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Es el Subhombre. El Ejército peruano mandó quemar mil ejemplares de su primera novela; al verlo en pantalla, Alan García hizo trizas el televisor del Palacio de Gobierno; y Fujimori amenazó con quitarle la nacionalidad. Es el Subhombre. En 1990 él acusó al gobierno del PRI de encarnar la «dictadura perfecta», en 2011 desobedeció el veto a inaugurar la Feria del Libro de Buenos Aires y hace poco regresaba de América Latina agitando a su paso la izquierda de México, Bolivia y Chile. Es el Subhombre y aquí, en Puerta de Hierro, habla pausado, sonríe.

—La pulsión política aparece en mí cuando leo La noche quedó atrás —recuerda Mario Vargas Llosa—. Es la autobiografía de un comunista alemán que lucha de forma clandestina en la época de Hitler. Imagínate: nada más leerla, yo quise ser como él. Descubrí que el Perú había sido secuestrado por los militares y que yo tenía que liberarlo. Estudiaba quinto de media y trabajaba para La Industria de Piura. En aquel diario, había empezado a colar, entre los artículos, textos a favor de la revolución boliviana de Paz Estenssoro cuando decidí estudiar en la Universidad Nacional de San Marcos, en contra de mi madre. Allí aún había una resistencia del APRA y del Partido Comunista peruano: el Grupo Cahuide. Éramos pocos, pero bien sectarios. Hacíamos colectas para los estudiantes presos, discutíamos en los centros y distribuíamos propaganda. Una vez nos reunimos con el director de gobierno, Esparza Zañartu. Después de que yo saliera de su despacho, supe que, de esa entrevista, escribiría un libro.

El libro al que se refiere es Conversación en La Catedral: el retrato marxista del individuo contemporáneo. Un antihéroe alienado por la familia, la religión y el trabajo que está condenado a recordar los fracasos del pasado. Es el mito de Hércules después de la Divina Comedia y el pesimismo de Kierkegaard. Cuando el protagonista, Santiago Zavala, baja a los infiernos y salva a su cancerbero, no se redime. Se queda en el purgatorio, que es Lima: «la miserable garúa de siempre».

«¿Fue cuando me di cuenta de que no bastaba con saber marxismo, que había que creer?» En Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa reflexiona sobre su ilusión y desencanto con el comunismo durante su paso por Cahuide. Rechazó ser militar en el Partido Comunista y se conformó con ser un «subhombre», un simpatizante con un pie siempre fuera. Su escepticismo, alimentado por las lecturas de Sartre, escribió, fue un reflejo de su «espíritu de contradicción, su afán de buscarle los tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro».

La decepción con el comunismo contrasta con sus ambiciones literarias. En la etapa universitaria, combinó siete trabajos —desde fichar muertos a redactar boletines de radio— y en el medio encontró tiempo para escribir. En 1958 obtuvo el premio literario de La Revue Française y viajó a París, donde leyó por primera vez a Flaubert.

—Él me mostró el tipo de escritor que quería ser y que el talento se puede trabajar si no naces con él.

Si Flaubert le enseñó el método, Sartre le inculcó que el escritor tenía una responsabilidad social con la situación del momento.

—Usted procuraba ser un escritor comprometido y a la vez sus libros se dirigían a una élite intelectual. ¿No era una contradicción?

—Digamos que tú tienes que aceptar que la vida ha cambiado. Que tú no puedes escribir novelas realistas como las hacía Pérez Galdós. La vida se ha vuelto mucho más compleja y la literatura debe expresar esa complejidad a través de técnicas nuevas.

Mario Vargas Llosa continúa definiéndose como un autor comprometido. En su primer viaje a París trató de conocer a Sartre en persona, pero el secretario le dio portazo. Lo conoció mucho tiempo después, cuando ya se había llevado una gran decepción con él.

—En una entrevista para Le Monde, Sartre dijo que La náusea no serviría de nada mientras hubiera niños africanos que se murieran de hambre. Al leerlo, yo sentí, como escritor de un país tercermundista, que aquello era una especie de puñalada en la espalda. Porque Sartre me había hecho creer que la literatura podía cambiar el mundo, que las palabras podían ser un arma.

Cuando regresó de Francia, se convenció de que Europa era el único lugar donde podría llegar a tener éxito. Estudió con disciplina, se licenció en Derecho y Letras, y en 1959 obtuvo una beca doctoral en Madrid. Después se hizo escritor y empezó a sentirse por primera vez latinoamericano.

