POR ANTONIO JOSÉ PONTE
Una historia donde José Lezama Lima pregunta al poeta español Juan Ramón Jiménez cómo puede administrarse mágicamente la isla. Lezama Lima habla de Cuba, tiene 25 años, todavía no se ha graduado de abogado, solamente ha publicado un librito y tiene todavía por fundar la más importante de sus revistas literarias. Juan Ramón Jiménez ha llegado como exiliado, huye de la guerra civil española, va a dar una serie de conferencias en La Habana invitado por Fernando Ortiz, antologará la poesía cubana del momento y tendrá uno o varios diálogos con el joven Lezama Lima que terminarán en un texto publicado: Coloquio con Juan Ramón Jiménez.

Una historia donde, con unas pocas semanas de diferencia, el francoargentino Paul Groussac y el nicaragüense Rubén Darío inauguran, cada uno por su lado, la lectura de The Tempest de William Shakespeare en clave latinoamericana. Paul Groussac, con un discurso pronunciado en Buenos Aires en mayo de 1898; Darío, con su artículo «El triunfo de Calibán» en el diario bonaerense El Tiempo. Para ambos, el Calibán que triunfa es el imperialismo estadounidense y América Latina es Ariel. Ninguno de los dos parece tener en cuenta al amo, a Próspero.

Una historia de la advertencia notarial que Juan Ramón Jiménez exige poner a la entrada de su diálogo con José Lezama Lima, advertencia que dice: «En las opiniones que José Lezama Lima me obliga a escribir con su pletórica pluma, hay ideas y palabras que reconozco mías y otras que no. Pero lo que no reconozco mío tiene una calidad que me obliga también a no abandonarlo como ajeno». En este punto comienza el reconocimiento de un rasgo inequívoco de la escritura de Lezama Lima: su indeterminación referencial, en la que se hacen riesgosas las atribuciones de autoría y las citas pueden ser apócrifas o no muy exactas.

Una historia donde Zenobia Camprubí, esposa de Juan Ramón Jiménez que le hace también de secretaria, trabaja junto a él toda la mañana del 27 de julio de 1937 y anota luego en su diario: «Este trabajo no es muy satisfactorio, ya que todo lo que Juan Ramón hace es ponerlo en español. Hay tanto atribuido a Juan Ramón que él nunca dijo ni pensó decir y tanto que realmente dijo y está incorporado a los comentarios de Lezama Lima, que hubiera tomado más tiempo desenredar la madeja que escribirlo de nuevo». «Sin embargo –reconoce Zenobia Camprubí– había suficiente valor en el diálogo como para salvarlo y todo lo que hizo Juan Ramón fue corregirlo lo suficiente para que no se anegaran totalmente las ideas en un mar de confusión, debido a la oscuridad de la expresión».

Una historia donde, lo mismo que José Lezama Lima y que Juan Ramón Jiménez, Paul Groussac y Rubén Darío hablan de Cuba. Groussac y Darío a propósito de la entrada del Ejército estadounidense en la guerra cubana de independencia.

Una historia donde Zenobia Camprubí es la primera en toda la carrera de escritor de José Lezama Lima en echarle en cara su oscuridad, su confusa sintaxis y su lengua que en tantas ocasiones no parece coincidir con lo que se estaría dispuesto a aceptar como lengua española. Aunque también será la primera de muchas ocasiones en que, a pesar de todas esas objeciones, Lezama Lima termina por imponerse.

Una historia donde José Lezama Lima pretende averiguar con Juan Ramón Jiménez cómo puede administrarse mágicamente una isla que es Cuba. Un coloquio entre un Próspero y un aprendiz de Próspero. ¿No ha percibido Juan Ramón, en el poco tiempo que lleva en esa tierra, la posibilidad del insularismo? ¿No ha encontrado señales suficientes para hablar de ese mito, de la insularidad?

Una historia donde Juan Ramón Jiménez se resiste a la mitología de la isla. Y razona que si Cuba es una isla, Inglaterra también es una isla, Australia es una isla y el planeta todo es una isla. Y, en ese caso, ¿dónde estaría lo continental frente a lo que tanto insularismo reacciona?

Una historia, la del 17 de octubre de 1937, cuando Zenobia Camprubí anota en su diario: «Terminé el diálogo de Lezama Lima. ¡Qué alivio!».

Una historia donde el uruguayo José Enrique Rodó comprende que su tiempo es también el tiempo de La tempestad. Rodó, igual que Paul Groussac y que Rubén Darío, entiende a América Latina como Ariel, y escribe un ensayo que titula con ese nombre, Ariel, aunque aparecen en él pocas alusiones a la pieza de Shakespeare.

Una historia en la que Roberto Fernández Retamar admite que José Enrique Rodó se equivoca de personaje shakespeariano, pero no en el diagnóstico de la situación. Rodó yerra al elegir dentro del guardarropa teatral, aunque acierta plenamente frente a una problemática que, siete décadas más tarde, empuja también a Fernández Retamar hacia la Isla de la Tempestad.

Una historia en la que José Lezama Lima le menciona a Juan Ramón Jiménez la posibilidad de un imperialismo cubano que ha sido sugerida por el estadounidense Waldo Frank. «Pudiera imaginarse una inmotivada vanidad insular escondida en mi pregunta», comenta después de preguntarle por el mito de la isla. Y agrega para todos: «Recuérdese que un crítico norteamericano, Waldo Frank, nos aconsejaba el ejercicio, en un presunto imperialismo antillano, de una hegemonía del Caribe».

