Como el Humbert Humbert de Nabokov ―quizá demasiado similar―, el propio protagonista nos introducía en un ambiente introspectivo que iba a dar origen a situaciones verdaderamente morbosas y cómicas. Sin embargo, el análisis absorbente de esa ninfa particular sufría un punto de inflexión negativo en la última parte del «Libro segundo», titulada «Cinco lecciones de filosofía», donde el horizonte de la novela cambiaba y buscaba caminos nuevos para contar la fijación por la menor, precisamente cuando el aspecto narrativo ya había agarrado al lector con la incorporación de interesantes secundarios. Por un lado, surgía una serie de textos de carácter independiente que seguía definiendo la atracción sexual del profesor de forma desmedida y enturbiando el inteligente y hábil argumento. Y por otro lado, la línea del relato se veía sacudida por una retórica excesiva, a la vez que D’Ors llevaba al límite el elemento fundamental del libro: el desdoblamiento de la personalidad, pues desde el inicio el protagonista se sentía dos hombres, Platón y Wittgenstein. Por desgracia, la irónica y extensa confusión que se adueñaba del libro, especialmente en el literal proceso de infantilización que sufría el filósofo, dificultaba el seguimiento de una obra en la que se echaba de menos el rasgo que daría consistencia a todo el texto, que no es otro que el tono novelesco ya existente al comienzo. Dicho de otro modo, parecía una novela discípula de Nabokov, cuando hay autores que no resisten tener discípulos.

Pero es que no es de extrañar que un libro como Lolita impacte en la edad adolescente ―véase la película La buena vida, de David Trueba, de 1996, en la que un chico de quince años desea fervientemente leerlo― y muchos escritores o quieran emular su punto de vista narrativo en sus propias creaciones o les lleve a profundizar en el genio que ideó semejante texto. Eso le pasó al irlandés Brian Boyd, que llegó a consagrarse a estudiar la vida y obra de Nabokov durante décadas desde aquel primer encuentro con Lolita: primero, su interés cobró forma de tesis universitaria, luego de varios libros de crítica literaria y al fin de extensa biografía en dos tomos, Vladimir Nabokov. Los años rusos ―que comprendía el periodo 1899-1940― y Vladimir Nabokov. Los años americanos. En este volumen era donde se abordaba la segunda gran etapa de la trayectoria del biografiado, crucial para su creatividad y asentamiento como escritor en una sociedad en la que se integró bastante pronto y en la que gozó de una fama que acabaría por agobiarlo.

Así, en mayo de 1940, Nabokov, acompañado de su esposa Véra y de su hijo Dmitri, y un mes antes de que Francia sufriera la ocupación nazi, llega en barco a Nueva York: «Después de veinte años como europeos apátridas sujetos a una burocracia oficiosa en todas las fronteras, los Nabokov paladearon su llegada a América como el despertar de una pesadilla, un momento que los introducía en un amanecer nuevo y glorioso», dice Boyd. El destino allí va deparar al escritor, tan acostumbrado a cambiar de residencia desde 1919, un éxito realmente temprano, cierta estabilidad económica tras mucho tiempo de penurias, y la consagración a la escritura en inglés, así como a traducir a este idioma las obras de su primer periodo.

 

ATRAVESAR, DESCUBRIR AMÉRICA Y SUS CRIMINALES

Gracias a la titánica tarea de Boyd, seguimos con minuciosidad todas estas vivencias literarias y vitales más las relacionadas con la otra pasión del escritor, la investigación lepidopterológica, además de su relación con Edmund Wilson ―el famoso crítico, por entonces, muy interesado en la literatura rusa―, y la serie de conferencias universitarias con las que Nabokov se postularía como el gran experto en literatura rusa en Estados Unidos y como su principal traductor. De hecho, Nabokov se volcaría en los años cincuenta en su versión al inglés de Eugenio Oneguín, de Pushkin, que comentaría mediante más de mil páginas de notas sobre el poema, con lo que se ganaría una gran admiración en los ambientes intelectuales de la época. El biógrafo lo tuvo claro: «En el siglo xx, centenares de escritores creativos han estado vinculados a universidades, pero ninguno ha alcanzado el nivel literario de Nabokov y, mucho menos, producido una obra de erudición monumental». Son los años de Lolita y Pnin, de su labor como profesor en Cornell y Harvard.

Un viaje en coche para acudir a la Universidad de Stanford, cuando ya tenía confirmado en el Wellesley College de Massachussets un puesto de «escritor residente», le hará descubrir la América de las montañas, los ríos y los desiertos: justamente, el escenario donde Humbert Humbert conducirá con Dolores Haze. Esa visita a California marca un punto de inflexión según Boyd: «Cuando volvió a atravesar América, Nabokov ya no era Sirin [el seudónimo que empleaba en sus primeras prosas], un escritor confinado al pabellón de aislamiento de la subcultura de los emigrados, sino un intelectual europeo que había encontrado refugio en universidades americanas: ¿qué podía ser más americano que eso?». Otro asunto sería la manera en que Nabokov iba a enfrentarse al oficio de enseñar literatura, para lo cual, por ejemplo, se preparó durante meses, redactando las clases de antemano para el curso de verano que impartiría en Stanford en 1941, pues como le diría a Bernard Pivot en la televisión: «De pronto me descubro una incapacidad total de hablar en público. Por tanto, decido escribir por adelantado más de cien conferencias anuales».

