contó, que hacía 60 años había tenido una relación con Guillermo Cabrera Infante y que después que el partió, nunca más hablaron, ni supieron uno del otro. ¡Sus libros no se encontraban en el país! ¡Escribirle a los que se iban estaba prohibido! Pues por esas cosas extrañas de la vida… después de la muerte de Cabrera Infante, alguien le regaló una de sus novelas póstumas La ninfa inconstante. Mayúscula sorpresa se llevó la señora cuando se encontró en las páginas y comprobó, que aquel pequeño affair de juventud le había calado muy hondo al escritor. Muchos años después se enteraba de lo que había sentido ese hombre por ella. Llorando tuvo que correr al baño, para que nadie la viera. Una vez más la literatura, como carta que, aunque llegue tarde, finalmente acaba en las manos correctas. Para darle un cierre a todo, pero también para crear nuevas incertidumbres.