Sofía de la Vega
De los potrillos nacen ríos
Alfaguara
222 páginas
POR CRISTIAN VÁZQUEZ

Hay un joven que es huérfano. Vive en un pueblo. Cuando era niño y su madre le leía la Biblia, «lo que más le gustaba eran las parábolas, lo más parecido a un cuento que había escuchado» (p. 116). Hay otro joven, criado en la montaña, y que perdió el habla a sus cuatro años debido a que «su madre había cometido ciertos errores y los había cometido con sacrificios y magia, y con Dios de testigo». Ambos muchachos son hermanos por parte de padre. Un día se encuentran frente a una biblioteca; el huérfano le pregunta al mudo si ha leído alguno de esos libros y este, con la cabeza, responde que no. Entonces el primero toma la Biblia y le lee la parábola del hijo pródigo. «El mudo quedó muy desconcertado, no sabía si su hermano le quería decir que era vago o que gastaba la plata en mujeres…» (p. 129). La trama corresponde al cuento «Ya estamos todos en casa»; en ese encuentro fallido, en ese desconcierto, se condensa la tensión de los nueve relatos que componen De los potrillos nacen ríos.

Su autora, Sofía de la Vega, nació y vive en Tucumán, una provincia del norte argentino, y ese lugar tiene una presencia fundamental en el libro. No sólo por su mención explícita (el nombre de la provincia y el gentilicio tucumano se reiteran una veintena de veces) sino porque también explica, de algún modo, que todos los textos exploren el choque entre dos mundos: de un lado, el centro, la ciudad o el pueblo, la ciencia o la religión dominante; del otro, la periferia, el campo, la montaña, la magia, el misterio, lo desconocido. «En este lado del valle no se estilaban los gualichos ni nada de eso, se creía en Dios. En cambio, en la Montaña del Otro Lado todos resolvían los conflictos con saliva y palabras, a veces cocinando algo, a veces pisando tierra y al parecer funcionaba» (p. 131). Las «Terapias alternativas» (título de otro de los cuentos) siempre son una tentación para quienes no obtienen los resultados esperados a través de métodos tradicionales. Claro que cruzar esa frontera tiene su precio, como lo comprueba la protagonista de «Animalitos en gravidez», quizás el mejor relato de la colección.

Los animales son una presencia constante en los cuentos, sobre todo caballos y perros. Pero también en forma de apodo: uno de los personajes más memorables del libro es el Ratón, un brujo del arrabal tucumano que «decidió no tener celular ni internet ni teléfono fijo ni nada porque los que lo querían ver sabían dónde encontrarlo» (p. 184), y que no sabe leer ni escribir: «Me he criao abandonao con la basura y los perros y el viento mezclando nuestros olores» (p. 187). En esas circunstancias adquirió los poderes que lo tornaron un sanador, casi un superhéroe semirrural.

Según una leyenda local, un día nacerían tres caballos que tendrían una mancha con forma de río en el costado de una de sus patas. Y esos potrillos poseerían los secretos del universo. «Una primera manera de encontrar los secretos es buscar el silencio» (p. 23), dice el primer cuento; un silencio como el del muchacho mudo que vivía en la montaña. «Quizás mi forma de contarte cosas es estar callada», propone la narradora del último relato, que se titula precisamente «El misterio irrumpe en silencio». Esa narradora se llama María Sofía –el nombre completo de la autora– y por supuesto es tucumana. Conversa con Pedro, un sintecho que vive en el aeropuerto. Pedro fue el primero de su familia que aprendió a leer y escribir; no pudo transmitir ese conocimiento a su padre ni a sus abuelos, pero sí a su mamá y a sus hermanos menores; es decir, Pedro representa la transición de la cultura oral a la escrita. Le cuenta a María Sofía la leyenda de los tres caballos y, como ella dice que le gusta “el cuento”, él se ofende: «“No es cuento”, dijo, “vos más que nadie deberías saberlo, sos de allá”» (p. 216). Tal vez sea una parábola, que no es un cuento pero se le parece mucho.

Podemos suponer que también ese diálogo que cierra el libro es una transición, una frontera: María Sofía va a escribir esa leyenda, la hará literatura. Después de haber publicado tres poemarios, este es el primer libro de cuentos de Sofía de la Vega. Un muy buen primer libro de cuentos. Es su forma de contar cosas estando callada: escribir en silencio, el silencio que permite encontrar secretos, los secretos protegidos por esos potrillos de los que nacen ríos.