
Bruno Galindo
Nadie nos llamará antepasados
Libros del KO
240 páginas
Bruno Galindo siempre tiene buenas ideas; o, más precisamente, ideas raras, infrecuentes. Y además las lleva a cabo con una mezcla de inteligencia y eficacia que hace que nada pueda torcerse en sus libros, ya se trate de crónicas como esta, ficciones como su novela Remake (Aristas Martínez, 2020) o poemarios como Equilátera (Esto no es Berlín, 2022). Galindo no teme el salto entre géneros, más bien parece disfrutar del vértigo que produce ese tránsito.
Su libro más reciente, Nadie nos llamará antepasados, además de tener un gran título, funciona como un texto a caballo entre la crónica y la quest personal: la búsqueda como motor, la pesquisa como forma de conocimiento. El libro se articula en torno a tres grandes historias que van encajando sin brusquedades, y si bien las historias sugerentes no siempre garantizan un buen resultado, aquí, gracias al talento y la facilidad de Galindo, el material inicial se transforma de inmediato en literatura. Estamos ante una trenza muy bien peinada: un mechón es la historia del «vasco de la carretilla», Guillermo Larregui, ese navarro emigrado a Argentina que recorrió veintidós mil kilómetros a pie a lo largo y ancho del país empujando una carretilla que contenía sus pertenencias. Cuando decidió dejar la vida nómada se asentó nada más y nada menos que en el Parque Natural de las Cataratas de Iguazú, donde se construyó una vivienda a base de latas de conserva. Si la proeza de Larregui es importante para la estructura de este libro es principalmente porque al autor le atrae «su empecinamiento por lograr algo carente de todo sentido práctico», como afirma en un pasaje, vinculando este empecinamiento con la propia tarea de escribir, que funciona bajo la misma lógica.
El segundo mechón de la trenza es el propio linaje de Galindo: abuelos, padres, migraciones internas, historias de vida que, si se contaran de viva voz en una reunión, harían que alguien dijera: «esto tienes que escribirlo». Y él lo ha escrito, ya en su madurez, que es cuando más preparados estamos para mirar cualquier agravio ajeno con cierta benevolencia, sin juzgarlo tan duramente como haríamos en plena juventud. A ese inventario familiar se suma un hallazgo inesperado: un cuaderno de recuerdos escrito por su abuela materna, descubierto tardíamente por el autor. El tercer mechón es el propio Galindo, convertido en personaje, en busca de un pegamento que una todas esas piezas y aceptando que en esa búsqueda también se cuenta a sí mismo.
Podríamos pensar que este texto se sostiene por el hecho de que todo lo que cuenta, ya sean capítulos enteros o menciones de dos líneas, ha ocurrido en la realidad; que toda esa serie de casualidades que encajan a la perfección («Mendoza es mi nuevo hogar, escribe mi abuela. Leo estas palabras en esta misma ciudad, y siento la cuadratura del círculo: aquí nos encontramos ella, Larregui y yo») son ciertas. A muchos lectores les parecerá lo más fascinante del texto: parece que esto ocurre cuando se pone en marcha lo que el crítico Philippe Lejeune denomina «el pacto autobiográfico». Según él, cuando alguien escribe su autobiografía establece con el lector un acuerdo implícito: el «yo» que narra, el «yo» protagonista de la historia y el nombre que aparece en la portada son la misma persona. La clave, para Lejeune, está en esa promesa de identidad compartida que convierte el texto en un testimonio y no en un juego literario. Y en este libro, donde hacen cameos hasta el tenor Luis Mariano y el exmariscal yugoslavo Tito, podríamos llegar a pensar que estamos ante lo segundo. Sea como sea, en mi opinión, lo más valioso de este libro es la relación del autor con lo infraordinario: objetos, paisajes y costumbres que otros dejarían pasar de largo. La hazaña del vasco de la carretilla es ya una proeza de esta índole, pero también lo son las pequeñas renuncias de Galindo, por ejemplo, su decisión temporal de llevar una vida nómada tras despojarse de sus pertenencias, como un síndrome de Diógenes al revés, según lo define él mismo. «El factor tecnológico pone a prueba la obsolescencia de buena parte del hogar de un urbanita occidental, trabajador autónomo, en régimen de alquiler en un apartamento con salón y un dormitorio», afirma en una ocasión. Gracias a estos incisos, el libro funciona no solo como confesión, sino también como radiografía sociológica de los sujetos urbanos de hoy, un registro doble que le sienta particularmente bien a la escritura de Bruno Galindo.