POR FLORENCIA DEL CAMPO

Cada vez que llego a un sitio me pregunto cómo vivir en él. Incluso cuando llego como turista (si todavía soy capaz de hacer algo parecido al turismo). Nunca me fijo en internet qué lugares visitar. Ni busco restaurantes. Me pierdo de ver todo porque no me entero de nada, la verdad. Voy a París y no veo la Torre de Eiffel. Hace tres años estuve en una residencia de escritura dos meses en esa ciudad y solo recuerdo haberla visto una sola noche, de lejos. Y medio de mal humor, pensando que hacía demasiado frío como para estar en la calle. No compro regalos para nadie (si mi familia o mis amigos leen esta crónica pensarán que no miento cuando escribo). No extraño a nadie tampoco. Hago fotos, eso sí, pero supongo que porque soy hija de un padre fotógrafo. No le pregunto a nadie que ya estuvo en ese destino qué hacer, adónde ir por las noches, dónde se come bien, adónde ir a bailar, ni que me ponga en contacto con nadie. No compro una tarjeta SIM del nuevo país ni pago roaming, simplemente lo dejo en modo avión. Me comunico si hay wifi, y a veces, con la mejor cobertura de internet, igualmente no me comunico. No sé qué contar. Y me da pánico que me pregunten si vi tal monumento, ese que me entero que existe justo por la pregunta.

Llegué a Iowa un veinte de agosto aunque como tenía jet lag quizá era veintiuno (sufro de jet lag de manera horrorosa, como una enfermedad que se padece en el cuerpo y en una nube que flota arriba del cuerpo, en ambos). Mi madre murió un veinte de agosto, ahora que lo pienso. Aunque como murió casi de madrugada en realidad no sé si ya era veintiuno. En fin, da igual. La muerte también es una nube que flota arriba del cuerpo. Me fui de Iowa en Halloween. Por suerte no tuve ni tiempo de disfrazarme de nada. La pregunta, en tal caso, es si acaso toda la estadía en Iowa no tuve ya un disfraz.

Fui invitada al International Writing Program de Iowa City. Un prestigioso programa para escritores de todo el mundo. Éramos un grupo de más de veinte, a pesar de que este año estuvo en riesgo de no hacerse debido a la falta de apoyo por parte del gobierno de Estados Unidos, que no ve ninguna razón en apoyar nada parecido a la cultura. El primer email que recibí por parte del IWP, de hecho, decía que el programa se cancelaba por razones políticas, o quizá no lo decía tan directamente, pero sí señalaba a la «nueva gestión» como la razón para cancelar un programa de tantísimos años de trayectoria e historia para el país y para el mundo. El segundo email (totalmente inesperado, cuando yo ya había cambiado todos mis planes y había tachado Iowa de mi lista de deseos) decía que con fondos privados (luego nos enteraríamos que, entre ellos, un millonario de Florida donó dinero para nosotros) el programa se rescataba, pero que sin embargo yo quedaba fuera. Busqué la lista tachada, y taché sobre lo tachado. Pero llegó un tercer email, y entonces me pareció que los milagros existían, y tuve que reescribir la lista para, en vez de tachar, colocar una tilde al lado de la palabra Iowa: el tercer email era una carta formal con la invitación firmada por el director del programa, Christopher Merrill, y las instrucciones para conseguir mi visa (paso número 1: limpia tus redes sociales de ideología política si quieres volar a los Estados Unidos de América, porque todo es tan serio en este asunto, que lo que más les importa es que tu Instagram y TikTok -como si tuviera uno- se declare inocente). Saqué cita en el consulado de EEUU en Madrid, limpié mi casa en vez de las redes, me enamoré justo antes de irme (absolutamente inconveniente; no recomendable), me fui de vacaciones, y me dieron la visa. Entonces volé a Iowa con escala en Chicago. Y llegué un 20 de agosto, creo. Era verano en todas partes.

