Pocos meses antes de que se abrazara al caballo, Nietzsche había fijado la «verdadera» visión que el hombre del siglo XX iba a tener de sí mismo, en la que se hacen indiscernibles animal y humano en cuanto machina animata: «En lo que se refiere a los animales, Descartes fue el primero que, con una audacia digna de respeto, osó el pensamiento de concebir el animal como una machina: nuestra fisiología entera se esfuerza por dar una demostración de esa tesis. Nosotros, lógicamente, no ponemos aparte tampoco al hombre, como todavía hizo Descartes: lo que hoy se ha llegado a entender del hombre llega exactamente hasta donde se lo ha entendido como una máquina».
Es difícil ignorar las consecuencias para la imagen de lo humano que inducen los primeros parágrafos de El Anticristo. ¿Cabe leer irónicamente la afirmación que acabamos de citar e interpretarla no como la constatación de que han triunfado el mecanicismo y las ciencias físico-matemáticas que lo sustentan, sino todo lo contrario, como el reconocimiento de su fracaso? Poco sabemos del hombre ahora que hemos dejado de ser platónicos ingenuos.
Están por pensar las consecuencias que esta subsunción de lo humano y lo animal en lo mecánico tiene para el destino de ambos géneros de vivientes en el siglo XXI. Pero encuentro en el abrazo de Nietzsche al caballo maltratado una de las figuras más inquietantes para la sensibilidad de la época. Y no deja de encerrar una misteriosa ironía que sea Nietzsche quien en su derrumbe nos dé a interpretar esta escena de piedad y nostalgia para con el animal. Inquietante me parece la proximidad en que vuelve el hombre a habitar de lo animal; inquietante la nostalgia por lo animal.
Janz refiere el suceso de Turín a un episodio de Crimen y castigo que pudo servir para inspirar la leyenda, si de leyenda se trata. La escena es, en lo esencial, idéntica, aunque mucho más brutal: un grupo de hombres apalean hasta la muerte a una pobre yegua. Un niño es testigo del castigo y cuando el animal cae al suelo se abraza a su cuello llorando. Se trata de un sueño de Raskólnikov que, al despertar, lo primero que piensa es: «¡Loado sea Dios, que solo ha sido un sueño!». Y a continuación: «¡Dios! Y si…, de veras, cojo el hacha y le abro la cabeza y le echo fuera los sesos…» (Dostoievski, 1969, p. 59). ¿No hay algo inquietante en la proximidad entre la sensibilidad lacrimógena y el asesinato a sangre fría? En la fluidez y permisividad de un inconsciente liberado de toda convención, Nietzsche se permite el lujo de soñar «con el criminal como aquel cuya naturaleza es verdaderamente fuerte, imposible de afeminar; en la obra de Dostoievski, en los presidios siberianos, había encontrado esa clase de naturalezas fuertes; pronto, en su locura, Nietzsche iba a creerse en la piel de un asesino de prostitutas» (Ross, 1994, p. 799)[2].
El episodio de Turín y el sueño del personaje de Dostoievski, síntomas de la crisis el modelo civilizatorio europeo. No es casualidad que sean justamente el filósofo alemán y el novelista ruso los primeros y más finos anunciadores del nihilismo, el huésped que llama a la puerta del siglo XX.
NOTAS
[1] Las referencias de los textos de Nietzsche por la edición de Obras completas (2016) se dan a continuación de la cita. El romano indica el volumen y el número árabe, la página. Los volúmenes correspondientes a los fragmentos póstumos se indican con las siglas FP.
[2] Se trata de uno de los llamados «billetes de locura», en el que dice: «Yo soy Prado [el asesino de prostitutas], soy también Lesseps».
BIBLIOGRAFÍA
Colli, Giorgio. Después de Nietzsche, Barcelona, 1988.
Chamberlain, Lesley. Nietzsche en Turín, Barcelona, 1998.
Dostoievski, Fiódor. Obras completas II, Madrid, 1969.
Janz, Curt Paul. Friedrich Nietzsche IV: los años del hundimiento (1889-1900), Madrid, 1981.
Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser, Barcelona, 1985.
Nietzsche, Friedrich. Obras completas, Tecnos, Madrid, 2016.
Ross, Werner. Friedrich Nietzsche. El águila angustiada, Barcelona, 1994.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]