Una madrugada vamos al Nuevo Páramo. Es una casa abierta en la secreta noche. En habitaciones viejas, se reúnen noctámbulos ante ceremonias de ron y bolero. Los mariachis ofrecen sus cantos a cambio de un estipendio. La señora de la casa abre su abanico. En uno de los cuartuchos, Elena Medel ha encendido una hoguera de risa, ante la que nos calentamos los demás, los extranjeros y los jóvenes apóstoles que nos guían. Todos cruzamos esa noche nuestras vidas como si las corrientes de diferentes ríos hubieran reunido nuestras balsas en un mismo remanso. Las horas golfas en el Nuevo Páramo. Un antro en un edificio en una esquina en una ciudad cualquiera. Una habitación, un pabellón auditivo. La dueña del lugar nos ofrece botellas y música, igual que los duendes ofrecieron a Rip van Winkle una fiesta irrechazable en otro mundo. Como él, tendremos la sensación, cuando salgamos por la puerta, de que la realidad que habíamos conocido en el exterior ya no existe. Las calles se han borrado. Nuestros padres, nuestros amigos murieron hace cien años. El valle es largo, y cada uno debe regresar a una dirección que se ha vuelto desconocida.

Otro día vamos a la librería Roma, donde desembocan, con cuentagotas, ediciones raras, escasas, perdidas, colombianas, españolas y de cualquier otro lugar del español. Columnas de libros tambaleantes, un saloncito con sillones para leer o conversar bajo la tibieza de un tragaluz. Luis García Montero me descubre el libro que María Teresa León escribió sobre Bécquer, y que se publicó en Losada, en la Argentina de nuestro exilio. Mauricio Peñaranda, médium de poetas difuntos y de ángeles, me regala los relatos de una narrador colombiano extraordinario pero prácticamente desconocido: René Rebetez, que murió en 1999 en la isla de Providencia, adonde se retiró después de una vida viajera por México, Cuba, Haití, Japón, buscando montañas, monasterios, dirigiendo películas, documentales y revistas. El libro se llama Ellos lo llaman amanecer y, enseguida, incluso caminando bajo la luz cegadora de Pereira, me concentro en su escritura sensual, imaginativa, divertida, en la que se funden el zen y la ciencia ficción, algo que, desde luego, nunca he leído antes. En un cuento, «El coleccionista», hallo la transformación de una mariposa. El narrador nos mete en su punto de vista: la conciencia del maravilloso insecto. «De un insecto a un lepidóptero hay la misma diferencia que existe entre un hombre y un dios. El nacimiento a un nuevo estado requiere esfuerzos inenarrables: algunos pocos hombres suelen tomar la actitud de las orugas durante días y años enteros, en extrañas posiciones estáticas, meditando. Sin embargo, nadie sabe de un hombre convertido en mariposa». Nuestro destino, pienso subiendo las escaleras del hotel: pasar a otro estado. Entonces, encuentro una gran mariposa, de color blanco, en el rellano. En el suelo. Herida o aturdida. La recojo con cuidado. La devuelvo a la ventana por la que ha entrado. La dejo en el alféizar.

Pasar a otro estado. Por ejemplo, de vampiro a hombre. De hombre a alguno de los ángeles de Mauricio Peñaranda. Decepcionar al diablo interno, ser sólo humano, con los órganos bañados en luz. Pasar a otro estado. Pasamos, en coche, desde el departamento de Risaralda, cuya capital es Pereira, hacia el Quindío. Carreteras sinuosas, árboles inmensos de penachos blancos, o así lo parecen al reflejo de un sol gigante. Bajo él, vamos en coche Herménégilde Chiasson y yo. Juliana Gómez Nieto es nuestra Beatriz en aquel ambiguo paraíso. También es Virgilio. Poeta, narradora, directora conjunta del festival al que nos dirigimos, cuyo nombre homenajea a Luis Vidales, uno de los primeros poetas vanguardistas de Colombia, nacido en Calarcá. En la radio del coche suena la Cali Charanga. Música cortada con sensualidad colombiana, como el licor del carajillo. Siento que no he estado en un país más bello que Colombia. Las montañas se levantan como muros alfombrados. Aparcamos el coche en la plaza cuadrada, colorida, de Calarcá. Tomamos el café recogido en las faldas de los montes que se divisan por encima de los tejados. Café de lluvia, café de mano, café de pisada, café de fuego. Justo en aquella zona fue el gran terremoto que asoló ciudades y tantas vidas. Juliana ha escrito una novela al respecto: Montañas azules. Aquellas que miramos. Estamos sobre la falla de San Andrés. Belleza concentrada sobre un abismo en llamas. Invisible río que late bajo nuestros pies. Vamos al hotel, a las afueras de la ciudad, formado por cabañas. Su nombre es Karlaká, en homenaje al indio que se escondió con su tesoro en las Peñas Blancas, que destacan en la montaña de enfrente, como un acantilado de cuarzo entre cortinas verdes. «Español», me llama el encargado. No recuerdo su nombre. Quizá León o Ezequiel. Es puntilloso, susceptible de muchas alertas, detallista, amable en extremo, buen conversador. Me invita a dar un paseo por un camino especialmente diseñado por la directora del hotel, María Elena Mejía Arbeláez, para que el visitante busque pormenores de sí mismo. El camino lo guarda un buey gigante, cuyos ojos son tan grandes como las palmas de mi mano. Bajo aquella mirada entro en el sendero. Guijarros sobre los que andar descalzo. Una laguna para flotar en una barca. Una cabaña para entrar en la oscuridad. Lechos de piedra para meditar bajo la luna. Pasamos bajo las Peñas Blancas. Nos observa la mirada mineral del indio. Llego a mi habitación. Es una cabaña construida con bambú entre las ramas de un árbol, a la que se accede por unas escaleras. A través de las rendijas oigo la selva. Sobre la cama descubro el cuadro de una enorme mariposa. Debajo pongo el libro de Rebetez.