La carta decía: «It´s my pleasure to invite you to the International Writing Program Fall´s Residency, celebrating its 58th year at the University of Iowa. The fall program will run from August 20 to October 30, 2025. Your activities at the University of Iowa will be supported by the Paul and Hualing Engle Fund.». Sí, una fundación que yo hasta entonces desconocía pagaba por mí. Todos los participantes pudimos ir gracias a diferentes fondos privados. Creo que ya lo dije, pero hay que repetirlo.

El calor de Iowa me recordó al calor de Buenos Aires: una cosa bastante llena de humedad. Pero las calles de Iowa solo me recordaron a Iowa. Yo ya había visitado esa ciudad en 2022 gracias al programa 10 de 30 financiado por AECID. En aquella oportunidad había leído en la Public Library junto a Sabina Urraca. En esta, viví enfrente de la Public Library. Su edificio era la vista principal desde la ventana de mi habitación de hotel; mi casa por más de dos meses. De vivir en un hotel, lo que más me preocupa es cómo cocinar. Por más de dos meses no cociné. Comí hamburguesas más de siete veces. Yo, que había pisado un McDonald por última vez a mis diecisiete años. No las compré allí, en cualquier caso, pero sí quebré mi dieta anti-gluten que había podido sostener sin ningún inconveniente los últimos tres años de mi vida. No encontré cómo no cocinar y no comer gluten al menos una vez por semana. Entonces, compré comida hecha en el Bread Garden Market, el sitio que además me sirvió de oficina y de punto de encuentro con colegas. Y de salidas nocturnas. (Es un supermercado, pero también una especie de bar o restaurante o patio de comidas). Siempre me jacto de decir que lo que más me gusta hacer en un sitio nuevo que empiezo a habitar es ir al supermercado. Más que al museo, por ejemplo. En el caso de Iowa, ese deseo se hizo no realidad, sino rutina. Ya no lo deseaba, simplemente lo hacía.

Hice lo que pude. ¿Qué hice? Contar qué hice en la residencia de Iowa es difícil. Sé que llegué con una lista de cosas a las que les quería poner la tilde al costado pero que acabé tachando. No a todas, pero a la gran mayoría. Recuerdo que justo antes de viajar, el cuñado de un amigo me preguntó «¿para qué vas a Iowa?». Y yo le respondí: para tacharlo de la lista, y luego me corregí y le dije: perdón, no, quise decir, para tildarlo en la lista. No entendió la diferencia. Se ve que no soy buena haciendo y deshaciendo listas.

Cosas que hice en Iowa:

  • dar una conferencia sobre traducción (en inglés) √
  • dar una charla a los alumnos del curso International Literature Today sobre mi trabajo (en inglés) √
  • dar una lectura en español de mi última novela √
  • leer algunos poemas míos en inglés en la librería del downtown √
  • terminar el libro en el que estoy trabajando
  • cocinar
  • hacer muchos amigos
  • hacer pocos amigos, pero algunos sí √
  • hacer turismo
  • trabajar (dar cursos online)
  • hacer ejercicio físico todas las mañanas
  • andar en bicicleta
  • leer mucho, como mínimo, lo que leo en mi casa
  • trabajar en la Art Library casi todos los días
  • trabajar en la Art Library solo una vez y nunca volver porque «era lejos» √
  • trabajar en la Public Library que tenía enfrente todos los días
  • trabajar en la Public Library que tenía enfrente y nunca volver aunque la tenía enfrente √
  • no ir nunca a la main Library √
  • hacer lo que pude √
  • hacer lo que no pude

Tengo grandes amigas que vivieron en Iowa. Una de ellas me dio la dirección de la que fue su casa mientras hizo el MFA en español, para que fuera a verla. No fui. También me pidió que le comprara una taza en el Bluebird Diner; se la compré. Muchos otros colegas pasaron por Iowa. De algunos ya sabía, de otros me enteré porque me escribieron para decirme «yo también estuve allí, ¡disfruta!». Alguno me preguntó si ya me había decantado por The Fox Head Tavern o por el George´s. Se ve que hay que ser de uno o del otro, volverse habitué de alguno, porque más de una persona volvió a hacerme la misma pregunta. No les respondí que mi sitio era el Brix, y que la Linn Street iba a ser todo lo que extrañaría al volver a España (supe verlo a tiempo). Tampoco les dije que cuando me cansaba de pagar la copa de vino a catorce dólares en el Brix, en realidad me compraba una botella entera en John´s Grocery.

