Rousseau, en su Julia o La nueva Eloísa (1761), no inaugura la literatura lacrimógena, pero casi… Estilo enfático, gemiqueante y ¡morboso! Dice Lemaître que Juan Jacobo no sólo legó a la revolución su vocabulario político, también le transmitió «su estilo supino». Novela que hacía llorar a Stendhal, archinarrador ante el altísimo (Ortega)… En un artículo que redactó para la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, titulado «Économie politique» (1745), Rousseau reclama la educación estatalista del quirite. Algunos años más tarde, escribe su Émile ou De l’éducation (1762) para defender lo contrario. Hablará de la «educación negativa»: al niño (¿vaso de gracia?) no hay que enseñarle nada, pues todo lo habrá de aprender «en libertad», según «su naturaleza». Qué entiende Rousseau por libertad y por naturaleza jamás lo sabremos; sin duda, porque las ideas que maneja son completamente metafísicas (oscuras, oscurísimas: ni claras ni distintas). «¡Oh, hombre —escribe—, contrae tu existencia a tu interior [¿agustinismo? ¿carpe diem?] y no serás miserable! Quédate en el lugar que la naturaleza te asigna en la cadena de los seres [¿brahmanismo?], nada te podrá sacar de ahí; no protestes contra la dura ley de la necesidad [¿Código de Manu?]… Tu arbitrio, tu poder no se extienden sino en tanto en cuanto te lo permiten tus fuerzas naturales, y no más allá; todo lo demás no es sino esclavitud, prestigio, delusión…». (Rousseau, no conviene olvidarlo, era un pietista —el culto del corazón— y un hijo de Calvino: la conciencia como guía segura e infalible de nuestros juicios, la doctrina del libre examen, ¡el protestantismo liberal; en España ya vamos dejando de ser católicos a matacaballo! Por eso abandonó a su tercer hijo en la inclusa, «después de un serio examen de conciencia» [Las confesiones, viii] —no sabemos qué nos hilariza más, si el sintagma «examen de conciencia» o el epíteto «serio»—; y añade: «Si me engañé en mis resultados, nada más asombroso que la seguridad de alma con que me resolví». Ése será el espiritualismo que adoptarán Mahoma Robespierre [Carlyle], Saint-Just y los teofilántropos. Frases como «El lenguaje de la verdad tiene su fuente en sí mismo», perteneciente a su Morceau allégorique sur la Révélation, o «Cada uno es el único juez de sí mismo [un «juez de chorradas» o lerócrito; confer Diógenes Laercio, x, p. 8] y no reconoce en eso a otra autoridad que la suya propia» conducen a la guillotina… y a las cámaras de gas).

En otro lugar dice: «El hombre enteramente libre no quiere lo que no puede… He aquí mi máxima fundamental» (desmentida, una y otra vez, por su modus vivendi). ¡De modo que la necesidad instruye, cielos! Lemaître habla de «una especie de estoicismo o, más puntualmente, de faquirismo» en los métodos roussonianos, más proclives a crear truhanes que hombres hechos y derechos. Ya se sabe: se aprende a aullar con los lobos… Lo curioso es que la educación de Emilio es inversamente proporcional a la que recibe Sofía, sometida desde niña a la imposición y el respeto de la opinión, esas pegásides severas. Oigámoslo:

Las niñas deben quedar sujetas desde temprano […]. La dependencia es un estado natural para las mujeres, las niñas se sienten hechas para obedecer. De esta sujeción habitual resulta una docilidad de la que las mujeres tienen necesidad toda la vida, a causa de que jamás cesan de estar sujetas o a un hombre, o a los juicios (thémistes) de los hombres, y comoquiera que jamás les está permitido ponerse por encima de sus juicios. Importa no sólo que la mujer sea fiel, sino, además, que la tengan por tal su marido, sus prójimos y todo el mundo.

Después, la mujer (como sexus sequior) debe ser complaciente, viricuradora, ¡practicar las artes de la seducción! Observa Lemaître que Rousseau dirigió esta perorata a las féminas para siringar a sus amigas (madame D’Épinay, madame D’Houdetot, madame de Luxemburgo). Lo contrariaban las mujeres emancipadas, filósofas y ateas de su tiempo. El caso es que, tras publicar su Emilio, Rousseau comienza a retractarse de lo dicho. ¡Tanto peor, madres y padres, si habéis seguido al pie de la letra lo que escribí en mi suma educativa! ¡Tanto peor para vuestros hijos! En su Contrato social se convierte en un «teorizante de la servidumbre democrática», defiende el «despotismo arbitrario» y el «gobierno antidemocrático» (carta a D’Ivernois, 13 de enero del 1767). Lanson resumió el libraco con retintín hegeliano: «Sistema de Rousseau. 1.º) El estado de naturaleza es bueno, el estado social es malo; he ahí la tesis. 2.º) Pero no es dable volver al estado de naturaleza, luego hay que resignarse al estado social como a un mal necesario; he ahí la antítesis. 3.º) De otra parte, se puede mejorar el estado social apropincuándolo por medios diversos al estado de naturaleza; he ahí la síntesis». Y remacha Lemaître sobre el maestro de ilusiones y apóstol del absurdo: «Todos los prejuicios más ineptos y más asesinos de la revolución fueron heredados de El contrato social».

 

[1] La traducción es de Enrique Tierno Galván, Tecnos, Madrid, 1983.

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