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«¡Mario le dedicó dos años de su vida!», escribió Pilar Donoso en Historia personal del boom. La mujer de José Donoso se refería al extenso estudio sobre Gabriel García Márquez cuya impresión después Mario Vargas Llosa mandó interrumpir. Entonces, la amistad entre los dos escritores se había extinguido como lo hace ahora el sol en Puerta de Hierro.

—La primera vez que leí a García Márquez fue en francés. Trabajaba para la Radio Televisión Francesa en un programa de literatura cuando me llegó un librito que ponía: Pas de lettre pour le colonel —dice Mario Vargas Llosa enseñando al aire sus grandes dientes delanteros—. Una de esas paradojas que ocurren en la vida. Luego llegó Cien años de soledad y aquello me deslumbró.

Al terminar la lectura, publicó un artículo en el que comparaba Cien años de soledad con Amadís de Gaula. El ensayo «El Amadís en América» fue el precedente de la tesis con la que obtuvo el doctorado por la Universidad Complutense de Madrid: Historia de un deicidio. Cincuenta años después, sigue siendo el mejor análisis que se ha realizado sobre la obra del colombiano.

—De hecho, en Conversación en La Catedral, uno de sus personajes se llama Melquíades.

—Pues mira, no me acordaba de eso. Seguramente cuando escribí la novela no era consciente de que había un personaje que se llamaba igual que el gitano de Cien años de soledad. Recuerdo, eso sí, que ya en aquel momento García Márquez y yo nos habíamos conocido. Nos conocimos en Venezuela en 1967, y aun antes nos habíamos escrito. ¡Pero centenares de cartas! Incluso planeamos escribir una novela a cuatro manos sobre la guerra. La idea era que él escribiera la parte colombiana y yo la peruana, aunque nunca se concretó.

En Barcelona fueron vecinos en el barrio de Sarriá. Y su relación, como sus casas, era muy próxima. Ejercieron de padrinos de sus hijos, celebraban las Navidades juntos y actuaban de anfitrión cuando la casa del otro estaba ocupada. El periodista Plinio Apuleyo Mendoza escribió en La llama y el hielo que escucharlos hablar era como ver «las chispas que desprende una lámina de acero en la piedra de un afilador». Sin embargo, en 1976, en un ajuste de cuentas le propinó un puñetazo a Gabriel García Márquez en el Palacio de Bellas Artes de México. Nunca más se los volvió a ver juntos. El motivo es algo que ambos escritores han acordado no revelar a los periodistas:

—Nosotros estuvimos muy preocupados por el distanciamiento entre ellos dos —informará Plinio Apuleyo Mendoza desde Bogotá—. La última vez que sus amigos tratamos de reconciliarlos ocurrió en 2010 durante el Hay Festival en Cartagena de Indias. Cuando Mario y Gabo coincidieron en aquella ocasión, intentamos que se vieran las caras de nuevo. Pero al final no fue posible reanudar la amistad porque Gabo ya tenía alzhéimer, olvidaba las cosas. Y al enterarse de aquello, Mario se sintió preocupado y prefirió evitarlo.

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No se pudo resistir. Al verlo solo en dirección al mar, Miguel Cruchaga se levantó de la toalla y lo alcanzó: «Mario, ¿no has valorado la posibilidad de meterte en política?». En la playa de La Herradura las olas rompían en la orilla y los niños jugaban a correrlas. Era octubre de 1978. Mario Vargas Llosa volvía a vivir en Lima después de quince años en el extranjero y su discurso de recepción del Premio de Derechos Humanos todavía resonaba en la cabeza de Miguel Cruchaga como un tábano insistente. «Fantaseas demasiado, Miguel. A mí no me atrae ese asunto».

—Pero días más tarde me llamó —dice Miguel Cruchaga—. Me comentó que estaba interesado y comenzamos a hacer conjeturas en caso de llegar un día al Gobierno.

Miguel Cruchaga tiene setenta y nueve años. Es arquitecto, sobrino del presidente Fernando Belaúnde y exdirigente de Acción Popular. Cuando el gobierno de Alan García amenazó con estatizar la banca en 1987, Mario Vargas Llosa y él organizaron una multitudinaria protesta en la plaza San Martín. Ya entonces el autor peruano se había mudado a Londres y su ideario había virado a la derecha. En La llamada de la tribu, explica que las reformas de Margaret Thatcher le descubrieron un sistema distinto al colectivismo y que se hizo liberal.

—Yo le dije a Mario que después de aquella manifestación no podíamos dar marcha atrás. El Perú de Alan García acababa de batir el récord mundial en inflación y miles de personas habían puesto su esperanza en nosotros. Lo convencí nuevamente a pesar de sus amigos. «Eres un irresponsable. Vas a arruinar su carrera hacia el Premio Nobel», me decían. ¡Hasta Patricia me retiró la palabra!

