Álvaro Pombo
Cuentos autobiográficos (Volumen I)
Anagrama
192 páginas
POR MANUEL ALBERCA

Con motivo de la concesión del premio Cervantes a Álvaro Pombo, Fernando del Collado le entrevistó para Letras Libres (abril de 2025). Entre otros asuntos le preguntó cuál era «la frase más Pombo de todos los tiempos». Respondió que era De nobis ipsis silemus, o lo que es lo mismo, «Sobre nosotros mismos callamos», frase que, desde que se la aconsejara Fraulein Maria Hirschle, cuando aún era un niño, había considerado su divisa. Este dictum, que da título a la reseña, lo convertiría el escritor en principio literario, porque en su larga carrera literaria evitaría hablar de sí mismo, utilizando la tercera persona sobre todo. La frase de marras, que pertenece a Francis Bacon y la toma prestada Kant en la Crítica de la razón pura, aparece al comienzo «Los colegios, los himnos, los eros» en Cuentos autobiográficos. En su estilo paradójico característico, Pombo lo trae a colación para contradecirse, porque, ¿de qué se podría hablar en un libro así titulado, si no es de uno mismo?

Después de este exordio, que ojalá no haya desanimado al lector, las dudas y las preguntas caen por su propio peso. ¿Habrá sido capaz de contravenir de verdad la recomendación de la nurse? ¿Correrá aquí el riesgo de contar su vida en primera persona? ¿Es posible afrontar esta tarea a los 85 años, cuando la memoria y demás facultades intelectuales están por fuerza debilitadas? ¿No encierra el título Cuentos autobiográficos una contradicción en los términos, que recuerda que la promesa implícita de veracidad que exige la autobiografía choca con la idea que tenemos del cuento como género ficticio? ¿Podemos esperar veracidad del autor, cuando leemos en la «nota autobiográfica final» que «…algunos cuentos son fruto directo de mi memoria y mis recuerdos. Otros han sido construidos a partir de mis recuerdos en forma de cuentos, con más o menos imaginación o ficción»?

Estas preguntas no son fruto de la desconfianza, sino de la fe en las posibilidades y límites que los autobiógrafos enfrentan en el género. Creo que Pombo ha intentado ser verdadero consigo mismo y con los lectores, pero lo cierto es que, en su conjunto, estos cuentos son desiguales en calidad literaria y en compromiso autobiográfico. Dicho sea en descargo del autor, es difícil que, en un libro de cuentos, todos sean perfectos, del mismo modo que, en un poemario, lo sean todos los poemas, o que en una buena novela no encontremos pasajes torpes.

Con respecto al compromiso autobiográfico, es posible que Pombo sea sincero, cuando afirma en la referida nota final: «Lo autobiográfico aquí es todo». Aceptemos que todos los cuentos sean autobiográficos, pero esta advertencia incrementa la duda que produce en el lector la fragmentariedad del discurso cuentístico (tan opuesta al esfuerzo cronológico y de coherencia causal a que obliga el discurso autobiográfico), así como la rendija que, en la misma nota final, deja abierta a la ficción, que aconsejaría una lectura detectivesca.

No obstante, conviene recordar que se puede ser veraz utilizando la forma fragmentaria de los cuentos. Aunque no sea un modo autobiográfico habitual, están, por ejemplo, los cuatro libros de cuentos autobiográficos de Francisco García Pavón –Cuentos de mamá, Cuentos liberales, Cuentos republicanos y Cuentos nacionales—, que constituyen en su conjunto una suerte de autobiografía de infancia y adolescencia del autor manchego. Otro ejemplo bien dispar al anterior: El cristo de la rue Jacob, un recorrido por las heridas y cicatrices, en el que el escritor cubano Severo Sarduy esboza una suerte de autobiografía a partir de su cuerpo magullado. También entrarían en esta categoría algunos cuentos de Ignacio Aldecoa o Roberto Bolaño, que pueden considerarse breves viñetas autobiográficas.

Teniendo en cuenta las premisas literarias de Pombo y el gusto por lo paradójico de su pensamiento y las zonas de ambigüedad, propias de su mundo narrativo, el autor no se ha propuesto levantar una autobiografía al uso, al menos en este volumen, que se presenta como el primero de una serie. Como es sabido, la autobiografía es el relato retrospectivo de la vida de quien escribe, es decir, que, bajo su nombre propio, el autor es, al tiempo, narrador y protagonista. En esa identidad nominal y en el anuncio de decir la verdad se consagra la diferencia entre un relato autobiográfico y uno de ficción.

