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La actriz Aitana Sánchez Gijón tiene los pómulos ligeramente marcados, el cabello suelto y largo, y unas curvas hermosas que mueren en los talones. Ha interpretado a Penélope, la Chunga, Sherezade y la condesa de la Santa Croce; y conforma, junto al director catalán Joan Ollé y al escritor peruano, el grupo Ménage à Trois. De los tres, ella es la musa.
—Hubo comentarios demoledores —reconoce Aitana—. Le reprochaban que él no fuera actor ni que tuviera las herramientas suficientes para subirse a un escenario. Por eso te digo que, aun bajo una máscara, Mario está sometido a la crítica.
—¿Y cómo reaccionó él?
—A él le daban igual. A mí lo que más me gusta de Mario es que su ilusión por cumplir un sueño es mayor al miedo, y él nunca ha sentido más pánico que cuando se ha tenido que subir a las tablas: te lo digo en serio. En Mérida, unos minutos antes de salir a actuar, escuché unos golpes tras la puerta de mi camerino. Era él: blanco como la pared. Me decía preocupado: «Aitana, ¿no podemos huir ahora?». Yo le respondí que era tarde, aunque me hubiera encantado escaparme con él —Aitana hace una pausa y añade con ironía—. El verdadero pavor lo sentí yo. A partir de Odiseo y Penélope comencé a proponerle correcciones a sus textos y Mario montaba un número. «Quiere mutilar mi obra, es una sinvergüenza, no hay quien la soporte», vociferaba. Sin embargo, al día siguiente, el texto acababa volviendo con el triple de tachaduras… Fue fascinante verlo luchar de ese modo. Porque el teatro para él es eso: una colaboración en conjunto, una lucha contra el novelista solitario que es él.
Personajes que se desdoblan en otros personajes, contadores de historias, múltiples puntos de vista. Sus obras pretenden mostrar la literatura como tránsito de la barbarie a la civilización a la vez que juegan con la frontera entre la realidad y la ficción. En cuatro de ellas, Mario Vargas Llosa ha fungido como protagonista produciendo un acontecimiento metaliterario. La última vez ocurrió en Los cuentos de la peste. Desobedeciendo a sus familiares y amigos, puso en riesgo el prestigio del Premio Nobel.
—Cuando actuaba sus ojos cobraban un brillo infantil —dice Aitana—. Él me dijo que el teatro fue su primera pasión, su primer gran amor literario, aun antes que la novela. Hasta había escrito un pequeño drama, pero la ausencia de un movimiento teatral en su país lo llevó por otros derroteros.
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Seis años antes de escribir su primera pieza teatral, La huida del inca, y quince de su primera novela, Mario Vargas Llosa oyó la palabra «cachar» y se prometió que nunca tendría hijos. La promesa la acabó infringiendo. Con trece años, ingresó en el Leoncio Prado y transitó por un mundo donde los concursos de masturbación y el sexo anal y con animales eran ritos obligatorios. Donde el mayor pecado no era perder la virginidad, sino ser virgen. Un lugar, como Perú, donde «el que no se jodía, jodía a los demás».
—Un santo yo no lo era porque los santos eran muy maltratados. En La ciudad y los perros aparece un chico que es muy maltratado precisamente por ser bueno. O sea, la única manera de tener éxito allí era aplastando, destruyendo, deshaciendo a otras personas… —admite mientras se hunde en el sofá de Puerta de Hierro—. Mi padre me internó en el Leoncio Prado pensando que un colegio militar acabaría con mi vocación literaria. Pero yo nunca he leído ni escrito tanto como allí. Escribía cartas de amor y novelitas pornográficas que mis compañeros de cuadra leían en alto. En aquel ambiente, ése era el único modo que encontré de alimentar mi vocación.
Mario Vargas Llosa ha olvidado en qué consistían aquellos textos, aun cuando su influencia impregna todas sus novelas. En ellas, el sexo está expuesto a la corrupción humana y la sensualidad es desplazada por un erotismo brutal. Para el autor, el sexo, como el amor, son ingredientes esenciales en la vida del escritor. Adora el hipopótamo, «un animal que piensa en hacer el amor todo el tiempo con la hipopótama», y el personaje que más ha releído es Madame Bovary, una rebelde que reivindica el derecho a una vida «más rica»:
—El sexo es fundamental en las experiencias humanas —afirma—. Cada uno lo vive de manera muy distinta según la educación y el mundo en que se desarrolla porque, como dice Freud: en el sexo no hay límites. ¡No los hay! Es una fuente terrible de tragedias y otras veces un gran estímulo para afrontar la vida.
