Si el francés, por poner un ejemplo sencillo para mí, es una lengua con distintos acentos que el español, es natural comprender que tanto su poesía como su prosa serán distintos de los nuestros. Lo mismo ocurre con todas las lenguas, romances o no. Digamos, entonces, que en el principio fue el ritmo, es decir, la acentuación. De ella se derivan, como racimos, los distintos modos de la poesía o de la prosa. La incomprensible «guerra» de los géneros es absurda, porque todas las expresiones literarias parten de una canción más o menos reconocible. Esa melodía no es una idea: es ya un sistema cuando se vuelve escritura. Del modo en que el escritor asuma la tiranía del verso, transformará su obra en poesía, en prosa o, por poner un ejemplo, en ese indistinguible tono hispanoamericano que, sin saber qué dice, escuchamos como una melodía. Vallejo, César Vallejo, es su ejemplo más cumplido. Pude haber dicho «es su mejor ejemplo», pero quise modificar la acentuación de la frase y trastocar, si no en principio su sentido, sí su sonido. Ello supone una condición auditiva que, de proseguir, podría convertirse, quizá, en un pensamiento literario.

En español (e imagino que en cualquier otra lengua también) es difícil no cantar, aunque haya quien se empeñe en ello. Todo esto me sirve para decir que los acentos de los versos o frases constituyen también un modo de pensamiento. Y es curioso cómo este, que tiene aparentemente fecha de caducidad, produce obras que no la tienen. Por eso, resulta cuando menos equivocado decir que la construcción de una obra de arte o un pensamiento literario han sido «superados». Es como si dijéramos que la cumbia, el rock, la música dodecafónica o Bach han sido superados. Todos estos ejemplos suponen pensamientos musicales. Si la literatura es ritmo, ¿puede ser superada?

Ah, la palabra. Esa mala bestia que se vuelve vieja. Lo que ocurre es que en nuestro breve espacio de vida no volvíamos a verla aparecer. Ahora que vivimos más deprisa, que «todo está en todo», para citar un clásico, podemos encontrar nuevamente antiguas voces, usos, modos: acento y melodía. Entonces, no hay «evolución» en los términos que acostumbran pensar algunos profesores (recuerdo ahora cuando en clase los alumnos me dijeron que el soneto estaba superado, que eso habían aprendido). En literatura hay una construcción musical de nuevas realidades, mezcla y transformación de ritmos que dan lugar a otros pensamientos literarios. Podría, incluso, establecerse una genealogía de tales pensamientos, basada en el ritmo de la escritura, pero también en su estilo, esos hermanos. ¿Qué los alía y qué los diferencia? ¿Cómo podríamos formar esas familias?

Allí acababan mis apuntes y mientras vuelvo, aturdida, a la mudanza, pienso en la posibilidad de ordenar la nueva la biblioteca bajo esa luz o, más bien, bajo esos ritmos. Ritmos que forman una casa común, una familia. Entonces llama Adolfo. Le cuento mis ideas, también mis desventuras críticas. Como es muy educado, no se atreve a decir que todo lo que expongo es un gran disparate. Comprendo que lo piensa, pues de pronto pregunta: «¿Habría un librero de octosílabos, otro de endecasílabos?». Me doy cuenta de que no expliqué con suficientes y claros argumentos: pienso en las grandes sinfonías, no solo en los acordes. Me rehúso a comentar esas barbaridades con Adolfo, quien ya me está contando que fue un lector asiduo de todos los autores que yo he colocado en «los demás». Siento el rigor de su reclamo silencioso y la vergüenza ya me ha dejado muda cuando Adolfo recuerda unos versos que pergeñó en sus años mozos y alivia mi incomodidad. Promete mandarlos por correo y esto fue lo que escribió:

Querida Malva:

La voz guaguancó es de origen africano y se da a un tipo de baile en Cuba. Así, los versos deberían decir: Deleuze, Deleuze / apártanos de la estupidez. / Foucault, Foucault / devuélvenos el guaguancó. / Derrida, Derrida / ¡qué más nos da!

Aquello podía seguir durante horas en las noches tempestuosas compartidas con los amigos: Roland, Roland / ya Barthes: / Althusser, Althusser: / no hay que ser. / Lyotard, Lyotard / deja de… / Lacan, Lacan / traenos el cancán.

Por aquellos años, vino a México Félix Guattari y los amigos de la revista Palos –donde se había traducido algún texto suyo– lo invitaron a cenar. Yo le llevé un pequeño regalo. Era un reportaje en una revista taurina donde se veía a un torero practicando los pases con una cabeza de toro montada, por artes de la talacha mexicana, en unas ruedas de bicicleta… Le dije: «Mira, Félix, esta es una “máquina célibe” hecha en México…». Respondió a mi infantil puntada con una sonrisa algo fingida, pero todo mundo celebró mi ocurrencia.

Advierto que nunca habló de Genette en sus rimas de juventud y pienso que en el libro chileno de Christopher, al que me referí anteriormente, hay un capítulo –«El policía bueno del estructuralismo»– donde comenta y salva al padre de la narratología, no por esta, sino por haber tenido la templanza o el humor, como Barthes, de haberse preguntado si los modernos –es decir, nosotros– «no nos habríamos equivocado». Esa duda y su deseo de interpretar el texto y no convertirlo en una causa le permitieron escapar «de la paradoja que paralizó a sus camaradas: hacer de la lectura un solipsismo y luego, reducida a eso, ponerla a militar bajo las órdenes de las ciencias sociales».

