Javier Velaza
Las ignorancias
Visor
88 páginas
POR MARGARITA LEOZ

«No se escribe porque se sepa lo que se va a decir sino para averiguarlo», afirmaba W. B. Yeats. Los poemas de Las ignorancias de Javier Velaza (Castejón, Navarra, 1963), Premio Loewe 2024, podrían leerse como el reverso de las palabras del autor irlandés. Sustentado sobre tres asertos filosóficos que dan título a las tres partes del libro, el séptimo poemario de Javier Velaza indaga no sobre lo que sabemos, sino sobre aquello que desconocemos.

«Nada existe», «Si algo existiera, sería incognoscible» y «Si algo existiera y fuera cognoscible, sería incomunicable» son las tres máximas del sofista Gorgias a partir de las cuales los textos de este volumen dialogan, matizan, retuercen e iluminan siempre, incluso mediante la duda —o, más bien, gracias a ella—. Ante dichas afirmaciones, las ignorancias, en plural, que Velaza convoca celebran un agnosticismo gozoso —del gaudere latino—: la existencia del interrogante como espuela para el conocimiento. Porque siendo conscientes de los límites de nuestra capacidad de saber, todos los enigmas —el agujero negro, la equis de la ecuación, la terra incognita sobre la que un cartógrafo medieval osó escribir hic sunt dracones— alimentan el ansia de conocer, el aguijón de la inventiva («No sabemos. Y no nos hace falta. / Nuestro único plan es proseguir»). Los poemas de Velaza apuestan de este modo por abrazar la incertidumbre, la grieta, con la paz de espíritu que otorga la serena aceptación de nuestra esencial futilidad humana. El error, el fallo, lo imperfecto, puede ser también la oquedad donde reposa la belleza («Siempre hablaste un idioma que no entiendes. […] / Con él has construido tu universo / hecho de errores y malentendidos. No hay nada más absurdo, más hermoso»).

Catedrático de Filología Latina en la Universidad de Barcelona y especialista en literatura clásica, epigrafía romana y lenguas paleohispánicas, Javier Velaza no podría esconder en su escritura, aunque quisiese, el elegante corte clásico. Pero su estilo no imposta ni romantiza los tiempos pretéritos, no busca encriptar mediante la erudición, no se destina a una élite elegida. De la filosofía latina la voz poética acaba destilando lo esencialmente humano, una apuesta ética y estética que se aleja del individualismo para depositar su fe en la educación, la cultura y la fraternidad («Vano fulgor si solo sobre uno, / solo se llama luz si es para todos»). Y como la savia de una hiedra acaba perfundiendo la piedra de un balaustre, la sencillez del ser humano poético insufla vida a una métrica apolínea, exacta, matemática, casi perfecta.

En El oficio de vivir Cesare Pavese apunta que «es bonito escribir porque reúne las dos alegrías: hablar solo y hablarle a una multitud». Así, aunque algunos poemas de Las ignorancias reflexionen desde lo filosófico, otros, quizás los más emotivos, buscan desde la autobiografía: escarban en la intimidad del yo para proyectarse hacia el colectivo nosotros. En «Fuente del chopo» o «Lenguas antiguas», por ejemplo, la experiencia del sujeto —enunciado no como un «yo» sino como un «tú», una segunda persona del singular, que se contempla y se analiza en espejo— se revela fuente de cuestionamiento y de alguna que otra certeza, como la vocación docente del poeta: «Tú supiste muy pronto / que esta tenía que ser tu forma de ser hombre / y de amar a los hombres: explicar cómo late / dentro del Aula Magna el corazón del mundo» («Aula Magna»).

A partir de tonalidades variopintas y enfoques gratos por lo sorprendentes (el corredor en «Jogging», el fotón en «Fotónica» o el saltador en «Clavadistas»), Velaza logra un poemario refinado a la par que airoso, con oxímoron deslumbrantes, como los de «Corolario»: «Cómo de honda, esta superficie. / Cuán infinita, nuestra brevedad. / Qué extraña plenitud, tanto vacío». También algunos versos finales funcionan como efectistas vueltas de tuerca, al completar la interpretación del texto o al clausurarlo con maestría expandiendo su significado en nuevas direcciones. El último verso de «Ofrenda en Piedigrotta» dice así: «Quizás no sea tarde para quemar la Eneida». Quien quiera encontrar sentido a esta aseveración incendiaria deberá correr a leer ese texto.

Las ignorancias es también, finalmente, una reivindicación del código lingüístico y sus limitaciones y de la labor del poeta, que posee la obligación moral de crear. Aunque nos fallen, nos abandonen, nos repudien, «solo puede vivirse en las palabras» («Última palabra»). Y esa es la búsqueda bella e inútil de quien escribe, la que nos mantiene vivos, la que nos mantiene en pie.