En 1770, el príncipe de Ligne visita a la pareja en París: «Su villana mujer o sirvienta —dice— nos interrumpía tales veces con raras preguntas que hacía sobre su ropa o sobre la sopa: él le respondía con dulzura y habría ennoblecido un trozo de fromage (fistulosus caseus) si hubiese hablado de él». De todo eso hay que concluir, advierte Lemaître, «que Teresa era una bestia asaz de buena». Repugnante. A partir de 1755, Rousseau ya sólo tratará a Teresa «como una hermana». Bien como un lacayo, un picamuertos, una sierva y una esclava, Teresa seguirá a su hombre en Suiza, Inglaterra, en Trye, en Bourgoin, en Monquin, Ermenonville… Les une treinta y tres años de convivencia. Pero también los cinco hijos que, supuestamente, tuvieron y que fueron arrojados a la inclusa sin mayores contemplaciones. Es un episodio oscuro y pizmiento. No tenemos la completa seguridad de que no fuese una invención del nada ingenioso Rousseau. Si bien él mismo da testimonio del hecho en sus libros. Se barajan diversas hipótesis: Rousseau, enfermo e impotente, se habría inventado el nacimiento de su prole para despejar dudas sobre su virilidad, prefería «parecer abominable antes que ser sospechado de una de las desgracias más mortificantes para el orgullo masculino». Según otro testimonio (el de la señora Macdonald), Teresa habría fingido estar encinta en cinco ocasiones… ¡y Rousseau se lo habría creído! (como dijo Voltaire, parodiando el inmaterialismo de Berkeley, cuando un hombre fecunda a una mujer, sólo se trata de una idea alojándose en el interior de otra idea, de resultas de lo cual nace una tercera idea). Victor Cherbuliez riza el rizo: Teresa habría tenido los cinco hijos, los habría enviado a la inclusa, pero ninguna de las criaturas… ¡sería de Rousseau! (¿Cómo pudo hablar el ginebrino, entonces, de su «fidelidad sin tacha»?). Rousseau alega diversos achaques (todos espurios, vaya por delante) para deshacerse de sus hijos: su pobreza (falsa, a la que nacieron los primeros, ganaba en la casa de la señora Dupin mil francos); el no querer deshonrar a Teresa (dado que no estaban casados; ¡ridículo!); que no habría podido alimentar a sus hijos sin volverse un bergante (ya lo era en grado superlativo); que se vive bien en la inclusa y que sus hijos serían más felices que sus padres (escribe en el libro ix de Las confesiones: «Temblé de entregarlos a una familia tan mal criada, para ser peor instruidos aún. Los riesgos de la educación de los expósitos eran mucho menores». Grotesco y abominable). Otra razón: ¡creyó obrar como ciudadano de la república de Platón! (¿No estaba loco de trabar, según la nosología moderna?). En 1776, dos años antes de su muerte, escribe en la Neuvième Rêverie: «La madre los habría mimado; su familia [sobre todo, la suegra Levasseur] habría hecho de ellos unos monstruos… Me estremezco de pensarlo; lo que Mahoma hizo con Said no es nada a par de lo que habrían hecho con ellos a mi respecto». En otra parte dice: «He abandonado a mis hijos, pero no he podido ser mal padre, porque soy hombre preñado de sensibilidad» («Psicología de vodevil», según Lemaître. Garrulería, a secas).

¡Silencio ante Juan Jacobo!, escribe «musié» Bigod. Abandonó a sus hijos, pero prohijó al pueblo (Victor Hugo). Es cierto, si bien muchos amigos suyos pasaron por la guillotina merced a sus escritos: Malesherbes, André Chénier, Lavoisier… Rousseau es un representante del cretinismo político, educativo (Emilio), etcétera. Matiza Bigod:

Hombre, gracias a sus escritos, es mucho decir: Malesherbes, por ejemplo, tuvo un motivo tan sumamente concreto como haber sido el abogado defensor del rey ante la Convención y, de pasada, se llevó con él en la misma carreta a su hija y a su joven yerno, el señor de Chateaubriand, hermano mayor del famoso [«Cuando más sonado, más mocoso»] vizconde, refugiado en Inglaterra. Tocante a los demás, no es menester que leyeran a Rousseau (pero que lo habían leído, mero está, como todo el mundo); les bastaba con ser tibiamente realistas.