En mi manual debo escribir un apartado o más bien una ley que sancione todas esas lecturas dizque críticas, dizque teóricas, pero bien militantes, donde la literatura tan solo es el pretexto para hacer de la crítica un ajuste de cuentas resentido, un tribunal de la Nueva y Muy Santa Inquisición. Pero ¿y la realidad?

 

SALVA LO QUE TE SALVE

 Me siento en el balcón a descansar un poco. En Twitter, Aurelio Asiain ha escrito una preciosa sátira que alabo y me contesta: «Pensando en Ireneo». El abuelo de Paz fue un poeta satírico temible y su humor corrosivo le valió la prisión en varias ocasiones. Sus sátiras contra Benito Juárez –héroe de nuestro actual mandatario– fueron violentas y magníficas. La de Aurelio no se queda atrás y retrata un momento preciso de esta administración que cierra los ojos a los muertos caídos en pandemia por culpa de su indigencia mental y su cinismo. El país deambula como zombi, pero la mayoría sigue creyendo la promesa incumplida del Gobierno: acabar con la corrupción. Oficialmente, la lacra se acabó, aunque a diario miremos las vergonzantes pruebas del engaño. Lo que sí destruyó fueron los fideicomisos de arte, de ciencia y de cultura, porque eran corruptos, dijo el mandatario. No lo fue, al parecer, su gran amigo Epigmenio Ibarra –«productor y periodista mexicano», apunta Wikipedia–. La enciclopedia virtual reseña sus telenovelas exitosas, mas no informa que también es central propagandista del régimen. Asiain saludó de esta forma el regalo que Ibarra recibió: «En este honesto sexenio / no quedó fideicomiso / por órdenes del preciso / y su flamígero genio. / Uno nomás a Epigmenio / para aliviarle el estrés / millonario creó Andrés. / –Aquí tienes, de momento, / ciento siete. ¿Estás contento? / –Me faltan cuarenta y tres».

Me río en medio del derrumbe, y entonces me pregunto si debo explicar más el poema. No tengo tiempo y nada se detiene. Solo yo me he quedado pasmada en el balcón que ahora dejaré. Llega hasta mi memoria un verso: «Somos, a fin de cuentas, todo lo que dejamos caer». Me levanto deprisa y bastante angustiada, a revisar «la agenda».

Después de unos meses de parálisis, la vida continuó en lo que llamo mi mundo, como ya dije, por Zoom. Si antes había ferias de libro con una frecuencia insoportable, ahora se hicieron «itinerantes», lo que quiere decir, eternas. El caso es que, en la misma feria en la que veinte días antes había presentado el libro de Domínguez Michael, me comprometí –antes de saber, claro, lo que me deparaba el destino– a presentar un libro de poesía. Acepté porque la poeta me parece buena; porque escribir o leer poesía se había convertido en una tortura para mí y debía obligarme a hacerlo.

Cuando murió mi padre escribí –«al contado violento», diría Gonzalo Rojas– una novela en un mes. En ella dije que no creía más en la poesía, cuando lo que en verdad quería decir es que no creía más en la vida, porque mi padre había muerto. Dejé de escribir casi dos años. Eso lo entendí apenas ahora cuando, entre cajas de mudanza, leí El reino de lo no lineal y el grillo parlante que vive en mi cabeza me recordó con un verso el compromiso que debía suceder al día siguiente. Presenté a Elisa Díaz Castelo, una poeta que, dije, me reconciliaba con la poesía (porque es verdad). También –y lo lamento un poco– abundé en el horror que me produce buena parte de la poesía actual y expuse mis razones, largas de comentar en este escrito pero que ayudaron también en el descarte y se resumen en una frase que escribiré con gusto en el manual: «Dura poco la vida. Salva lo que te salve».

No he querido elegir las cosas de mi padre. Dice David que en sus libreros danzan termitas y polillas; que mi primer libro –un volumen de cuentos espantoso– quedó literalmente en los huesos: solo polvo. No sé si llorar o agradecer a los bichos.

Larga discusión en Twitter con Asiain, sobre el modo de ordenar la biblioteca. En «La biblioteca de Octavio Paz», Aurelio cuenta que el poeta no acumulaba libros ni tenía fetichismos. Se deshacía de lo que no le interesaba. Además, las obras «no se sucedían alfabéticamente, sino por lenguas y regiones y obedientes a la cronología. Es decir, que Gilgamesh estaba muy cerca del Enûma Elish, los chinos al lado de los japoneses, Neruda próximo a Huidobro». ¿Neruda próximo a Huidobro? Me escandalizo pensando en sus historias y no logra convencerme la propuesta. Refuto con ejemplos que Aurelio rechaza a gran velocidad y finalmente me dice: «Pues la cosa es que Rayuela quede cerca de Blanco y lejos de Artemio Cruz, si quieres que te diga».

Sería difícil seguir ese discernimiento: una crítica radical. ¿Qué los junta y qué los diferencia? ¿Y si la música impone su criterio? Podría juntar algunos libros de Neruda con Paz, García Márquez, David Huerta… También podría incluir algunos versos o párrafos de Mutis… Le cuento a David esos propósitos y sin voltear a verme me asegura: «Has perdido completamente el juicio». Le digo que no, que puedo demostrarlo con versos y pasajes, pero ya están cerradas las cajas. Probablemente tenga veinte años más de vida. Bien puedo dedicarlos a ese empeño.

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