–Pero ¿así se va a acostar? –dijo Madre.
Y ella respondió algo sobre la perspectiva antropocéntrica del derecho tradicional. Luego se quejó de la corrupción de las clases políticas, se metió en la cama, canturreó misi misi y se quedó frita.
Con la oreja pegada en la pared, Aqui escuchó la conversación que hubo más tarde entre Padre y Madre, que más o menos fue como sigue: Madre dijo que había que avisar a la policía, que esa mujer tenía una familia que estaría preocupada y que hasta podían acusarlos a ellos de secuestro; Padre dijo que la señora era mayor de edad, por lo que sabía cuidarse ella solita, que podían considerarla simplemente una visita y que el libre albedrío es incompatible con la acción policial. Madre, más por extenuación que por convencimiento, dejó de discutir. Acordaron dejarla descansar y mañana se vería.
¿Y qué se vio?
Es curioso. Ninguno de nosotros consigue recordarlo. Damián, de hecho, ni siquiera recuerda con nitidez a la señora, apenas una imagen deslucida de una mujer con un gatito dentro de un abrigo que vino una tarde y que al rato se fue.
–No, no se fue –le decimos–. Se quedó a dormir.
Nada, no lo recuerda, ni siquiera la cena, y eso que es el mayor de todos los hermanos. Aqui, el pequeño, en cambio, es quien más detalles conserva de la historia. Lo del carro de la compra, por ejemplo, y la comida asomando –hemos dicho «barbas de puerro» y «barras de pan» según su información–, o lo de aquel dibujo que le enseñó y que ella arrugó desdeñosamente en una bola. Sin embargo, según él, la señora durmió en el sofá y se fue a la mañana siguiente en un taxi que Padre pidió. ¿Adónde? Debió de dar alguna dirección o debieron de sacársela mediante algún sofisticado interrogatorio. La señora loca no estaba y, por su manera de hablar, se notaba que no venía de cualquier sitio.
–¿A qué te refieres con cualquier sitio? –pregunta Rosa, pero no hacemos caso, dado que son sus típicas preguntas-ataque de mujer suspicaz que se las sabe todas y para la que nunca hay respuesta satisfactoria.
De cualquier sitio o no, es lo mismo, insiste Aqui, la señora no era una mendiga, así que dio una dirección y allá que enviaron al taxista, que se la llevó a ella, al gato y al carro de la compra. Aqui también asegura que se marchó temprano, cuando aún estábamos acostados, y que por eso nos cuesta recordar el desenlace.
–Ah, y el gato no se llamaba Felipe, sino Félix, como suelen llamarse los gatos.
Rosa no da validez a los recuerdos de Aqui en tanto que falla en lo principal: la señora durmió en su cama y a ella la enviaron al sofá, se acuerda a la perfección porque ese tipo de cambios eran inusuales, apenas recibíamos visitas en casa, solo el tío Óscar, y muy de vez en cuando. Y el gato se llamaba Felipe, por supuesto. La señora se marchó por la mañana, sí, pero porque vinieron a buscarla dos enfermeros de una residencia de ancianos, que se la llevaron a la fuerza en una furgoneta y no en un taxi. Del carrito de la compra no se acuerda, pero del olor a pipi del abrigo sí, dios mío, qué mal olía, dice, se quedó el cuarto impregnado de ese olor durante un tiempo.
Martina, que todavía no vivía con nosotros, trata de interpretar los hechos desde fuera, pero de tanto interpretarlos se enreda, añade cosas, tergiversa a través de sus dudas, cuestionándolo todo. Cansa que siempre haga eso, pero no lo puede evitar, ella es así, piensa como una cirujana, con la frialdad de una cirujana, y en este caso concreto se pregunta, y nos pregunta, por qué Padre haría eso tan raro de traer a casa a una mujer que evidentemente no estaba en sus cabales, y no le basta con la explicación tajante de Rosa:
–Para darse pisto.
Ni con la de Damián:
–Porque llovía mucho y estaba sola.
Ni con la de Aqui:
–Se equivocó y punto.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]