 

Sin duda. No obstante, el breviario del jacobinismo sigue siendo El contrato social (Carlyle: «Hubo una vez un hombre llamado Rousseau que escribió un libro que no contenía más que ideas. La segunda edición fue encuadernada con la piel de los que se rieron de la primera»). Rousseau fue el dios de la revolución. «La jerigonza revolucionaria es la lengua de Rousseau mal hablada», escribe Lemaître. Se le rinde culto, etcétera. Rousseau es, «para los parvos y los canallas de aquel tiempo, el salvador, el redentor de la humanidad…». «He escuchado a Marat en 1788 —escribe Mallet du Pan— leer El contrato social en los paseaderos públicos, con aplauso de un auditorio entusiasta»… Es paladino que los orígenes intelectuales de la Revolución francesa hay que buscarlos antes de Rousseau (en Descartes y compañía), pero su pensamiento fue más determinante que el de sus colegas philosophes. Como dice Albert Soboul en su Précis d’Histoire de la Révolution Française («Introducción», I, p. 3), Rousseau, que había salido del pueblo («alma plebeya», lo llama), expresa en El contrato social el ideal político y social de la pequeña burguesía y del artesanado. Y añade:

Mientras Montesquieu reservaba el poder para la aristocracia y Voltaire para la alta burguesía, Rousseau manumitía a los humildes [¿de garabato?] y daba el poder a todo el pueblo. El papel que reservaba al Estado era reprimir los abusos de la propiedad individual, mantener el equilibrio social por medio de la legislación respecto de la herencia y del impuesto progresivo. Esta tesis igualitaria, en el dominio de lo social tanto como en el político, era cosa nueva en el siglo xviii; puso de forma irremediable a Rousseau frente a Voltaire y los enciclopedistas (p. 55).[1]

 

Su primer escrito significativo, el Discurso sobre la ciencias y las artes (1750), es una retahíla de lugares comunes (la inocencia del Estado de natura frente a los vicios de la civilización) que ya se encontraban mejor plasmados, por dicha, en las Cartas persas o en Marivaux (L’Îsle des Esclaves, L’Îsle de la Raison), en La Bruyère, en Bossuet y Bourdaloue, en el Telémaco de Fénelon y compañía. Su tesis es bien ingenua: «Nuestras almas se han corrompido a medida que nuestras artes y nuestras ciencias avanzaban hacia la perfección». Las ciencias y las artes son inútiles; los filósofos, charlatanes de feria («El hombre que rumia es un animal depravado», escribe en el Discurso sobre la desigualdad); la imprenta, un invento lamentable, lo semejante que el lenguaje (por esa época, empero, entretenía sus ocios escribiendo teatro, «que no hace cosa con cosa por enmendar las costumbres, [y] puede mucho para alterarlas»). Con todo, exalta a Bacon, a Newton, a Descartes…, los padres de la ciencia experimental y la filosofía modernas. En el prefacio del Narcisse escribe que el gusto por las letras «no puede nacer sino de malas fuentes; a saber, el ocio y la concupiscencia de distinguirse».

Rousseau decide mudar de vida: vende su reloj, prescinde de los dorados y los cañones blanquiamarillos, arroja su espada… Sin embargo, sigue visitando a las grandes damas de la época y viviendo a su amparo. Para el filósofo, discípulo de madame Guyon, los actos son indiferentes a trueco de que se ame a Dios (abbondantissimo donatore); de otra manera: con tal de que nuestra conciencia crea obrar correctamente. Por eso puede decir una cosa «desde el corazón» y hacer otra. O, como escribe Lemaître, más a la franca: «porque había nacido con un tornillo menos». Resume Lemaître el ideal roussoniano: «Una humanidad compuesta de salvajes dispersos en los bosques, sin ropa, sin armas, ni buenos ni malos, solitarios, estadizos, y que no reflexionan». Y concluye: «Que tal libro [el Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes, 1755] haya tenido semejante repercusión y semejante influencia es una de las mayores demostraciones que se hayan visto de la estupidez humana».