También tenemos una biblioteca mental. Habita con nosotros gracias a la música de las palabras que de pronto aparecen, intempestivamente, para recordarnos o afirmar algún suceso. Todo ocurre de forma simultánea: música, recuerdo y el eterno presente. ¿Habrá futuro? Observo a los trabajadores que suben los libreros, y el piano de mi padre, al camión de mudanza. Estoy sentada en el mismo sitio donde le dije adiós y vi que se marchaba en la carroza fúnebre. Entonces llega el fogonazo y comprendo, en toda su extensión, las primeras palabras de Elena Garro en Los recuerdos del porvenir: «Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente».

Siento deseos de escapar al trabajo que viene y vuelve de nuevo a mi cabeza la imagen de la cándida, «corriendo contra el viento, más veloz que un venado, y ninguna voz de este mundo la podía detener». Busco en el celular –donde escribo estas notas, el párrafo final de García Márquez, cuando Eréndida «siguió corriendo con el chaleco de oro más allá de los vientos áridos y los atardeceres de nunca acabar, y jamás se volvió a tener la menor noticia de ella ni se encontró el vestigio más ínfimo de su desgracia».

David y yo subimos el último objeto a la mudanza. Con la fotografía de Paz ya en el camión, emprendimos la marcha.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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