Horizonte, constelación de sentido, sistema de creencias, paradigma, contexto espiritual, da igual cómo llamemos a ese círculo dentro del cual nos movemos y desde el cual afrontamos la realidad, lo esencial es que formamos parte de él y que de él procede nuestra forma de entender lo que nos circunda. Como nuestra inserción no es accidental, al contrario, formamos parte de lo mismo que nos constituye, resulta sumamente difícil distanciarse de los supuestos que alimentan nuestro pensamiento. Estamos condicionados por ellos y lo sabemos, pero no podemos hacerlos visibles. Aunque haber vivido durante siglos bajo la fe en un Dios que trasciende todos los límites pueda hacer pensar que la conciencia de que las cosas son así se remonta a fechas recientes, en realidad, acompaña a la filosofía y, por tanto, a la civilización occidental, desde su origen. Parménides, en el principio de esa historia, llamó en el poema sobre la verdad «senda trillada» al modo que tenemos de concebir las cosas por el hecho de pertenecer a una tradición dada (un modo de comprender que presupone, a la vez, una apertura a la realidad y una cierta distorsión de ella) y la contrapuso a la «vía de la verdad», el camino que hace el pensador que se esfuerza por poner al descubierto eso que la tradición encubre con sus prejuicios. En un conocido pasaje del libro vi de La república, la alegoría del Sol, Platón fue más lejos en la comprensión del asunto al observar que, así como la visibilidad que permite al ojo ver los objetos visibles no es un objeto visible, la inteligibilidad que permite a la mente comprender los objetos inteligibles tampoco es un objeto inteligible. Expresado en un lenguaje actual: cualquier afirmación o negación implica un horizonte de sentido que no es susceptible de afirmación o negación, pues es precisamente él el que vuelve inteligibles nuestras afirmaciones y negaciones. Platón partió de esto para afirmar la imposibilidad de que la filosofía deviniera alguna vez plena sabiduría. Nosotros podemos añadir otra cosa respecto de la mentira: su tendencia a revelarse de forma tardía, cuando un cambio de horizonte la desconecta del sistema de creencias dentro del cual parecía lo contrario.
La dependencia de la verdad de un horizonte de sentido no implica que no haya verdades más allá de ellos, verdades que trascienden épocas o mentalidades, como las que encontramos en la ciencia o las que revelan las obras maestras del arte. El problema de estas verdades es que nunca son las mismas. Cada horizonte hace con ellas lo que cada nuevo amor con las vivencias del individuo: conferirles otro sentido. La visión de la naturaleza de Newton no significa lo mismo desde que Einstein enunció la teoría de la relatividad. Tampoco podemos leer del mismo modo a Cervantes después de Joyce o Kafka. Algo similar, aunque esto suele costar más admitirlo, sucede al revés. La constatación de que no hay fundamento último al que remitir la experiencia estética, un orden independiente de la condición histórica de artistas y espectadores, debería ser suficiente para convencernos de que juzgar una obra de arte contemporánea con los criterios del arte moderno o del arte clásico es tan absurdo como evaluar las investigaciones de la astronomía actual con los parámetros de la de Ptolomeo. Existir en el tiempo, históricamente, resulta incompatible con la posibilidad de alcanzar la verdad, entendida como una experiencia incondicionada, completa, definitiva de la realidad. Para creer que pueda explicarse por completo la realidad, en su incesante hacerse y rehacerse, o bien hay que salirse del tiempo, saltando a la eternidad, o bien hacerse la ilusión de poseer un sistema de ideas capaz de reducir cualquier fenómeno pasado, presente o futuro a sus categorías. En un caso, se prescinde de la razón; en el otro, se hace un uso aberrante de ella. El fanatismo religioso o los totalitarismos del siglo xx, herederos de Hegel, el pensador que se vanagloriaba de haber llevado la filosofía a la sabiduría, son dos ejemplos de las desastrosas consecuencias a las que suelen conducir ambos caminos.