Pasar a otro estado. Calarcá, el pueblo del poeta Luis Vidales, que hizo tronar la poesía colombiana cuando publicó Suenan timbres en 1924, cuando escribió:

Para que el vuelo de las hojas

fuera a su gusto

todas deberían ir provistas

de motorcitos de mariposa.

 

Ir a mi gusto. Pasar a otro estado. El festival transcurre en la biblioteca municipal, un edificio blanco al que hay que llegar, desde el hotel, por el camino del cementerio. Enfrente del cementerio, están los salsódromos. Pintados de colores muy vivos: rojo, verde, azul. Se llaman Amnesia, La Última Lágrima, Tumbao y Sazón. Lugares para pasar una última juerga e irse a morir. Pista de baile para fantasmas aburridos, o para sus dolientes, que todavía quieren gastar la sangre del llanto en un baile «agarraíto». Para que nos reunamos cualquier noche celebrando que el baile sucede mejor frente a la muerte. Una danza de la muerte, pero sin ella. Como una parodia de los lienzos de Valdés Leal, que siguen advirtiéndonos de nuestra calavera ante la tumba de Juan de Mañara en una iglesia de Sevilla. Aquí el aviso dice al revés: «Baile con todas menos con ella. Baile antes de que ella se empeñe en entrar por la puerta».

Entonces pasará, en la biblioteca, tomando el tintico obligatorio, cafelito de agua, lo que me va a sorprender en aquellos días. No he venido a un festival, sino a un proyecto de construcción colectiva. Me lo explica el director del X Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, José Nodier Solórzano Castaño: el festival es un ágora, un foro, para poner en pie la voz enmudecida, no sólo para oír la voz de los que vienen de lejos a traer aire fresco y a transmitir allá de donde vienen lo que han visto; también un lugar para que los escritores propios hablen de una sociedad que quiere crecer libre y sin bandos feroces; para que hablen los lectores, para que los que no lo son lean, para hacer una comunidad de diálogo e inteligencia compartida, sin los espejos quebrados a fuerza de puños: Gobierno, narco, ejército paramilitar o revolucionario. La injusticia viene de cualquier convicción violenta. Lo contará ejemplarmente el narrador Pablo Montoya en una de las mesas redondas. Muchos de su generación se convencieron de que la única manera de hacer temblar la injusticia era alistarse en la lucha armada, incluso él lo estaba pensando cuando su propio padre fue asesinado por la misma guerrilla donde el hijo había imaginado meter el pie. El aire que rodea la biblioteca es pálido, tranquilo; los montes, azules, como dice el libro de Juliana. Estamos aquí para amasar algo que no hemos tenido nunca, me cuenta José Nodier, algo que está en nuestras manos, pero que tiende a escurrirse todo el tiempo: democracia, solidaridad, justicia, libertad, conocimiento, poesía, también poesía. La poesía consiste en hacer visible lo invisible, acordamos.

Es entonces cuando conozco a Edwin Vargas, el joven profesor que conduce las sesiones de la biblioteca y, posteriormente, del colegio John F. Kennedy. Son charlas con adolescentes que han leído nuestros textos. Algo vocacional y a la vez divertido se está realizando en el grupo. Hablamos de literatura y de la vida, dentro y fuera del aula. Cada vez, al terminar, los organizadores sirven un refresco —los deliciosos jugos colombianos— para que la conversación continúe. Transpira la inteligencia y esa luz interna que recorre la columna vertebral y nos centra como un eje. Cada momento encaja, nos eleva en conjunto. Edwin crea los espacios de cordialidad y saber. Aquellos muchachos y muchachas —cuántas historias en los ojos oscuros— están creciendo en un país fértil, donde la vida se palpa, un país fértil en décadas de violencia. Ahora, por fin, hay huecos de paz para que ellos los ocupen. Yo comparto con ellos un par de horas de ese alzamiento. También me alzo. Me empujan. En esas sesiones de conversación y poesía somos uno mismo. Intercambios plenos a punto de despedida. Uno está solo para estar con el mundo.

Paseo bajo las Peñas Blancas del indio Karlaká. Dentro se confina un tesoro. Detrás del mineral blanco. Bajo la espesura inmanejable. En un rincón mítico y perdido para los seres humanos. Eso cuenta la leyenda. El tesoro está irradiando desde la poderosa roca. Inunda el aire, la ciudad. La gente lo respira, sin saberlo. Los muchachos de las escuelas. Dentro de la armadura del pecho, las Peñas Blancas. Uno está solo para estar con el mundo.

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