No teníamos prisa, aún faltaba para el tañido de las dos, momento en el cual, en el último piso del Círculo, con Madrid extendida más allá de los amplios cristales, Pereira hablaría de «Il signor Pirandello è desiderato al teléfono».

Héctor y yo hablamos de una antigua excursión que hicimos al imponente Escorial, envuelto en los verdes de su brumal plaza de invierno, y de cuando terminamos en una taberna comiendo callos con garbanzos. Me acordé de aquel día en el momento en que Héctor habló de otra ocasión que habíamos pasado juntos: cuando fuimos al campo, cerca de Manzanares, a su chalet-atelier. He olvidado el nombre del lugar, pero recuerdo bien que enfrente había un pantano, que hacía mucho frío y que el cielo era límpido. Héctor se había levantado muy pronto y parecía no sufrir la temperatura. Sus manos, muy vivas, golpeaban con cincel y martillo un bloque de mármol. Le pregunté si el mismo lo había «encontrado» en Carrara y transportado en tren hasta Florencia. No, había sido otro, y, en el bloque, la intuición de Héctor veía una madre con su niño. Centelleó en él la idea de aquella escultura que años después vi acabada en casa de sus padres.

Entonces, en nuestro paseo por la calle Mayor, nos tocó hablar de nosotros. De vez en cuando yo miraba el reloj. El mediodía se aproximaba y nos separaban dos horas de la cita con Pereira, cuando, a la altura del Parlamento, de repente oigo que me llaman: «¡Francesco! ¡¡¡Franceschiello!!!». Desde el otro lado de la calle lo veía bracear. Me había reconocido a pesar de la distancia. Nos acercamos y le presenté a Héctor. Era como invitar a una liebre a correr. Paramos en una farmacia atraídos por unas pastillas de regaliz; luego entramos en un cafetito para descansar.

El día anterior, entre un Capricho y otro, en el Prado le había mencionado un epigrama de Giorgio Caproni y, ahora, en aquel café de Madrid, quiso que se lo repitiera porque –afirmó Pereira– continuaba zumbándole en la cabeza. Se bloqueaba frunciendo las cejas, esas cejas bien marcadas que le surcaban la amplia frente, rápida de pensamiento. Alrededor de la una picamos unas anchoas para aguantar hasta las tres, la presumible hora del almuerzo. Le recordé que había que darse prisa, ya que lo esperaban en el Círculo, y entonces fue cuando Pereira me corrigió especificando que la presentación estaba prevista a las dos y media. Héctor, al tanto del malentendido del día anterior, dijo que no nos acompañaría porque tenía una cita con su padre. Cuando estaba a punto de marcharse, Pereira le pidió que dibujara el camino para llegar al Círculo, pues no se fiaba de mis conocimientos topográficos de Madrid. Héctor trazó un garabato sobre una servilleta.

El señor Pereira es requerido en el Círculo debería de haber sido el título de aquella mañana. Me quedé solo con Pereira y le hablé acerca de la traducción de Caproni de Mort à crédit. Pereira amaba a Céline y no solamente porque después de sus libros ya no podía seguir considerando el pasado como antes. Comentamos algunas soluciones que me habían interesado y el uso del toscano para resolver algunos pasajes en argot.

Sin que se diera cuenta, me preocupé de consultar mi reloj. Precisamente entonces dijo: «Sarà meglio andare». Nos levantamos servilleta en mano, como si fuera una brújula. Faltaba poco para la meta (ya se divisaba el letrero del Círculo) y me habría gustado inventarme una excusa para dejar a Pereira entrar en solitario. Se me adelantó y, codo con codo, empezó a contarme algo divertido. Y caminaba, caminaba, caminaba, como Pinocchio en sus andanzas. Ya a pocos metros de nuestro destino vi acercarse al director del Círculo, que el día anterior me había mirado con cara de pocos amigos.

Pereira seguía riéndose porque aún no se había percatado de que aquel hombre nos observaba y me dirigía una mirada despectiva. Nos abrió camino y, cuando Pereira desapareció entre un pelotón de gente, un par de individuos se pararon y me inculparon su retraso. Les dejé acabar, luego expuse mi versión de los hechos, la verdadera, tan de verdad que parecía mentira. No obstante, Pereira había llegado a destino sano y salvo. Finalmente Pirandello pudo recoger el teléfono y descubrir que al otro lado Fernando Pessoa lo reclamaba.

HOMBRE Y AUTOR INTERNACIONAL

Tabucchi fue, en mi opinión, el escritor italiano más cosmopolita de su generación. Calvino, Sciascia, Pasolini, Magris, Primo Levi, por mencionar algunos, se integran con él entre los escritores italianos más internacionales que hoy se puede encontrar en una librería. Cada uno a su manera, y por varios motivos. Sciascia, Calvino, Levi y Pasolini por la proyección extranjera de su obra. Magris por su cultura de amplio aliento, mitteleuropea y no solamente.