POSVERDAD Y REVOLUCIÓN
Sin negar la extraordinaria importancia que en todo esto ha tenido la existencia de medios de comunicación y propaganda cada vez más potentes —desde los periódicos de William Randolph Hearst, el magnate que inspiró Ciudadano Kane, a la radio de Goebbels o las redes sociales de los hackers políticos contemporáneos—, la actualidad del problema de la mentira se debe, en gran medida, a la pretensión de los sectores intelectuales conectados con la citada tradición totalitaria por situarse más allá de la verdad, en eso que llaman, con pedantería escolástica, «posverdad». Herederos del marxismo, cuyo fracaso identifican con el de la razón, han llegado a la conclusión de que una vez que se renuncia a la verdad absoluta no tiene sentido seguir pensando en la realidad como algo independiente de nosotros. Si antes creían que la verdadera realidad termina haciéndose visible a los ojos de quien logra escapar a la parcialidad impuesta por las condiciones de explotación social en que viven los individuos, ahora ni siquiera la ciencia, con su pretensión de validez universal basada en el imperativo metódico de neutralidad, les parece que pueda eludir los condicionamientos de la conciencia histórica. Una nueva conciencia surgida de los cambios generados por las nuevas tecnologías, la globalización y, sobre todo, la caída del comunismo les ha impulsado a sustituir la dialéctica, aquella llave maestra con la que abrían todas las puertas, por el nietzscheano «No hay hechos, sólo interpretaciones», tesis supuestamente novedosa que Platón refutó al demostrar la lejanía ideal de la realidad y la posibilidad consiguiente de trascender siempre las interpretaciones existentes. La metamorfosis ideológica de los vástagos del totalitarismo, ahora convencidos de que la verdad objetiva, una para todos, no tiene sentido, explica su creencia en que nos encontramos en una época de transición y que lo que hoy está en juego es, precisamente, la definición de las reglas del juego. Su objetivo prioritario, más o menos confeso, es, por ello, hacer saltar el horizonte, paso previo a la revolución con la que, a pesar de todo, siguen soñando.
Afirmar que nuestros discursos no remiten a nada, negar la realidad (muy útil cuando se tiene a la espalda un pasado de purgas, checas y campos de exterminio), es lo que hace quien se figura instalado en un nuevo horizonte donde ya no es pertinente hablar de verdad (y mentira) en el sentido tradicional de correspondencia del discurso con algo externo a él. Los encendidos debates en el ámbito del positivismo lógico y la filosofía analítica sobre los criterios de verdad suenan ahora remotísimos. La nueva versión de las cosas es que todo depende de cuál sea el paradigma que legitima el discurso. Los hechos no acreditan por sí mismos nada. Son mucho más significativas las emociones y sentimientos de quienes cuentan o no con ellos. Al fin y al cabo, todo es susceptible de manipulación y distorsión. La política, para los herederos de los intelectuales comprometidos, consiste en eso. Sólo hay interpretaciones pugnando por la hegemonía. Ésta es la única realidad. «Si un perro ladra a una sombra, diez mil hacen de ella una realidad», reza un refrán chino anterior a la Revolución Cultural. Mentir ha dejado, en consecuencia, de ser reprobable. ¿Acaso podemos apelar a algo más allá de nuestras opiniones? La idea según la cual cada uno tiene su parecer, pero los hechos no son de nadie, ha caducado. Que toda teoría, toda acción, deba ser remitida para ser comprendida al horizonte donde se ha gestado significa que todo depende del consenso, de la voluntad popular, de la aprobación de las masas o los usuarios de las redes sociales. Se trata de una idea irrisoria —el horizonte nunca es fruto de un consenso previo, sino, al revés, porque hay horizonte es por lo que cabe el consenso— que no merecería más consideración de la que concederíamos a un argumento refutado en el pretérito del que se ha olvidado la refutación. Sin embargo, todavía tenemos fresca en la memoria la manera en que los regímenes totalitarios de Hitler y Stalin usaron la mentira no sólo para esconder o desfigurar la realidad, sino para destruirla, de forma que las masas vivieran sujetas a una ficción manipulable reforzada mediante el terror y, digámoslo sin rodeos, conviene no descuidarse.
CUANDO LA HISTORIA ERA SIEMPRE MENTIRA
Si la tarea de la filosofía es impedir que la verdad nos aplaste, la tarea de la historia, como quehacer científico, es impedir que la mentira se apodere del pasado. Esto, no obstante, es lo que sucede siempre. No sólo el presente se comporta como un narrador omnisciente que impone a la fuerza su relato, sino que el simple transcurrir del tiempo favorece la ocultación, la mitificación, la distorsión, el encubrimiento. La historia la escriben los vencedores, decimos. Su triunfo es el de una mentalidad, si bien no tiene por qué ser consecuencia de una previa victoria bélica. La exaltación de las víctimas, característica del discurso hegemónico actual, constituye un ejemplo. Al hombre de hoy le gusta verse como la culminación de algo, un pasado opresivo e injusto que está siendo corregido y superado. Lo contrario sucedía durante el Antiguo Régimen estamental, con su creencia en la superioridad de los antepasados, una grandeza inigualable, comparada con la cual las generaciones vivas asemejan monedas desgastadas por el uso. La herencia contaba entonces más que el mérito. Lo decisivo era el origen, las raíces, el cuño. En ambos casos (en rigor, en todos los casos), el pasado es falsificado y, por eso, la primera labor del historiador serio es fijar los hechos tal y como sucedieron y no de acuerdo al modo en que son recordados.