Una historia del miedo a que esa esencia nacional que Cintio Vitier rastrea en las obras de poetas cubanos de dos siglos pueda disolverse.

Una historia del temor a que el cubano no sea el único imperialismo antillano posible, a que no sea Cuba quien ejerza la hegemonía sobre todo el Caribe.

Una historia de la influencia de Aimée Césaire sobre Virgilio Piñera como si se tratara de un contagio bárbaro. De las novelas haitianas de Alejo Carpentier que en verdad tratan de la revolución cubana, pendiente o realizada.

Una historia de este tan repetido verso inicial de Virgilio Piñera como definición de la insularidad: «La maldita circunstancia del agua por todas partes».

Una historia de la isla como cordón sanitario.

Una historia del Caribe donde la bonanza de una isla está hecha de la debacle de la isla más próxima.

Una historia en la que los vientos que van de isla en isla polinizan la destrucción.

Una historia de cómo la gran bonanza azucarera que configura a Cuba nace de la debacle azucarera de La Española.

Una historia compuesta por ocho objetos arqueológicos indocubanos recopilados por Fernando Ortiz. De esos ocho, dos son falsifaciones. El resto repite esta figuración: una cabeza y dos brazos alabeados que salen de ella. Rara imagen en un arte tan escaso de dinamismos, tal como reconoce Fernando Ortiz, y reconoce lo extraño de que no aparezcan ejemplos similares en las islas vecinas. Ortiz llega a considerarla como la más típica de las imágenes simbólicas cubanas. Y sintetiza esas seis imágenes hasta obtener un círculo y dos líneas en forma de sigma, que es símbolo de lo que rota. Fernando Ortiz compara mitologías del Viejo y del Nuevo Mundo, y queda convencido de hallarse ante la imagen del dios Huracán, Jurakán o Jurrakán.

Una historia de Huracán, el dios de la tempestad.

Una historia que aparece en Oppiano Licario, la novela inconclusa de José Lezama Lima, escrita en sus años de censura y publicada póstumamente, acerca de la búsqueda de un sentido y de la concentración de ese sentido en un libro para que luego venga el huracán y lo disperse y nunca más pueda gozarse de su integridad y no se sepa más de qué hablaba aquel libro.

Una historia de libros perdidos.

Una historia del extremo cuidado que ha de poner el mago al trazar ciertos símbolos y al tratar con la tempestad. Porque esas seis imágenes arqueológicas en las que unos brazos rotan alrededor de un centro dibujan una media esvástica. Y Fernando Ortiz escribe su tratado sobre el dios Huracán durante la Segunda Guerra Mundial, antes de la derrota de la esvástica nazi. Ortiz deduce del sentido levógiro del símbolo nazi lo siniestro de la política del Tercer Reich. Y recuerda asimismo el triste caso de la última emperatriz de Rusia, que cubrió los muros de su calabozo con esvásticas como amuletos, pero trazándolas en sentido contrario a la buena fortuna. «Fue que hubo fuerzas de una magia superior, o quizás fue porque la emperatriz pintó las esvásticas en forma sinistroversa», reconoce.

Una historia de las revoluciones políticas. De las revoluciones políticas como fuerzas de una magia superior, más arrasadora que la mayor de las tempestades.

Una historia de libros mágicos: el llamado Silogística poética, encontrable en el episodio del examen escolar de la novela Paradiso de José Lezama Lima. El jurado examinador pregunta a Oppiano Licario por el nombre del perro de Robespierre, por las respectivas estaturas físicas de Napoleón y Luis xvi y por las circunstancias de muerte de Enriqueta de Inglaterra. Es tan excéntrico el jurado universitario que examina a Licario que invita a una muchacha que pasa por allí a que agregue una pregunta. Y la anónima muchacha hace una pregunta tonta que alguna vez nos habremos hecho tontamente: dónde puede comprarse el mejor chocolate del mundo. Oppiano Licario, que ha acertado en todas las preguntas históricas anteriores, no lo duda: París, calle Rivoli, número 17, primer piso. Para rematar, una priora dominica lo interroga acerca de la extensión de los labios del demonio. Licario también vence esta prueba y declara el título del método que le permite responder a cualquier majadería de tribunal docente. Silogística poética, se llama.

Una historia de libros mágicos que se pierden en medio de una tempestad. El que Oppiano Licario deja como herencia a su ahijado de sabiduría José Eugenio Cemí: la única copia existente de la Súmula nunca infusa de excepciones morfológicas. El cofre que contiene ese libro llega a Cemí el mismo día en que entra un ciclón en La Habana. Sea cual sea el sentido de sus aspas, aquel ciclón es saludado por los habaneros como si se tratara de un verdadero carnaval. En las pocetas del Malecón los muchachos se bañan desnudos, la ciudad parece olvidada de toda precaución de clavar ventanas. Cemí protege el libro de las primeras ventoleras del ciclón. Unas vecinas le dejan a su cuidado un perro, él se ve obligado a dejar a solas al perro y al libro, y a su regreso encuentra la Súmula nunca infusa de excepciones morfológicas destrozada e irrecuperable, sin que nunca llegue a conocer el contenido de sus páginas.