Una historia donde La tempestad gira obsesivamente en torno a las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Y, por extensión, entre Estados Unidos y América Latina.

Una historia en la cual el mito de la isla tendría que existir, tal como existe el mito de la región más transparente del aire (Lezama Lima cita ante Jiménez la Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes) y toda la mitología urdida por los argentinos en torno a la Cruz del Sur, pues, a juicio de José Lezama Lima, sólo hay tres países de todo el continente que podrían organizar una expresión, y esos países son México, Argentina y, por último, Cuba.

Una historia en la que Juan Ramón Jiménez le advierte a José Lezama Lima: «Creo que lo que usted me ofrece es un mito». Y se trata exactamente de eso, de un mito. Porque desde Platón un buen diálogo va siempre en pos de un mito. Así que no es Inglaterra, ni Japón, ni Australia, ni siquiera Cuba esa isla de la que le habla el joven poeta cubano, sino la Atlántida.

Una historia que no es tanto la historia de la Atlántida como la historia de la isla artificial Utopía.

Una historia donde José Lezama Lima tiene que haber conocido el libro de Antonio S. Pedreira Insularismo: ensayos de interpretación puertorriqueña, publicado dos o tres años antes de sus diálogos con Juan Ramón Jiménez, en cuyas páginas Pedreira habla de un alma puertorriqueña disgregada, dispersa, en potencia, luminosamente fragmentada. Y habla Pedreira de un rompecabezas doloroso que no ha gozado nunca de su integridad.

Una historia que alarma a Juan Ramón Jiménez, quien pide ejemplos a la vehemencia de su interlocutor, ejemplos de ese mito insular en las obras de algunos de los pocos escritores cubanos que él conoce, como Julián del Casal o José Martí.

Una historia en la que José Lezama Lima evita las concreciones y procura no rebajarse a la cobardía de los ejemplos, tal como aconseja Fernando Pessoa. Porque, cuando él alude a un mito, es de un mito balbuciente del que habla. De un mito generacional, que empezará con él y con los poetas de su grupo, nunca antes. Nunca con escritores de un siglo anterior, Casal o Martí. En el fondo, es de la falta de mito de lo que habla él. De ese rompecabezas doloroso que nunca antes ha gozado de su integridad. Así que, cuando pregunta a Juan Ramón Jiménez, pregunta desde la falta de mito, desde un estadio anterior a la fundación del mito de la isla, desde un estadio prologal.

Una historia en que Juan Ramón Jiménez le contesta a José Lezama Lima: «Su pregunta es más bien de fauna marina».

Una historia en la que, al tropezarse por primera vez con Calibán, Trinculo suelta: «What have we here? A man or a fish? Dead or alive?». Y se responde: «A fish. He smells like a fish».

Una historia en que otra exiliada española, María Zambrano, pasa por La Habana de camino a Chile y en su primera tarde habanera conoce a José Lezama Lima.

Una historia donde María Zambrano explica su relación con José Lezama Lima y su grupo de poetas mediante su particular versión del mito de la isla: considerando a Cuba como su patria prenatal, patria suya anterior a la patria de nacimiento.

Una historia que haría de María Zambrano mejor Próspero que el propio Juan Ramón Jiménez por hallarse más dispuesta a mitologizar, por mayor disposición suya a la magia. Aunque, a ojos de José Lezama Lima, le habría faltado todavía altura magisterial. Hasta el punto de que ella recordará décadas después cómo él se le acercaba al final de sus conferencias habaneras para recomendarle: «María, has estado muy bien; ahora tienes que cuidar los problemas de la prosa». Él que, según Zenobia Camprubí, no escribe precisamente en español.

Una historia de la divinidad más vieja del Caribe compuesta por Fernando Ortiz: El huracán, su mitología y sus símbolos.

Una historia en la que José Lezama Lima negocia con Juan Ramón Jiménez la administración de símbolos y mitos nacionales. Con Juan Ramón Jiménez, que huye del encarnizamiento de esas administraciones.

Una historia de exilio, al fin y al cabo.

Una historia que cabe en la carta que, dos años después de sus encuentros con Juan Ramón Jiménez, José Lezama Lima escribe a uno de sus mayores camaradas de revistas y de antologías, Cintio Vitier. «Ya va siendo hora –escribe como el jefe de una conspiración muy impaciente– de que todos nos empeñemos en una Economía Astronómica, en una Meteorología habanera para uso de descarriados y poetas, en una Teleología Insular, en algo de veras grande y nutridor». Economía Astronómica la llama, como si tuviera que vérselas con la Cruz del Sur. Meteorología habanera, como si se ocupara de la región más transparente del aire. Y, al final, la denominación más propia y de más largo recorrido: Teleología Insular.

Una historia del diálogo de sordos establecido entre Juan Ramón Jiménez y José Lezama Lima: cuando uno habla del mito de la isla, el otro le responde con el mito de la negritud y del mestizaje.

Una historia de cómo la conspiración de los origenistas descarta esas interrogantes sobre mestizaje y negritud, aunque sea un maestro de la talla de Juan Ramón Jiménez quien las haga.

Una historia de la repulsión de un crítico como Cintio Vitier ante la negritud de Nicolás Guillén y la antillanización de la que da muestras Virgilio Piñera en su poema La isla en peso. Hasta hacerle imposible a Vitier incluir esos ejemplos de Piñera o de Guillén en el discurso de la cubanidad de su serie de conferencias –y luego libro– Lo cubano en la poesía.