La primera vez que fui al laundromat lo hice junto con otra escritora, así podíamos compartir y pagar una sola máquina, y ahorrarnos tres dólares en el lavado y otros tres en el centrifugado. En el camino, nos cruzamos con Luis Muñoz y cuando le dijimos adónde estábamos yendo, nos contó entre risas que Carver y Óscar Hahn compartían máquina para pagar a medias. No me acuerdo si le confesamos que estábamos yendo a hacer lo mismo, o si nos dio suficiente vergüenza como para callarnos. Solo sé que cuando no escribes como alguien, al menos quizá lavas como esa persona. Ni tan poco descubrirlo en Iowa City.

Y de pronto, esa ciudad pequeña, tan americana, con forma de maqueta, se convirtió en mi casa, en mi vida por algunos meses. El río, el teatro, el FilmScene, los amigos argentinos, Fede y Sant; los demás hispanohablantes: Horacio, Luis, Tomás, Roxana, Mauricio… Los conciertos en la puerta del hotel todos los viernes. Wendy, la profe de inglés, y sus historias. Y más colegas desde Argentina o España: «yo también estuve allí».

A doscientos metros de la puerta del hotel donde los residentes vivíamos había una placa que decía: «The University of Iowa Writer´s Workshop was founded by Wilbur Schramm in 1936 as the first creative writing degree program in the United States. Iowa city was recognized as the first City of Literature in the United States, and third in the world, by UNESCO, the United Nations Edicational, Scientific and Cultural Organization». Me acuerdo que leí eso mientras le mandé un WhatsApp de audio a una de mis hermanas hablando de algo completamente ajeno a la escritura y a Iowa, si es que la familia puede ser ajeno a ello. Luego volví al hotel y miré las dos camas que mi habitación tenía: decidí dormir en la del lado del baño hasta el treinta de septiembre, y en la del lado de la ventana hasta el treinta de octubre. Cuando entre los escritores no sabíamos de qué conversar, comentábamos en qué cama dormíamos. Una vez chateé con un amigo y colega escritor de España y le conté cómo estaba siendo mi experiencia en Iowa. Entre otras cosas le dije que estaba cansada de la vida social con el resto de los residentes. Me dijo «puede ser terrible tener que estar casi tres meses encerrado en conversaciones de ascensor». Desde ese día intenté, entonces, hablar con ellos de literatura en el ascensor. Vivíamos en el cuarto piso del hotel, daba para decir algo más que el título de una obra, pero menos que un spoiler.

En la ceremonia de la entrega de los diplomas, que constatan que hemos completado el programa, se anunció que Christopher Merrill se jubila y que la nueva directora del programa pasa a ser Cate Dicharry. Le deseo al IWP que a pesar de la «nueva gestión», estos otros cambios de gestión sean la posibilidad de continuar con vida en un país que apuesta, tantas veces, por la muerte.

Si yo estuve un poco muerta en Iowa de a ratos, eso fue solo por cansancio: yo tengo la posibilidad de agarrar mis cosas y volver a Europa. Y escribir sobre Iowa lo que no escribí en Iowa. Porque como siempre digo: se escribe justo ahí donde no se escribe pero se vive. O como dijo Marguerite Duras: «Siempre he llevado la escritura conmigo, dondequiera que haya ido. […]. Y determinados ritos […] dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel».