
Luisa Etxenike
Cuerdas
Nocturna
216 páginas
Las guitarras portuguesas tienen doce cuerdas; mientras tres de los pares comparten afinación, en los otros tres las cuerdas están afinadas con una octava de diferencia. Eso no quiere decir que estén desafinadas, sino que tienen su particular modo de armonizar. Esta guitarra, elemento nuclear que vertebra Cuerdas, es una metáfora ideal de las relaciones de pareja, pero también de los conflictos y contradicciones que habitan en el corazón de una persona.
La primera cuerda de esta historia es Ángela, alguien que no siempre se llamó así. Antes fue Jon, un muchacho atrapado en una identidad que no es la suya y ahogado por un padre que considera su conflicto una aberración. Para cambiar de nombre y atreverse a ser quien es, Ángela necesitó huir de la asfixia de su entorno familiar; en Oporto, lejos de quienes no la quieren bien, encuentra un hogar donde iniciar una transición identitaria y vital. La segunda cuerda es Paulo, un constructor de guitarras marcado por la muerte de su mujer, Lidia, y por una decisión extrema que dañó su mano y truncó su carrera como guitarrista. En el taller de Paulo, mientras nombran en portugués cada pieza y las ensamblan con precisión, Ángela y su maestro comienzan a recomponer sus propias fracturas. La fabricación de una guitarra destinada a una mujer que no podrá recibirla —otra Ángela, una prostituta que prestó a la protagonista el nombre y la dignidad— simboliza una idea central: la necesidad de crear sentido incluso cuando la pérdida parece definitiva.
El oficio de luthier se convierte en esta novela en un manual de instrucciones para la vida. O, más bien, en una guía ética que rige cualquier empresa importante: ser buena persona, amar lo que se hace y transmitir ese amor con el tacto, con el oído, con los sentidos; cuidar cada gesto para no hacer daño, para no estropear lo que se tiene entre las manos; actuar con delicadeza, buscar la belleza y la perfección. Porque la vida no tiene instrucciones, pero necesitamos algo que nos diga qué hacer con sus piezas. Construir una guitarra exige paciencia, precisión y respeto por cada elemento, visible o invisible; vivir también. La idea de que el sonido es como una planta, que necesita raíz para no marchitarse, resume la concepción orgánica que sostiene el relato.
Novela de iniciación y de duelo a la vez, Luisa Etxenike (San Sebastián, 1957) aborda en Cuerdas algunos asuntos esenciales: por un lado, es una profunda reflexión sobre la explotación sexual que ofrece argumentos sólidos a todo el que quiera mirar de frente esta realidad incómoda: el cuerpo como mercancía, los roles de poder y dominación, la trampa de la falsa elección: como si asumir el sometimiento para no morir de hambre pudiera considerarse un acto plenamente voluntario. Por otro lado, es un relato minucioso acerca de la identidad y de la disforia de género, mostrada aquí no como dogma monolítico e inamovible, sino como una realidad compleja y poliédrica atravesada por ambivalencias y tensiones; algo muy alejado de la discusión pública que parece reducirla a un debate de blancos o negros. La autora sitúa el cuerpo como escenario del conflicto, enfrenta la identidad sentida a la imposición del género y explora la soledad íntima y profunda de quien vive en los márgenes, y lo hace con gran pericia para no victimizar a los personajes, pero sin rehuir la denuncia. La novela también profundiza en los distintos modelos de masculinidad: Ángela encuentra en los hombres como su padre la masculinidad más tóxica y violenta, pero también encuentra en Paulo y en sus maestros la bondad, el respeto y la generosidad.
Más allá de su argumento, la novela se impone por el modo en que la autora lo narra. Qué elegante es la escritura de Luisa Etxenike, qué precisa es para nombrar lo complejo sin simplificarlo, y, a la vez, qué poéticas son sus imágenes; la suya es una prosa que vuela y arrastra con ella al lector. Etxenike maneja el lenguaje con una sobriedad admirable: todo está medido, nada sobra. Lo consigue con pocas palabras que dicen mucho, con silencios elocuentes que sostienen lo que apenas se insinúa, lo que no se formula del todo. Cada pausa tiene sentido: la suya es una prosa que muestra sin explicar y sugiere sin nombrar. El resultado es un texto de gran belleza formal y una honda lucidez ética, narrado con una prosa que, como las cuerdas que describe, vibra mucho después de haber sido tocada.