POR FRAN G. MATUTE

«¡Algo bueno tenía que tener el ser autónomo!», nos decíamos, convenciéndonos de que no estábamos haciendo nada malo. Empezamos así a vernos entre semana en el bar Mary Reyes, a la hora del aperitivo. La idea era parar un rato, desconectar ligeramente de nuestro trabajo, tan solitario, tan ensimismado. Un par de cervezas, una charla al fresco, para luego seguir cada uno con lo suyo. El Mary Reyes nos pillaba cerca a ambos, tenía terraza y casi siempre se encontraba vacía cuando quedábamos. Pero pronto aquellas veladas se nos empezaron a ir de las manos. Antonio, siempre tan preciso con el lenguaje, bromeaba al respecto: «La palabra cerveza tiene un falso singular. ¿Acaso alguien ha sido capaz de tomarse solo una?». Y no le faltaba razón. De vernos una vez a la semana pasamos a hacerlo dos o incluso tres. La consigna era, para colmo, de lo más sencilla: bastaba con enviar por Whatsapp el icono de la jarra de cerveza seguido del signo de interrogación y la maquinaria se ponía en marcha.
Esta maravillosa rutina terminó sin embargo alterando mi rendimiento, lo reconozco ahora, pues me dejaba las tardes para el arrastre. A Antonio sin embargo no parecía afectarle. No paraba de producir. Los amigos bromeábamos con este asunto, convencidos de que tenía seguro en algún sótano a un equipo de negros escribiendo para él. Con el tiempo me confesaría algún que otro truquillo que le hacía estar siempre fuerte como un toro. El más memorable era sin duda lo que él llamaba «la siesta del desayuno». Teresa, su mujer, se levantaba todos los días bien temprano y Antonio lo hacía con ella, pero tal como Teresa salía de casa el amigo se volvía a acostar. Luego, incluso habiendo tomado en el Mary Reyes no pocas tapas, Antonio se subía a casa y almorzaba con Teresa, como si nada hubiera pasado entre medias. Pero entre medias, había pasado de todo.
A Antonio lo conocía de mis tiempos universitarios. Formaba él entonces parte de la comitiva del Bloomsday sevillano, aquella celebración tan literaria que trataba de hermanar Dublín con nuestra ciudad. Recuerdo así a Antonio en la azotea de la Casa de la Provincia declamando (en inglés) versos de Joyce. Pero si allí estaba yo no era solo por mi condición de letraherido sino, sobre todo, porque al término del acto se prometían riñones de cerdo que engullíamos en el Flaherty’s, el mítico y añorado pub irlandés del que Antonio era habitual. Al pasar del tiempo, a través de Estado Crítico, voluntariosa web de crítica literaria amateur con la que colaboré de manera muy asidua, pude conocerlo con más cercanía. Le concedimos en 2012 el premio al mejor ensayo del año por el primer volumen de su fastuosa biografía de Luis Cernuda. Al término de la cena que le organizamos, Antonio se levantó y con la copa en la mano nos pidió incorporarse al elenco de «estadistas». Para nosotros era todo un honor y para mí fue un regalo, pues me vi obligado a hablar mucho con él. Fue así forjándose una cierta amistad entre nosotros, de reconocimiento mutuo, de colaboración en otras tantas aventuras literarias, pero nada comparado a la intimidad que desarrollaríamos a partir de nuestras escapadas al Mary Reyes.
El bar, cómo no, carecía de cualquier glamour imaginable. No era raro ver por allí alguna que otra cucaracha. Vivimos, eso sí, una importante transición una vez jubilado el dueño de toda la vida. El local se adecentó bastante y amplió su carta de tapas gracias a un engendro mecánico que nunca habíamos visto, una enorme freidora industrial con forma de cubo inexpugnable a la que pusimos de mote «el solenoide». A pesar de los evidentes cambios, la platea continuó siendo la misma. Por allí paraban mucho los cocheros de los coches de caballo. Había uno que fascinaba a Antonio, gordísimo, con la piel rosada y estirada, a punto de estallar. También solía acercarse a nuestra mesa un joven africano que nos pedía siempre alguna moneda a cambio de tocar algo con su extraña guitarra étnica. Cuando le decíamos que no llevábamos nada encima, nos respondía siempre, con muy poca vergüenza: «Otro día, mañana va a llover». Antonio se descojonaba… Y así, entre risas y cervezas, fue cómo comenzó a contarme historias más personales.
La muerte tan temprana de su madre supuso, cómo no, un auténtico trauma en su vida. Toda la querencia y fascinación de Antonio por México, de donde era ella oriunda, viene de ahí. Gracias al segundo volumen de su biografía de Cernuda, dedicada a sus años en el exilio, pudo viajar por primera vez a aquel país que tantos recuerdos familiares guardaba. De aquel descoloque familiar viene también su un tanto desnortada militancia en Fuerza Nueva, ya en sus años de instituto. A José Antonio Primo de Rivera le dedicaría una de sus mejores y más arriesgadas novelas. La guerra de las Malvinas, que tan lejos le quedaba, fue otro extraño revulsivo de juventud, hasta el punto de abandonar la carrera (se contaba, orgulloso, entre los muchos eruditos sin título universitario) por concentrarse en seguir al detalle el conflicto. Huelga decir que Antonio estaba con los invasores argentinos, pues, en tanto que ya enamorado de Irlanda, todo lo que tuviera que ver con el Imperio Británico le repateaba.
Recuerdo ahora estos detalles, estas anécdotas en principio sin importancia, y bien podrían ser otras, pero, por cómo me las relataba, estoy seguro de que fueron para él momentos definitorios. Alguien debería buscar la huella de estos episodios en los muchos poemarios que escribió en vida, porque para Antonio la poesía era algo vital e inminente. Caminabas a su lado, cruzando un puente, y al llegar al Mary Reyes te dabas cuenta de que había compartido en Facebook un poema inspirado en el hecho de cruzar un puente, el cual había escrito mientras caminaba a tu lado. Le vi hacer esto en más de una ocasión.
También tuve la suerte de acompañarle en la escritura de muchas de sus últimas obras, en especial las biografías de Cirlot y Cunqueiro. Se le iluminaba la mirada cuando descubría tal o cual dato por ridículo que fuera, una felicidad rara, infantil, diría que orgásmica, que solo los investigadores, creo, podemos entender. Pero sobre todo recuerdo una tarde de sobremesa en la que subí a su casa, en los tiempos en los que preparaba su ensayo sentimental sobre el cine de John Ford, y empezamos a ver Corazones indomables, y Antonio me sirvió un culillo de Ardbeg Uigeadail, su whisky escocés favorito. Uno, que jamás había probado semejante manjar, saldría de allí en volandas.
Un día se me presentó con una tos horrible, que no se le quitaba. Al poco le dieron el fatídico diagnóstico y las reuniones en Mary Reyes cesaron. No obstante, siempre que la enfermedad lo permitió, hicimos por vernos. Me daba el parte médico al principio, siempre esperanzador, y luego despotricábamos a gusto del ecosistema literario, de sus miserias y cotilleos, algo que me consta le encantaba, pues tras su seria fachada de hombre recto y educado habitaba un duendecillo disfrutón de lo más gamberrete. Pero sus ojos, tan expresivos, ya no estaban donde tenían que estar. La última vez que lo vi, ya en el hospital, quiso decirme algo al oído, pero las palabras no le salían. No hacía falta. «Otro día, mañana va a llover» fue lo que yo le escuché.