La brevedad y la estructura fragmentaria de los cuentos son la antítesis de la estructura de una autobiografía, que, por su discurso pormenorizado y explicativo, aspira a dar razón de la vida completa o de una parte importante de esta. Tampoco se verifica en estos cuentos la identidad nominal del autor, narrador y protagonista, con la única excepción, si no me equivoco, de los documentos oficiales reproducidos de su paso por el ejército. Más problemática resulta reconocer la identidad del autor, cuando utiliza la tercera persona en una historia en la que el protagonista tiene un nombre propio distinto al del autor. En estos casos el lector deberá usar sus dotes policiales o de conocedor de la obra de Pombo para sondear la verdad o la ficción de la historia.

A pesar de esto, no se puede dudar de la sincera intención autobiográfica de Pombo, pero lo hace a su manera… La particularidad de los cuentos más logrados de la colección radica en presentar estos como recuerdos fortuitos que invaden, de manera involuntaria a veces y provocada en otras, la cotidianeidad del autor. Son fogonazos de la memoria que demuestran que esos pecios del pasado están aún activos en la vida presente del escritor. Lo que hace Pombo es convertir los hechos pretéritos en pasado activo a través de la alquimia mágica de la literatura. La estructura de cada cuento obedece a la lógica caprichosa del recuerdo, provocada por una frase o un nombre escuchados al azar, por la aparición de un documento extraviado, una foto o un paisaje.

Con respecto a la disposición de los cuentos dentro del libro, Pombo se ha dejado llevar por un cuidado desorden, colocándolos à la diable, es decir sin respetar cronología ni clasificación. Con «Los señores», el cuento que abre el volumen, parece haber querido significar la importancia que concede a sus orígenes familiares, aunque sea para cuestionarlos. Y en el que lo cierra, con el significativo y contradictorio título de «El buen combate», esboza, a manera de conclusión final, la complicada relación con su progenitora, hecha de admiración, temor e incomprensión. Es una suerte de «carta a la madre», en la que, a pesar de cierta torpeza y desaliño expresivo, Pombo se sincera y se retrata: «Tengo la sensación de que esto es una carta que he tardado cincuenta años en escribir. […]… es una carta imposible de escribir y de que por eso no la escribí nunca, y tengo la sensación de ser injusto». En definitiva, la carencia del amor materno habría marcado su personalidad: «Nunca he comprendido la maternidad, porque no hubo entre nosotros una relación maternofilial. […] Ahora yo mismo he quedado engarmado en esta disonante epifanía».

Como no podía ser de otro modo, la variedad temática preside el conjunto de los cuentos. Por ejemplo, en «La Casona», bajo la evocación de una de las mansiones de la familia, los lectores de Pombo podrán encontrar su poética, con las claves del realismo sentimental pombiano, un realismo que hunde sus raíces en la genealogía familiar. Por lo mismo, el que suscribe piensa que este relato podría haber sido una buena introducción al volumen, porque explicita las líneas maestras de los cuentos.

No tenemos suficiente espacio siquiera para destacar todos los cuentos que merecen mención especial. En la medida que me sea posible, quisiera destacar un cuento como «Gobernación», en que relata su detención en aplicación de la ley de vagos y maleantes que, en el franquismo, incluía a los homosexuales. En mi opinión, lo destacable en este cuento, como en los que trata del servicio militar, «La cartilla militar», o de su paso por diferentes colegios, «Los colegios, los himnos, los eros», experiencias todas ellas, que bajo la dictadura debieron de ser negativas y le abocarían al autoexilio londinense, son ahora redimidas por la literatura, por el humor o por el gusto de la provocación: «El caso es que yo no fui antifranquista nunca. Como mucho antipolítico. Ahora mismo soy menos antifranquista quizá que nunca». Del mismo modo, la valoración del servicio militar resulta igualmente provocadora: «Me gustó la mili desde un principio. […] Entiéndase como se entienda esto que digo. Era interesante ir uniformado. […] Llegar a ser “mi alférez” me pareció un gran honor, esa es la verdad».

Habrá que esperar las entregas previstas para evaluar el conjunto, pero esta primera, que satisfará seguro a los pombianos incondicionales, presenta carencias que no se pueden ignorar junto a aciertos que espero haber destacado. Otros, como la ligereza y la desinhibición del estilo, están presentes, aunque no los haya podido valorar: Pombo evita la pesadez y extrae conclusiones profundas de asuntos aparentemente superficiales.