Las fuerzas imaginantes de nuestro espíritu se desenvuelven sobre dos ejes muy diferentes. Unas cobran vuelo ante la novedad; se recrean con lo pintoresco, con lo vario, con el acontecimiento inesperado. La imaginación animada por ellas siempre tiene una primavera que describir. Lejos de nosotros, en la naturaleza, ya vivientes, producen flores.

Las otras fuerzas imaginantes ahondan en el fondo del ser; quieren encontrar en el ser a la vez lo primitivo y lo eterno. Dominan lo temporal y la historia. En la naturaleza, en nosotros y fuera de nosotros, producen gérmenes; gérmenes cuya forma está fijada en una sustancia, cuya forma es interna (Bachelard, 2003, p. 7).

 

Concluimos recordando que no se puede controlar la pulsión creadora, el impulso que nos guía intuitivamente, y otro laude comenzará así: «Nadie sabe» (2016, p. 54), para acabar «Nadie sabe que la noche me dicta. / Nadie sabe que sus alas me llevan» (ibídem). La fuerza caudalosa del agua riega las páginas de este poemario como la crecida de un dios-río, sedimentando las riberas y fertilizando el pensamiento, como sinapsis cognitivas, aludiendo a esto y a aquello, quid pro quo que mantiene un ritmo torrencial de lectura y enunciación en el que proliferan múltiples intertextos de la propia santa, como los ya citados, o el célebre «entre los pucheros anda Dios» (2016, p. 28); de otros poetas, como el mexicano Jorge Esquinca: «—Pero / bien mirada / esa mano pertenece aún» (2016, p. 26); la brasileña Adélia Prado: «Sueño que cada cosa / crea / lo que parece vivo / fertiliza / lo que parece estático / espera / nunca nada está / muerto» (2016, p. 34); el estadounidense E. E. Cummings: «Raíz de raíz / brote del brote» (2016, p. 40); la italiana Antonia Pozzi: «Porque el valle es un lago de sol / agitado por la ola de las campanas» (2016, p. 41); la cubana Wendy Guerra: «Tú no me libres del ritual que alimenta a tus muertos / y me mantiene viva» (2016, p. 53); el español Federico García Lorca, «El ciervo puede soñar por los ojos de un caballo» (2016, p. 59), en un homenaje al poeta asesinado al comienzo de la Guerra Civil española, en el barranco de Víznar donde lo fusilaron, y paseando por Granada; la también estadounidense Gertrude Stein y su famoso aforismo «Una rosa es una rosa…» (2016, p. 63), que da pie al texto homónimo citado; la uruguaya Silvia Guerra: «Ese manto de / adentro me convida» (2016, p. 64); y, en general, podríamos seguir cotejando citas, autores, textos, intertextos y multitud de referencias que, más que compendiar, nos servirían para hablarnos del espesor temático de Las maneras del agua, de la acumulación de planos y de un continuo ir y venir del lector que posee, eso sí, la atracción de contrarios como su mejor brújula, en los petrarquescos guiños agua-fuego, frío-calor, aquí con una vuelta de tuerca. Antítesis y contraposiciones, extremos que se tocan, contrapuntos, oxímoros («Un vestido para desnudarme», 2016, pp. 22 y 23), etcétera. Un libro que invita al paladeo, en busca de todo aquello que sólo ofrece la poesía, aunando la emoción de sentir y haber sentido.

Universidad de Granada

 

[i] Siempre que utilicemos una numeración sin autor, nos referimos a las obras de Minerva Margarita Villarreal. En cualquier caso, toda la bibliografía se encuentra convenientemente al final.

[ii] Durante ese siglo, el xvi, se produjo un gran desarrollo económico, crecimiento de las ciudades, fundación de universidades por toda Hispanoamérica, por no hablar del mundo literario (novela, teatro, poesía, pensamiento) que surgiría desde mediados de 1500 hasta muy avanzado 1600: fray Luis de León, Cervantes, Lope, Góngora, Calderón, Quevedo, por no mencionar a Teresa de Jesús y Juan de Ávila. La Reforma de Lutero y Calvino no fue, en sí misma, ningún pensamiento progresista, sólo hay que leer sus propios textos para darse cuenta de que son soflamas llenas de odio e intolerancia, pero, a pesar de ellos, se abrieron las puertas, lentamente, para el libre examen a través de la lectura directa de la Biblia en lenguas nacionales, frente a la lectura guiada del catecismo o el latín, que se traduce, en términos geopolíticos, en la defensa de la lectura individual de la Biblia como correlato de la independencia de las repúblicas alemanas frente al Sacro Imperio, etcétera. El calvinismo es otra cosa. Hay que recordar que Miguel Servet, que creyó que en Ginebra iba a poder acogerse a la tolerancia de la que hablaban, fue descuartizado por Calvino. La Reforma en el siglo xvi no fue progresista de por sí. Otra cosa es Erasmo, que, por otro lado, tuvo influencia en España, y desde su crítica no estaría muy lejos de ciertas posturas claves de la mística. Quien ha reflexionado de manera muy brillante —quizás el que más, y el mejor— sobre todos estos asuntos, y desde distintas perspectivas, es José Ángel Valente (2008).

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