Así las cosas, y tras unos primeros años de rechazos editoriales, las novelas irán viendo la luz, y será con la publicación de Lolita cuando Nabokov pueda apartarse del entorno académico para concentrarse sólo en su narrativa, que le reportará dinero a mansalva, sobre todo cuando Hollywood y Stanley Kubrick llamen a su puerta. Nabokov, ya consagrado como un autor de celebridad mundial, viaja por la costa este y oeste americanas, y, al fin, decide poner rumbo de vuelta a la Europa que dejó en llamas y que, en 1959, padece el telón de acero que no está dispuesto a cruzar por nada del mundo.

Por encima de todo, y esto es algo que Boyd muestra con claridad y sencillez, Nabokov es un hombre fiel a sí mismo, a su familia, a un sentido del humor que hace del mundo una gran tragicomedia, a su independencia cultural y de pensamiento. El escritor, consciente de las desventajas de una vida americana llena de compromisos y tentaciones mundanas, decidirá abandonar su patria adoptiva para aislarse en la ciudad de Montreux, en la suite de lujo de un hotel, para, como dice el biógrafo, «vivir sin las preocupaciones y las responsabilidades de la propiedad, sin echar raíces que podría tener que volver a arrancar algún día». En esta ciudad pasará sus últimos años y ubicará parte de su narrativa, como las andanzas de Hugh Person, un editor que viaja al país helvético, en la novela Cosas transparentes (Anagrama, 2012), la penúltima que vio la luz de Nabokov, para entrevistarse con un escritor y preparar su siguiente obra. En 1969, el autor había ofrecido Ada o el ardor y, según su biógrafo, «quería que su nueva novela fuera lo más distinta posible de la anterior: en lugar de una historia amorosa extensa y profusa, unos pocos rincones venidos a menos de los alrededores más cercanos de su Suiza».

Es una compleja voz narrativa, coral y fantasmagórica, la de esta novela corta, y el extravagante argumento, pleno de pesadillas y observaciones delirantes, asombrará hasta al lector más abierto de miras, porque Nabokov desconcierta siempre a la busca de esa sensación de extrañamiento que reconocía llevar a cuestas. Lo hace a través de su antihéroe, «metódico y pulcro», aunque «un antropoide singularmente inepto», con «mediocre potencia» en materia sexual y sonámbulo, el cual se enamora de la fría e infiel ―volvía a triangularse la relación amorosa, por tanto, como el caso de Humbert, Lolita y su madre― Armande. Sólo un mago del artificio literario como él, años después de haber dado una muestra del amor obsesivo y apasionado, hubiera podido firmar esta obra en la que el amor se vuelve risible, donde los juegos de palabras se suceden y el tono experimental envuelve una atmósfera tan fúnebre como lúdica.

Por ese tratamiento del sexo, psicológico, neurótico incluso, Nabokov siempre estará de actualidad, a tenor de que Lolita, además de un clásico moderno de la literatura, transciende y empapa asuntos de la cotidianidad, como la pederastia, la infidelidad o la violencia doméstica. Y además, siempre hay algún estudioso que anhela ir más allá de la ficción y rastrear por si hay huellas reales en lo que parece producto de la imaginación solamente. Nabokov, claro está, no podría ser una excepción. De modo que no extrañó que en el 2018 una escritora llamada Sarah Weinman publicara The Real Lolita: the Kidnapping of Sally Horner, donde recogía sus cuatro años investigando a una posible niña que habría inspirado el relato al autor, algo que ya había apuntado, en el 2005, el profesor universitario Alexander Dolinin.

La sospecha consistía en afirmar que había ciertos paralelismos entre el personaje de Dolores Haze y una chica llamada Sally Horner, que fue secuestrada en Camden, Nueva Jersey, pocos días después de cumplir once años, en junio de 1948, por un pederasta llamado Frank La Salle, que arrastraba un historial de abusos sexuales a niñas menores. Por supuesto, el caso fue seguido por los medios de comunicación ―la víctima estaría casi dos años en paradero desconocido, pero conseguiría huir y volver con su familia, cuando su secuestrador estaba con ella en California, gracias a la ayuda de una vecina― y tal cosa llegaría sin duda a ojos de Nabokov, que concebiría a su Lolita con características idénticas a las de Sally: hija de madre viuda y morena, secuestradas a una edad similar y encerrada de una misma forma. La demostración de tal influencia la desveló él mismo, cuando en la recta final de la novela el protagonista se pregunta: «¿Quizá yo había hecho con Dolly lo mismo que Frank La Salle, un mecánico de cincuenta años, había hecho en 1948 con Sally Horner, de once?». La niña moriría cuatro años después en un accidente de tráfico, y el escritor guardaría en una ficha el teletipo de la noticia, documento que se conserva en la Biblioteca del Congreso en Washington. Sería un día de diciembre de 1953 cuando Nabokov pondría punto final a la escritura de Lolita, después de hacer que su antihéroe fuera condenado a treinta y cinco años por violación, la misma sentencia que había recibido La Salle.

 

BIBLIOGRAFÍA

· Boyd, Brian, Vladimir Nabokov. Los años americanos, traducción de Daniel Dajmías, Anagrama, 2006.

· D’Ors, Pablo, Las ideas puras, Anagrama, 2000.

· Montreynaud, Florence, Amar. Un siglo de amor y pasión, Tachen, 1998.

· Nabokov, Vladimir, Lolita, traducción de Francesc Roca, Anagrama, 1986.

–. Cosas transparentes, traducción de Jordi Fibla, Anagrama, 2012.

· Roché, Henri-Pierre, Dos inglesas y el amor, traducción de Carlos Manzano, Libros del Asteroide, Barcelona, 2005.

· Stein, Gertrude, Autobiografía de Alice B. Toklas, traducción de Andrés Bosch, Lumen, 2014.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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