Fue así como Mario Vargas Llosa y Miguel Cruchaga fundaron el Movimiento Libertad, integrado en el FREDEMO, el partido político que concurrió a las elecciones de 1990. Abogaron por una reducción drástica del funcionariado, la eliminación de la estabilidad laboral, la privatización del sector agrario y un sistema educativo basado en la meritocracia. En El pez en el agua, Mario Vargas Llosa revela que su objetivo era hacer de Perú «la Suiza de América Latina». Y pareció factible hasta que irrumpió el Chino. En menos de doce meses Alberto Fujimori logró atraer el voto de las clases más humildes en un país donde eran mayoría. Actualmente cumple condena por violaciones a los derechos humanos.

—El eslogan de Fujimori fue «Un peruano como tú». Y Mario era un ciudadano del mundo. Daba conferencias en Londres, Madrid, París. Es muy curioso porque en The War of the End of Democracy, Jeff Daeschner desvela cómo Fujimori fue en realidad un experimento de Alan García —explica Miguel Cruchaga—. Él sabía que el APRA no iba a ganar así que pensó que lo mejor era buscar otro candidato para Mario. Investigaron entre candidatos humildes de grupos sociales muy marginales y escogieron a Fujimori.

Después de intensas giras por el interior del país y amenazas de bomba del MRTA, en 1990 Mario Vargas Llosa perdió el balotaje por una diferencia de veinte puntos y abandonó Perú. El dispendio en publicidad y la guerra sucia ideada por Alan García habían deteriorado su imagen.

—Mario optó por volver a su vocación inicial que estaba en Europa. Yo supe desde el comienzo que a él lo que le fascinaba de la política no era el poder, sino la posibilidad de tener una aventura. Porque la aventura es el estímulo a partir del cual salen las mejores novelas. La aventura que significaba meterse a candidato presidencial, encender el entusiasmo de un pueblo, y, además, cambiar el curso de la historia…

Miguel Cruchaga balbucea. Traga aire.

—Pudo haber ejercido de abogado, disfrutar de una vida fácil. Pero Mario quería ser escritor. Lo quiso aun cuando su padre se lo prohibió. ¿Usted se da cuenta de la fuerza que tiene? ¿De la voluntad de ese hombre y lo que hubiera sido esa voluntad puesta al servicio del Perú por cinco años?

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Cuando cumplió ochenta, la cátedra que lleva su nombre organizó el seminario Cultura, ideas y libertad. Reunió cuatrocientos invitados, entre ellos, cuatro jefes de estado, tres presidentes de gobierno y decenas de diplomáticos. Es para el presidente colombiano, Iván Duque, el «más importante pensador vivo de América Latina». En su apartamento de París refugió a la madre del Che Guevara, impidió el fusilamiento del trotskista Hugo Blanco y ha llevado a la presidencia a varios líderes sudamericanos como Ollanta Humala. El dirigente peruano viajó a Madrid en 2009 para pedirle su respaldo luego de que los sondeos predijeran su derrota ante la hija de Alberto Fujimori. En Puerta de Hierro, los tomos de Lenin que una vez ocuparon su escritorio, ahora los reemplazan los de Ortega y Gasset, Jean-François Revel y Karl Popper. Si Sartre decía que el libro necesitaba la libertad, Mario Vargas Llosa puso la literatura al servicio de aquélla.

—¿Acaso usted no era liberal cuando escribió sus primeras novelas?

—Puede ser que en el aspecto literario —dice en tono jocoso.

En Conversación en La Catedral abolió la dictadura del narrador omnisciente para que los personajes hablaran por sí mismos en un estado de perfecto equilibrio: una suerte de laissez faire. La conversación entre Zavalita y Ambrosio aparece y desaparece a lo largo de la historia a medida que otras voces la llaman. En su conciencia seguía a Faulkner; en el subconsciente, a Adam Smith.

—Creo que lo normal es que sean los personajes quienes dicten las normas de la narración, nunca el autor —afirma—. El gran fracaso de tantas novelas se produce precisamente porque los escritores no son conscientes de esas reglas y hacen cosas incompatibles con éstas.

Se considera liberal, no anarquista, y critica el infantilismo de quienes ven en el libre mercado la panacea. Defiende un estado fuerte, pequeño y donde haya libertad. Sigue teniendo dudas.

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Hay en el vestíbulo un tragaluz apagado y sobre la pared un lienzo en la penumbra. El cuadro muestra una sucesión de figuras que se entrelazan bajo un cielo plomizo, y afuera un hombre las mira con inquietud, se lleva la mano al mentón y dice: «Fuimos grandes amigos». Y cuando Mario Vargas Llosa dice «fuimos», piensa no sólo en el pintor Fernando de Szyszlo, también en sus compañeros del boom: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez. Piensa que se ha convertido en un sobreviviente.

—A veces me asalta el miedo a la muerte, pero luego escribo y se atenúa.

Mario Vargas Llosa se adentra en la noche con aire distraído. En su cabeza se confunden los episodios de sus novelas con los del Leoncio Prado, Cahuide, la tía Julia y la carrera presidencial. Resuenan silbatos, generales, fanáticos religiosos, prostitutas, huachafos, amantes atormentadas, escribidores, guerrilleros, periodistas amarillistas, dictadores. Más de quinientos personajes que representan una etapa de América Latina en extinción.

—Un día todos querrán salir de mi cabeza. Y entonces, yo me desmoronaré como Pedro Páramo: un montón de piedras.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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