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La Real Academia Española es un templo en las proximidades del Museo del Prado, con suelos de mármol, bocallaves doradas, tapetes de lana, vitrinas, sillones mullidos, paredes de terciopelo, pasillos enjalbegados. En la Sala de las Pastas, un hombre enjuto y de ojos azules tiene la mirada en otra parte, en otros tiempos.

—Yo trabajaba para Seix Barral cuando un día mi mujer ojeando uno de los paquetes que me habían enviado a casa me dijo: «Este manuscrito pinta muy bien, Luis». «Ah, ¿sí?». Entonces yo lo abrí: era La ciudad y los perros. Y ya creo que pintaba bien. Me gustó tanto que se lo recomendé a Carlos Barral. Y le propuse no sólo que lo publicara, sino que lo presentara al Premio Biblioteca Breve.

Luis Goytisolo está sentado en torno a una mesa circular de nogal. Fue el primero en muchas cosas. El primer lector de Mario Vargas Llosa, el primer escritor español representado por Carmen Balcells y el primer ganador del Biblioteca Breve.

—El boom latinoamericano salió de la oficina de Carmen Balcells. Todos se plantaron en Barcelona en la década de los sesenta. Yo era vecino de casi todos —con su mano va trazando en el aire el mapa de Barcelona—. Vargas vivía un poco más abajo, García Márquez a quinientos metros y el chileno Jorge Edwards en frente.

Todavía hoy se asombra al pensar en aquel dedo femenino apuntando a los autores del boom, haciendo y deshaciendo sus vidas, indicando donde vivirían: donde aumentar la fama. En 1970, Carmen Balcells se convirtió en la agente literaria de Mario Vargas Llosa y lo convenció de trasladarse a la ciudad condal. Allí ya se habían instalado Gabriel García Márquez y José Donoso, y acudían con regularidad Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Eran los tiempos de la Gauche Divine y la minifalda, la época en que las enemistades se solucionaban en camas redondas y la homosexualidad había dejado de ser un tabú. La primera vez que los autores latinoamericanos y españoles se daban la mano. El catalán Félix de Azúa me dirá a las puertas de la Academia:

—Aún recuerdo la máquina de escribir de Mario despertándome en la casa de Carlos Barral, en Calafell, tras haber salido de fiesta hasta altas horas de la madrugada.

Tanto como Barcelona, el elemento que aglutinó a los autores del boom latinoamericano fue Cuba. La revolución de los barbudos reavivó en Mario Vargas Llosa el ímpetu socialista que había quedado diezmado tras su paso por Cahuide. Pero la censura, la represión política, los campos de concentración y, en 1971, el caso Padilla lo separaron de Fidel Castro.

—Heberto Padilla era un poeta cubano un tanto polémico —dice Luis Goytisolo— Fidel Castro lo detiene y el caso es que Mario me llama un día para redactar un manifiesto que expresase nuestra repulsa. Estábamos en su casa yo, mi hermano Juan, Jaime Gil de Biedma, Hans Magnus Enzensberger y Castellet. Yo intervine, en el sentido de que tal vez hacía alguna observación que me parecía oportuna. El manifiesto se hizo en una tarde. Luego Juan lo difundió por Francia, y Simone de Beauvoir, Sartre y Susan Sontag, entre otros, lo firmaron.

—¿Usted cree que el caso Padilla es lo que rompió el boom?

—Lo de Padilla no fue la causa de nada. La ideología política aquí pintaba poco. Había rencillas, problemas personales. Los autores comenzaron a dispersarse y muchos se fueron de Barcelona para América. Después, hubo aquel enfrentamiento entre Vargas y García Márquez en México…

Luis Goytisolo me guía por la Pecera. Cada jueves, desde 1996, Mario Vargas Llosa acude a esta sala ovalada donde los académicos celebran los plenos. El sillón más cercano a la puerta es el de Luis Goytisolo quien ocupa la letra «C». Coincide en que el autor peruano fue un aliento para el castellano: «Los autores del boom lo tienen muy claro: el español no es una lengua solo de España». Los bolivianismos y peruanismos de Mario Vargas Llosa nunca habían aparecido en unas novelas que trascendieran el indigenismo de Arguedas. «Vos sos América», le dijo Julio Cortázar tras leer La casa verde.

—¿Cómo es volver a coincidir aquí cincuenta años después de la Gauche Divine?

—Nuestra relación es muy buena. En cierto sentido, si estamos sentados al lado es por eso.

A su izquierda hay otro sillón igualmente rojo, con reposabrazos y motivos romboides. Al arrastrarlo, Luis Goytisolo descubre una «L» mayúscula en el respaldo.

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