Jorge Comensal
Materia viva
Antílope
256 páginas
POR JESÚS CANO REYES

¿Cuántas formas de vida diferentes pueden poblar una obra literaria? Como el planeta mismo, un texto es también un ecosistema donde especies humanas y no humanas entretejen relaciones de variada índole. Si la experiencia literaria nos permite salir de nosotros mismos para habitar la mirada ajena, su mejor expresión acaso sea la que desborda la perspectiva humana y nos muestra la inmensidad del mundo desde otros seres.

En este sentido, las dos primeras novelas del escritor mexicano Jorge Comensal ya revelaban una conciencia de la biodiversidad. En Las mutaciones (2016), la familia de Ramón se ampliaba con Benito, el loro de una especie en peligro de extinción. En Este vacío que hierve (2022), un incendio en el Bosque de Chapultepec de la Ciudad de México causaba la muerte de los animales del zoológico y desencadenaba un movimiento animalista. A estos dos libros se suma Materia viva (2024), un conjunto de crónicas y ensayos breves cuya primera parte está centrada en la «materia silvestre» y la segunda, en la «materia humana». 

Con frecuencia, lograr una obra consistente depende del hallazgo de un tono, un registro propio capaz de modularse según las circunstancias. Donde otros tropezarían fácilmente con la monserga ecológica, Comensal prefiere la persuasión por la risa y expresa un compromiso político que parte del humor (sobre todo hacia uno mismo) y se entronca en una genealogía mexicana que tiene como referentes explícitos a Carlos Monsiváis y Jorge Ibargüengoitia. Fuera de México, puede pensarse en Nicanor Parra, quien afirmaba que la verdadera seriedad es cómica, tanto por lo ridículo de tomarse a uno mismo demasiado en serio como por la capacidad de lo risible para abordar temas cruciales.

La primera parte de Materia viva es a mi juicio la más cautivadora. Doce piezas consagradas a manatíes, buitres, anguilas, langostas, tortugas, helechos, bosques incendiados, abejas, desiertos, ríos, cóndores y dinosaurios. Este bestiario asombroso conecta con las Fieras familiares de Andrés Cota Hiriart (2022) y rebosa curiosidades, como la danza que representan las abejas ante sus compañeras para comunicar dónde han encontrado el alimento, y páginas emocionantes, como la elegía por la muerte de Solitario George, la última tortuga gigante de las Galápagos (a quien el poeta mexicano Óscar Pirot dedicó también un poema entrañable). En ocasiones, las historias de animales y plantas convocan de paso a sus escritores predilectos: cuando se pregunta por el dolor de las langostas al ser hervidas, rememora la crónica de David Foster Wallace sobre el Festival de la Langosta de Maine de 2003; en otra página, Comensal descubre en Oaxaca una posible conexión entre los helechos y la CIA, lo que le sirve de excusa para hablar de su admiración por Oliver Sacks. 

En la medida en la que transmite una fascinación contagiosa por el ámbito de los animales y las plantas, la obra de Comensal ensancha lo literario al impugnar el marco antropocéntrico que todavía hoy prevalece en la mayoría de los textos. Así, los turistas son comparados desfavorablemente con los buitres y los humanos aparecen animalizados al anhelar características del manatí: «Para depurar nuestras pasiones, recomiendo tejer alrededor de nuestra carne un alma de mamífero marino y colosal». También son botanizados al compararse con los helechos: «En ciertas noches tristes he envidiado a los helechos, cuya naturaleza introvertida los exime del furor político, el despecho amoroso, las riñas vecinales. He deseado producir esporas hermafroditas y soltar, como el cabello, a mi progenie», aunque concluye con un guiño humorístico: «Luego me acuerdo de las prestaciones del ser humano (comer, soñar y copular, básicamente) y se me pasan las ganas».

La segunda sección tiene un carácter misceláneo: entre otras cosas, hay un recuento de muertes provocadas por cocos, una burla a la fealdad de los monumentos mexicanos o la crónica de un encuentro con António Lobo Antunes. El amplio rango temático no impide que el conjunto conserve su cohesión gracias al tono ya mencionado y a las peripecias del autor, divertido casi siempre y en ocasiones grave, como cuando afloran la depresión y el duelo subterráneo por la muerte de su madre.

Cada libro es, en definitiva, muchos libros, pero todos ellos pueden definirse por el punto en el que convergen las coordenadas de su propuesta estética y su propuesta política. Materia viva apuesta por salir del ensimismamiento humano, sortear el punto ciego que nos obnubila y construir comunidades significativas y de mutua correspondencia con el resto de los seres vivos; en ese empeño, ilumina al mismo tiempo la maravilla y el dolor de la vida, de nuestra vida, de todas las vidas.