Si bien es difícil conectar tal convicción con las ideas de Nietzsche y Freud, los otros dos «filósofos de la sospecha» (expresión pleonástica que, sorprendentemente, todo el mundo aprueba), no se puede discutir que la reflexión sobre la alienación, la voluntad de poder y la libido ha ejercido una considerable influencia en nuestra época. Ahora bien, esa influencia ha sido, sin duda, mucho mayor en la conciencia individual que en la conciencia nacional. Hasta los juicios de Núremberg, las naciones vivieron en un estado de autosugestión, convencidas de que, como los reyes a los que reemplazaron, no tenían que dar cuenta de sus actos porque nadie podía juzgarlas. Recuérdense los problemas que tuvieron los países implicados en la Segunda Guerra Mundial para construir una versión asumible de su responsabilidad. Salvo los ingleses, cuyos sacrificios disculpaban los excesos de última hora, todos tenían mucho de qué avergonzarse. Suiza y Suecia disimularon sus productivos coqueteos con el nazismo a fuerza de aportar grandes sumas de dinero para la reconstrucción del continente. Holanda castigó con dureza a los colaboradores, pero, a diferencia de Noruega, los amnistió a las primeras de cambio. En Francia, donde la noción de colaboración resultaba problemática debido a la existencia del régimen de Vichy, las culpas se diluyeron entre sutilezas jurídicas y aspavientos retóricos, y, en los países sometidos a la jubilosa dictadura del proletariado, las depuraciones sirvieron para quitar de en medio a cualquiera que cuestionara el comunismo. En cuanto a los responsables directos del conflicto, el remedio fueron soluciones de fantasía. Austria adoptó el disfraz de víctima del expansionismo alemán; Alemania del Este, tras permitir a los cuadros nazis sustituir la esvástica por la hoz y el martillo, cultivó la leyenda de una resistencia soterrada a Hitler, y en la otra Alemania se convino que habían sobrevivido sólo los inocentes. Estas operaciones de maquillaje demostraron que las naciones seguían viéndose a sí mismas como algo sagrado. Ha tenido que pasar el tiempo, surgir un derecho internacional y producirse un cambio de horizonte para que la buena conciencia nacional (excluida la de los nacionalistas sin Estado y la de quienes creen que los problemas actuales desaparecerían cerrando fronteras) empiece a ser verdaderamente cuestionada.

Tampoco la revolución comunista produjo cambios radicales y significativos. Las naciones no desaparecieron y, si en algún caso lo hicieron, fue sencillamente porque las engulló el imperio soviético. Lo que sí ocurrió con el comunismo, en realidad, con el totalitarismo, fue un incremento desorbitado del poder de la mentira. Los regímenes totalitarios demostraron pronto que, cuando se trata de transformar la realidad en beneficio de la nueva humanidad, no hay límite que valga. Es lo que sucede cuando se está en posesión de la verdad absoluta. Recordemos de nuevo a san Agustín. «No se miente al enunciar una aserción falsa que uno cree verdadera […], pues es por la intención que hay que juzgar la moralidad de los actos». En un contexto dominado por este tipo de intenciones grandilocuentes, en el que lo que se proscribe no es la mentira, sino la verdad, expresarla significaba simplemente arriesgar la vida. Tanto en la versión nihilista, la del nazismo, como en la populista, la del comunismo de Lenin, el totalitarismo rechazó la distinción entre hechos y opiniones que presuponía el imperativo de veracidad kantiano. Parapetándose unos en Nietzsche y otros en Marx, arguyeron que la realidad es indiscernible de los intereses ideológicos y que la superioridad moral de sus propias posiciones era consecuencia de la superioridad moral de sus intenciones. Naturalmente, éste era el pretexto para legitimar el proyecto de amoldar el mundo a sus teorías. El único problema es la reluctancia de la realidad a plegarse a la voluntad humana. La realidad lo complica todo. Sin su resistencia, las grandes ideas podrían materializarse sin dificultad.

Las aterradoras purgas de Stalin se desencadenaron, precisamente, cuando se hizo necesario encontrar chivos expiatorios a quienes responsabilizar de que las cosas no ocurrieran como debían, de acuerdo con los principios de la teoría. Una vez hallados y condenados a muerte, lo que se hacía era eliminarlos también de la historia, como si nunca hubieran existido. Es muy famosa como ejemplo de esto una foto junto al canal del mar Blanco, el colosal y fallido proyecto de Stalin, en la que éste aparece al lado de Yezhov, el jefe de la policía política encargada de las purgas habidas entre 1936 y 1938, y que, tras ser purgado él mismo en 1940, desapareció de la imagen como si jamás hubiera estado allí. Este estilo despreciativo de la verdad saltó muy pronto al campo de la propaganda y la investigación histórica, una historia que, al ser concebida como un arma para la construcción del futuro, ya no se esforzó por comprender el pasado y, menos aún, por protegerlo de la mentira. Los historiadores soviéticos, modelo después para otros historiadores comprometidos, podían escribir ensayos sobre la revolución sin mencionar a Trotski, Bujarin y otras figuras caídas en desgracia. Lo novedoso de su proceder, aparte de la creencia de que todo sería más fácil si no hubiera realidad, es que, a fin de no mentir, manipulaban sin escrúpulo las pruebas: documentos de archivo, textos y testimonios personales, periódicos, fotografías, cualquier cosa que recordara sucesos o personas que no deberían haber existido. El procedimiento, ensayado con gran éxito antes por las autoridades (para hacer desaparecer completamente a los enemigos de la revolución, se eliminaba, llegado el caso, a los círculos de familiares y amigos, un borrado colectivo que Orwell llamó «vaporizaciones»), constituye la variante moderna de la damnatio memoriae de los romanos.

EL IMPERATIVO DE VERACIDAD
¿Podemos prescindir del imperativo de veracidad, sin el cual la historia está condenada a caer necesariamente en la distorsión, la ocultación y la mentira? Parece que no. La sospecha de que alguien, apelando a ese imperativo, pueda ponerse al servicio de los poderosos no implica que debamos renunciar a él, sólo obliga a ser muy precavidos. El marxismo fue incapaz de comprender esto y sus herederos, conmocionados con el fracaso del comunismo, han buscado una escapatoria en el «No hay hechos, sólo interpretaciones». Puesto que la realidad complica las cosas demasiado, mejor prescindir de ella. Es el denominado «giro lingüístico», un remake del nominalismo medieval, teoría que sirvió a sus creadores franciscanos para deducir de las limitaciones de la razón la necesidad de renunciar a ella y entregarse de nuevo a la fe. Entonces, como ahora, la negación de la posibilidad de obtener un conocimiento verdadero de la realidad se utilizó como argumento para que el mito y la mentira se volvieran tan buenos, e incluso mejores, que la razón y la verdad. Las masas son capaces de creer en todo. La única condición es que halaguen sus pasiones. No hay que ser veraz, ni siquiera verosímil, basta con repetir insistentemente un mensaje, por absurdo que sea. Es la gran aportación teórica de Goebbels, el san Juan Bautista de la posverdad.

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BIBLIOTECA

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· Vattimo, Gianni, Adiós a la verdad, trad. Teresa Oñate, Gedisa, Barcelona, 2010.

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