Una historia de la teleología, más que insular, continental, que el cuentista dominicano Juan Bosch formula en el título de este libro suyo: De Cristóbal Colón a Fidel Castro.
Una historia de la isla, contraria a la de Cintio Vitier y José Lezama Lima y otros conspiradores origenistas, donde la isla se repite. Tal como la comprende Antonio Benítez Rojo.
Una historia de esclavitud.
Una historia de cimarronaje.
Una historia de las bibliotecas mágicas de Próspero, pero también una historia de las bibliotecas mágicas del esclavo Calibán: todo lo compilado por Lydia Cabrera en El monte. Todo lo compilado por Lydia Cabrera en sus edicioncitas autopagadas del exilio.
Una historia del exilio como cimarronaje.
Una historia en la que los avances del Ejército estadounidense en la Guerra de Cuba consiguen que Rubén Darío termine defendiendo el viejo imperialismo español.
Una historia en la que el Calibán de Roberto Fernández Retamar obra a favor del imperialismo soviético, integra la parafernalia sovietizante en torno al juicio político de un poeta y habla en nombre de la extraña máquina esteparia.
Una historia en que el anciano cimarrón Esteban Montejo cuenta su vida a Miguel Barnet, que la firma como autor.
Una historia de otro libro mágico perdido, el que los funcionarios judiciales llamaron Libro de pinturas, del criollo negro y libre José Antonio Aponte, carpintero, ebanista y tallador, capitán de compañía del Batallón de Pardos y Morenos, director del cabildo Changó-Teddun y cabecilla de conspiración. 72 páginas llenas de imágenes en las que aparecen personajes reales y mitológicos, ciudades y edificios de Europa y África, mitos grecolatinos y episodios bíblicos. Un plano detallado de La Habana y sus fortalezas y entradas y salidas. Más los retratos de los líderes haitianos Toussaint L’Ouverture, Jean Jacques Dessalines y Henri Christophe, que Aponte tiene la precaución de quemar al sentirse en peligro de detención. De este libro quedan sólo noticias en los legajos del juicio.
Una historia de cómo un libro de Calibán procura siempre convertir a su dueño en Próspero.
Una historia de la cabeza de José Antonio Aponte dentro de una jaula de hierro, expuesta a la entrada de la calzada de San Luis de Gonzaga, donde ahora se cruzan Belascoaín y Carlos iii.
Una historia de la novela que Alejo Carpentier habría podido hacer a partir de esa cabeza.
Una historia en la que, luego de tratar como cipayos a Domingo Faustino Sarmiento, Jorge Luis Borges, Emir Rodríguez Monegal y Carlos Fuentes, Roberto Fernández Retamar compila un catálogo de calibanes, una larga enumeración de figuras históricas latinoamericanas en la que no aparece José Antonio Aponte.
Una historia del palimpsesto que es Calibán, de Roberto Fernández Retamar, un ensayo continuamente en revisión por su autor –Calibán revisitado, Calibán en esta hora de nuestra América, Calibán quinientos años más tarde, Calibán ante la antropofagia– y reescrito con persistencia. Hasta el emborronamiento, hasta un esfuminado ideológico que le permite reubicar a Borges en mejor lugar que en la edición original, incluir a Rigoberta Menchú para subsanar la falta de calibanas o hacer de José Lezama Lima un calibán más, cuando en la versión primera Lezama Lima no aparecía por encontrarse condenado por la censura.
Una historia de lo histórico que se pierde irremediablemente, según la establece José Lezama en uno de sus mayores ensayos: Paralelos: la poesía y la pintura en Cuba (siglos xviii y xix). Allí están (o no están) un anillo hecho por Darío Romano, el primer platero de la isla. Los crucifijos tallados por Manuel del Socorro Rodríguez, así como un cuadro suyo de la Santísima Trinidad. Las recetas en verso del doctor Surí, las frutas pintadas por el poeta Rubalcaba, las pláticas sabatinas de Luz y Caballero, las cenizas mortuorias de Heredia, las piezas de artesanía en carey de Plácido, los sermones de Tristán de Jesús de Medina, las pinturas de aprendizaje de Julián del Casal y la mayoría de los cuadros de Juana Borrero. Lezama Lima da también por perdidas las joyas del poeta Zequeira, que no existieron nunca y pueden considerarse doblemente perdidas. José Lezama Lima se lamenta: «Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano». No hace mención ninguna del Libro de pinturas de José Antonio Aponte.
Una historia en la que la revolución haitiana no aparece en ningún momento de La expresión americana de José Lezama Lima.
Una historia en que en toda la colección de la revista Orígenes no puede hallarse una alusión a la Segunda Guerra Mundial.
Una historia de lo que no escribió José Lezama Lima sobre el Libro de pinturas de José Antonio Aponte. De cómo no alcanzó a considerarlo como una suerte de Atlas mnemosine, por el estilo del atlas de Aby Warburg.
Una historia de los caníbales brasileños con que se encuentra Michel de Montaigne y que William Shakespeare debió de leer en la traducción de Montaigne hecha por Florio. Si es que Calibán viene de caníbal. Si es que Caribe viene de caníbal, o viceversa.
Una historia de caníbales.
Una historia de zombies.
Una historia de zombies que viene de la Revolución haitiana.
Una historia de George A. Romero, hijo de cubano y de lituana, y creador de zombies.
Una historia del sueño alquímico del doctor Ernesto Guevara: el hombre nuevo.
Una historia de cómo el hombre nuevo acaba convirtiéndose en zombie, el sueño del doctor Guevara convertido en una pesadilla de Romero.
Una historia del vampiro, porque el vampiro asoma como imagen del capitalismo en un momento del Manifiesto comunista.
Una historia hecha de las esperanzas puestas por James i en resolver mediante alianza matrimonial las guerras de religión que dividen Europa. La tempestad como pieza teatral elegida para celebrar en la corte el matrimonio entre dos príncipes de religiones opuestas, una obra en la que magia y matrimonio garantizan la paz política.
Una historia que termina por descartar los asuntos de la corte de Milán, el matrimonio reparador y todo cuanto prometa la alianza de Miranda y de Fernando para centrarse en la cuestión territorial más inmediata, no el ducado de Milán sino la isla. La cuestión es a quién pertenece.
Una historia que cabría en el Atlas de las islas remotas, al que Judith Schalansky le ha dado este subtítulo: Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré.
Una historia que incluir dentro de la colección de islas prodigiosas compuesta por Angelo Arioli a partir de manuscritos medievales árabes: Islario maravilloso.
Una historia del fin de la isla tal como aparece en El color del verano, la novela póstuma de Reinaldo Arenas donde, a escondidas de la policía política, los habitantes de la isla bucean para socavar, arrancando un puñado de tierra en cada zambullida, la conexión con la plataforma continental hasta romper el cordón umbilical que une la isla al lecho oceánico y dejarla suelta, a la deriva. Como una gran balsa.
Una historia, tal como suponía Juan Ramón Jiménez, de fauna submarina.
Una historia de seres que no se saben si son hombres o peces.
Una historia en la que el miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba Roberto Fernández Retamar firma la sentencia de muerte de tres jóvenes negros que secuestran una lancha para huir y se convierte así en el único escritor de toda la literatura nacional que ha firmado una sentencia de muerte.
Una historia donde no cabe reedición ni reescritura que borre ese acto suyo.
Una historia en la que, una vez que la isla puede usarse como balsa, suelta como está ya, cuenta Reinaldo Arenas que termina linchada por los tirones que le da cada habitante, cada uno abogando por una dirección distinta.