Sin duda, existen otros nombres italianos que publican libros y que cuentan incluso con una presencia más voluminosa en las librerías extranjeras. Sin embargo, con «autores internacionales» me refiero a quienes escriben en un sentido fuerte, es decir, a los autores que se colocan en un plano de excelencia por ser capaces de alcanzar resultados verdaderamente artísticos. Tabucchi es uno de esos pocos.

Antonio bien sabía que el logro artístico, por llamarlo así, está ligado también a factores inescrutables y que un libro, a menudo, huye del control del propio autor. Le gustaba afirmar que los libros son misteriosos, que el misterio reside fuera de sus páginas y que un libro nunca empieza con la primera página y tampoco acaba con la última.

Se lo he oído repetir en más de una ocasión: cada libro es un viaje hacia un universo desconocido, una aventura, la aventura de la escritura que cada autor de raza emprende con su maletín. Y en ese maletín lleva su idioma y sus experiencias.

Con este equipaje y con su fantasía y capacidad inventiva, Antonio Tabucchi emprendía su viaje literario hacia el descubrimiento de lo desconocido a través de la página.

Autor internacional –incluso afirmaría que más internacional que los que he nombrado anteriormente, tal vez, debido a su capacidad de expresarse en varios idiomas (escritos y oralmente) con la exactitud que se requiere–, frecuentaba otras lenguas como si fuesen las otras orillas del alma. Un idioma, una orilla. Así que había dos Tabucchi en uno: un Tabucchi provinciano y periférico, en el sentido más genuino, por sus orígenes campesinos, y, paralelamente, un Tabucchi cosmopolita. Dos Tabucchi que se compensaban y alimentaban recíprocamente. El jardín de casa y el mundo, porque el viaje se emprende saliendo del propio jardín.

Fue un cosmopolita como Giuseppe Tomasi di Lampedusa, gran conocedor de idiomas extranjeros, cultivados y perfeccionados gracias a sus frecuentes viajes. Quizás hay otra coincidencia: cuando pienso en el doctor Pereira y en el joven Francesco Monteiro Rossi, personajes del Sostiene, se me ocurre una comparación gattopardiana con don Fabrizio Salina y su sobrino Tancredi Falconeri, que participa activamente en el nuevo curso de la historia siciliana y quiebra el círculo de su espléndido aislamiento. Don Fabrizio seguirá el flujo de los eventos al igual que el doctor Pereira se dejará llevar por el entusiasmo de Francesco Monteiro Rossi para oponerse a la dictadura.

Internacional por ser el Tabucchi portugués, que todos conocen en Italia y en Portugal; por ser el Tabucchi francés de los veinte años, friegaplatos y libre oyente en la Sorbona, y el Tabucchi francés de sus últimas décadas en París, donde pasaba buena parte del año. Finalmente me atrevo a decir el Tabucchi español: por sus intereses filológicos y literarios ligados a toda la península ibérica, además de por la amplitud de la difusión de su obra.

Irrumpió en Italia con las pequeñas y elegantes ediciones de Sellerio. Libritos manejables que ocupan un espacio inversamente proporcional al que Tabucchi supo granjearse en el libro maestro de la literatura de finales del siglo xx.

Internacional por la difusión de su obra en el extranjero y por ser receptor y difusor –por utilizar dos palabras más cercanas a dimensiones espaciales– de literaturas foráneas. Hondo humanista, Tabucchi era capaz de argumentar sobre ámbitos literarios distintos, ponerlos en relación, encontrar puntos de vista y caminos nuevos, y a veces incluso –si se trataba de una conferencia, un encuentro, una clase o una entrevista– comunicarse en el idioma de aquellas literaturas. Lo he oído hablar en francés, en español, en portugués y hasta en inglés con total seguridad. Siempre con gran propiedad del lenguaje, aunque manteniendo el mismo tono que cuando se expresaba en un italiano sonoro y bien pronunciado con un leve matiz toscano.

Internacional por haber sido hombre alérgico a las fronteras. Una alergia incurable, aliviada solamente si por frontera se entiende un lugar donde se vuelve a empezar algo, donde se quiere construir algo.

Le intrigaba la otra cara, el revés de las cosas: el revés secreto e inesperado de la existencia. En las notas que abren o cierran sus obras se pueden hallar algunas de las claves de su poética.

Se divertía relatándonos lo que le contaban sus personajes. Lo que determinaba que fueran solamente suyos era la manera de describirlos: original, compleja, con sus acertijos y enigmas, sus equivocaciones y su misterio, el misterio que guía la vida, sus relámpagos, sus dobles y sus epifanías, todas tabucchianas. Enfocar de manera distinta el universo, aquel universo que hoy podemos libremente llamar, castellanizándolo, tabuquiano.

Aquellos mismos personajes –Tabucchi sufría de insomnio– venían a visitarle en el duermevela para contarle sus penas y sus remordimientos. Penas por lo que hicieron y no deberían haber hecho y remordimientos por lo que dejaron de hacer.