POR JAVIER SERENA
Director Cuadernos Hispanoamericanos

A la pregunta que formula este editorial se ha tratado de responder muchas veces, sin que se haya logrado ningún lema convincente: en los distintos programas educativos o recordatorios anuales sobre los beneficios de la actividad lectora, se suele recurrir a la posibilidad del viaje, a la multiplicación de la experiencia o al acompañamiento silencioso de los libros, como si fuera una forma de ocio provechoso que por alguna razón parece conveniente recetar de vez en cuando.

Cualquier lema es un ejercicio simplificador, y en este caso resulta especialmente complejo sintetizar en unas pocas palabras la singularidad de la lectura, aunque quizá la forma más justa de hacerlo no sea a través de la equivalencia, sino indagando en su naturaleza.

Lo cierto es que rodeados de tantos estímulos digitales que consumir, parece oportuno recapacitar sobre la especificidad de esta experiencia, que en lectura literaria ni ofrece un beneficio tangible ni cuenta con los efectos más llamativos de la industria del entretenimiento, y tampoco puede defenderse desde la terquedad de aferrarse a hábitos sólo fundamentados en la nostalgia.

Y si nos detuviéramos en la dificultad de reemplazar la lectura por otra actividad, tal vez cabría atender la explicación que daba Javier Marías sobre el trabajo de escribir: «Escribir es una manera de pensar», decía, señalando así que en el proceso de escritura el pensamiento abstracto era sometido a una tensión —un examen o un cuestionamiento de sí mismo—, que lo obligaba a matices o revelaciones a las que no hubiera llegado sin ese ejercicio. Es decir, que la escritura es justamente eso: un proceso, algo que no sucede previamente, sino que se manifiesta en su práctica, y que es resultado por tanto de una decantación en que el raciocinio y el subconsciente y el humor del instante afloran a través de las palabras, extrayendo así un material que no conoceríamos sin esa inmersión y que tal vez sea lo que mejor nos represente.

También la particularidad de la lectura deriva de su especial relación con el autor, pues al leer un libro, el lector actualiza ese proceso, y de algún modo se produce esa paradoja: leyendo escribe, o sea experimenta de forma activa el discurrir de un pensamiento. Lo que resulta es que, al leer, pues, nos adentramos en ese movimiento extraño para el propio autor, en esa exploración a fondo de su conciencia, y que gracias a esa suplantación nos sumergimos en un territorio propio que no alcanzaríamos de otra manera.

Así que son varias paradojas las que entraña la lectura: leyendo a otro nos leemos a nosotros mismos, y leyendo escribimos, por lo que la escritura de otro alcanzamos una intimidad con nosotros mismos superior a cualquier diálogo o pensamiento que podamos sostener.

Todo esto valdría también para explicar por qué no cualquier libro produce este efecto, o por qué todo libro es difícil que nos lleve a esta experiencia, o que lo haga con mayor o menor intensidad. Basta con apreciar cómo la novela tuvo en su versión más popular del siglo XIX un cariz folletinesco, es decir una construcción articulada sobre una lógica causal —no como un pensamiento en marcha, sino como la plasmación de un esquema previo—, estableciendo un tipo de literatura comercial que —por eludir etiquetas de alta o baja literatura— se caracteriza por responder a proceso distinto.

Todavía más acentuada se volvió esa distinción con el tiempo, cuando con el fin del gran novelón decimonónico y la experimentación de las vanguardias emerge una literatura decididamente comercial, que no evita ser considerada entretenimiento, al tiempo que otros libros en absoluto tratan de competir por su atractivo como simple elemento de ocio. La sugestión en estos casos está en otra parte: en la experiencia que supone el fenómeno de inmersión en otra conciencia, que es la de otro y es la nuestra, y que supone un diálogo en que la intimidad con un eco propio y la capacidad de vislumbrar otra mente en toda su desnudez se dan de manera simultánea.

Siendo un fenómeno tan singular, es difícil encontrar una consigna que lo resuma. Pero sin duda, aludir al provecho del tiempo invertido, o competir con otras fórmulas de ocio, no harían justicia a la alteración o al efecto producido.

Por eso se puede afirmar que la lectura es una experiencia, y de las más incisivas que quepa imaginar. Una desestabilización de la conciencia propia por la intrusión de otra, que nos contamina e interpela en una fase previa al pensamiento ya consolidado, y que así altera los mecanismos de nuestra lógica y sensibilidad, para convertirnos en sujetos definitivamente transformados en esos engranajes tan íntimos y tan profundos.

Y pese a todo, cualquier intento de aprehender en un texto el valor de esta experiencia siempre será insuficiente, pues es una noción a la que sólo nos acercaremos durante el propio proceso de escritura, y por tanto una vez acabada esta seguiría sin haber una idea concreta que esgrimir, como un ejercicio que nos pidiera ser repetido para que perfeccionara o complejizara esos resortes que conforman lo que somos en nuestra esencia verdadera.