Comenzó a frecuentar los burdeles a los catorce años y con quince ya pisaba los infiernos de Lima mientras trabajaba como periodista amarillista en La Crónica. Dormía durante el día, por la noche redactaba locales y sucesos y en la madrugada conversaba con bohemios, mafiosos y cafiches, entre alcohol, cartas y cigarros.
—Digamos que quemé etapas más rápido. Recuerdo haber probado en esa época una sola vez la cocaína y que me hizo un daño horrible. Y yo creo que felizmente, porque me vacunó para siempre contra las drogas y no he vuelto a tener ninguna curiosidad.
Abandonó el periódico y la correspondiente vida de búho obligado por su padre, aunque el amor todavía hoy le persigue como un mal demonio. «El amor es lo peor que hay. Uno es capaz de hacer las peores locuras y de fregarse para siempre en un minuto», escribió en La ciudad y los perros. Entonces había cometido la «insensatez» de casarse con su tía Julia, diez años mayor que él, y vivían en Francia.
En la biblioteca, Mario Vargas Llosa conserva un ejemplar de La tía Julia y el escribidor, el retrato de aquella relación tortuosa. Tanto las manchas de rouge en sus pañuelos como las amistades de Julia fueron motivo de varias discusiones a la vera del Sena. En medio de aquel ardor, un día estuvo a punto de enrolarse en la Legión Extranjera. «Tenía la idea de cambiar de nombre, cambiar de piel, desaparecer en un oficio distinto», le confesó a Jeremías Gamboa. En 1964 el enfriamiento se volvió irreparable. Su prima Patricia se presentó en la rue Valadon para aprender francés y dio comienzo un segundo matrimonio del cual nacieron Álvaro, Gonzalo y Morgana, y que duró cincuenta años.
Con una portada ilustrada por Manolo Valdés, La tía Julia y el escribidor no es el único retrato que hay aquí. El cuadro de Isabel Preysler, una dama envuelta en rojo sobre un tablero de ajedrez, preside la pared del fondo.
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—Yo soy una gran fan de Vargas Llosa —dice Nélida Piñón desde su casa en Río de Janeiro—. Mario tiene una vitalidad estética y moral maravillosa. Él no es un tibio. Dios dijo que vomitaría a los tibios. Él, sin embargo, es un creador: tiene su lado intelectual y su lado apasionado.
La gran amiga de Mario Vargas Llosa habla de él con la admiración que siente una adolescente por su estrella de pop. Se conocieron en los setenta, en un congreso de literatura, y desde entonces su relación se ha mantenido inquebrantable. Ella lo asesoró cuando se propuso escribir La guerra del fin del mundo, una historia basada en Los sertones de Euclides da Cunha, y él le dedicó la novela.
—Lo más estupendo de Mario es que es un hombre de conciencia. Simula, quizás, una amabilidad que te puede hacer pensar que cobra renuncias, pero es un engaño. Él hasta es capaz de sacrificar un gran premio por sus ideas. Antes yo leía sus declaraciones políticas en la prensa y pensaba: «otra vez se nos ha ido el Nobel». O sea, tiene una gran convicción moral y no tiene miedo a nada. Eso es fantástico, ¿verdad?
Nélida Piñón lo compara con un caballero medieval: un hombre valiente y disciplinado, con una elegancia natural con las mujeres y capaz de morir por su amada. Un hombre en el epicentro del mundo y por eso siempre puesto en cuestión.
—Mario avanza con escudo, lanza y espada. Desde que lo conocí, se ha mantenido en una vereda ascendente. Se propuso enfrentar toda clase de retos y dificultades, y las ganó todas. Y sus contradicciones, querido, son las típicas de una vida tan fecunda. Mario ya no puede ser el mismo niño de Lima del Leoncio Prado. No puede hacer eso porque está cambiando. Él cambió de vida personal, de país, de ideas que le parecieron anacrónicas, abrazando otras. Mario, querido, será así hasta el minuto último de su vida.