Una historia donde otro libro mágico, también imaginado por un origenista, se pierde en el malecón habanero. El protagonista de la Historia de un inmortal de Eliseo Diego recibe de un amigo el manuscrito de un largo poema. El amigo se marcha a la manigua a pelear contra los españoles. El poema es extenso, todo un libro. Libro de las profecías, se titula. Está hecho de voces que le hablaron a su autor en una ensoñación. Su autor no fue más que el copista de unas voces del mundo perdido de la Atlántida. Quien vela por ese manuscrito se va a nadar y lo deja dentro de su sombrero, en las rocas de la orilla. El mar está agitado, entra un norte en la ciudad. Y al volver a la orilla, sombrero y manuscrito han sido destrozados por las olas.

Una historia donde el sentido de la isla, Cuba o Atlántida o Utopía, consigue concentrarse en un libro mágico para, al final, perderse para siempre.

Una historia cuyos símbolos han de ser examinados muy cautelosamente, desde que Fernando Ortiz descubre que el signo del dios Huracán, una media esvástica, es tan levógiro como la esvástica completa nazi o aquellas que, para su perdición, la última zarina de las Rusias trazara antes de ser ejecutada.

Una historia de imperios: el estadounidense, el fallido Imperio cubano, pero también el Imperio soviético.

Una historia en la que Heberto Padilla pasa por calabozos e interrogatorios y termina en una sala llena de artistas y escritores en la que anuncia que ha sido un contrarrevolucionario, y contrarrevolucionarios también varios de sus amigos, entre los que delata a José Lezama Lima.

Una historia de la coincidencia entre los símbolos indocubanos y los símbolos nazis, y en la que Fernando Ortiz identifica al huracán con la revolución pendiente. «Si un día hubiese de desatarse en Cuba una revolución que destruyera como un huracán y creara de nuevo como un soplo de génesis –escribe–, quizás su más genuino y expresivo emblema sería el que muchas centurias atrás lo fue de los indios cubanos, nacido de su mentalidad y reverenciado en sus ritos». Y añade Ortiz: «Símbolo propicio por varios conceptos para los alegorismos nacionalistas de Cuba. Ojalá nadie lo interprete en nuestra patria como una semisvástica cavernaria…».

Una historia de lo soviético en Cuba que Antonio Benítez Rojo describe como una extraña máquina esteparia, un artefacto cuya magia no podría funcionar bien en el Caribe. Como si no pudiera haberse dicho lo mismo de cualquier imperialismo llegado a esas islas. Como si carabelas o acorazados no fuesen máquinas tan extrañas, y luego ganadas por la costumbre, como los misiles soviéticos.

Una historia de la maravillosa ciudad que fue La Habana de finales de los años cincuenta, en la que Guillermo Cabrera Infante incluye la extraña máquina esteparia del asesinato de Trotski. El asesinato de Trotski por Ramón Mercader contado por un puñado de autores cubanos, incluido José Lezama Lima.

Una historia de la Crisis de los Misiles.

Una historia de la Crisis de Octubre.

Una historia desprovista de cualquier posibilidad de apocalipsis desde que Antonio Benítez Rojo ve desde su balcón caminar a dos viejas negras y su bamboleo dentro de la amenaza de guerra lo aquieta de pronto, le da seguridad de que el mundo no puede acabarse allí, en ese momento.

Una historia donde un puñado de escritores y artistas estadounidenses y europeos escriben, primero una y luego otra, dos cartas públicas que interceden por el poeta Heberto Padilla ante Fidel Castro. Primero una carta y luego otra pidiéndole a Fidel Castro que no se comporte como Iósif Stalin. Intercediendo, no tanto por Padilla, como por la Revolución.

Una historia en la que Roberto Fernández Retamar echa mano al reparto de La tempestad para responder a esas dos cartas públicas, para dejar establecido cómo ha de ser la relación del escritor y del artista, por extranjero que sea, con el régimen revolucionario cubano. Roberto Fernández Retamar, director de la revista Casa de las Américas, muestra a esos díscolos escritores y artistas con qué respeto y deferencia han de dirigirse a Fidel Castro siempre que le escriban.

Una historia que transita de Ariel a Calibán y que, igual que en época de Paul Groussac y de Rubén Darío, atañe principalmente a Cuba porque lo que ocurra en Cuba va a ser decisivo para todo el continente. Porque no podrán producirse en América Latina más revoluciones que aquellas que sigan el modelo iniciado por Fidel Castro.