
Marina Closs
La encendida silenciosa
Alfaguara
176 páginas
Marina Closs escribe con un cuchillo. Su prosa es filosa como el facón de un gaucho cuatrero. Se pasa el cuchillo de mano en mano y hace pequeñas -breves- incisiones en los temas que la conmueven y escarba con una curiosidad nueva y potente; una curiosidad infantil. En La encendida silenciosa -su última publicación, editada por Alfaguara- Closs ensaya. Literalmente. Ensaya como lo hace una bailarina, un jugador de fútbol, un científico. Ensaya, prueba, fuerza el error. Y otra vez vuelve a hacer el mismo movimiento.
Conjunto de textos breves o un sólo texto con (sub) títulos de conexión temporal o emocional. Como sea, La encendida silenciosa es un campo minado no de bombas sino de preocupaciones, de dolores pero también de amores, de bailes, de alegrías. El duelo -y el amor- de una abuela es, también, puente de adoración hacia un primo y hacia una amiga. Closs hace -a discreción- un tajo en la muerte y, una vez que su cabeza está completamente dentro, termina de pasar todo su cuerpo.
Dice la narradora sobre la muerte de su abuela.
«La muerte nunca se me había presentado. Con la crueldad con que cualquier cosa muere. Sin verdadero acatamiento. Sin verdadera resignación».
Y la adoración como expresión sublime del amor. Closs salta en puntas de pie y -siempre agarrada a su facón- expone una voz literaria donde resuena la obra de Sara Gallardo y el ritmo de Juan L. Ortiz.
«La adoración es, necesariamente, un sentimiento de la propia fuerza o, incluso, un dolor por el otro, en -toda-su-debilidad-y-belleza-siempre-amenazada. Por la adoración es posible intuir que uno es capaz de salvar a alguien».
A veces desde sus recuerdos. A veces desde la imaginación. La escritora nacida en la provincia de Misiones (Aristóbulo del Valle, 1990) avanza con una curiosidad salvaje; como si desconociera lo conocido.
En Pombero -su anterior libro-, la narradora despliega un mosaico de cuentos, a veces fantásticos, atravesados por la cultura popular de la zona, también por la muerte, el amor, el miedo.
Acá, Closs borronea las fronteras del género y construye una especie de memoria fantástica donde el cuento, el ensayo, la crónica familiar y la crónica onírica, se mezclan como las ramas de una enredadera. Un paredón verde donde todo es verdad y nada ocurrió. ¿O acaso existe la realidad sin la imaginación?
En el texto titulado Atrapar la mano dice: «El mar, que es una presencia masculina y como llameante. Sueño con una ola gigantesca que se lleva los países, que se lleva los caminos, las esquirlas del mundo. El mar no es entonces -solamente- una presencia, sino un acecho mágico».
La narradora pasa de recordar sus primeros amores a perseguir al diablo. Quiere encontrarlo para dejar de temerle. Fantasea con que, una vez sostenido al miedo del cuello, su poder paralizante se desintegrará. Pero sucede lo contrario. Esa búsqueda es -también- una danza; con él se confiesa, con él se enamora.
«En el diablo, para mí, reía el dolor. Y yo quería reírme junto al dolor. Como una enamorada».
También -y mientras tanto- se enamora verticalmente de un Karamazov. Del más seductor, Iván; el único intelectual y carismático -racional pero sensible- entre los hermanos imaginados por Fiódor Dostoyevski. Juega -Closs- con la posibilidad de que Iván sea el mismísimo diablo o el protagonista de Memorias del Subsuelo, donde se lee, apenas comenzado el libro.
«Finalmente, soy culpable porque de haber tenido yo magnanimidad de espíritu, hubiera sufrido mucho más al ser consciente de lo inútil que es ser magnánimo».
Dice la narradora de La Encendida.
«Y entonces sí -con la escarcha que era su aura, el diablo que era su alma y una camisa agujereada-, entonces sí, me enamoré de él (¿del hombre del subsuelo? ¡No! ¡De un destello, de una chispa de Iván Karamazov!».
También -puntual y absolutamente- de su amiga íntima durante un verano adolescente.
Durante un verano. Solamente un verano.
«Una única vez que corta en dos el tiempo. Porque ¿qué sentido tendría que la vida estuviese cortada en tres o cuatro? (…) En cuatro, el corte es superfluo. En cambio, cortada en dos, la vida insiste, incide, place. Cortada en dos, el tiempo está completo».
En La Encendida sus tajos no son escandalosos. Al contrario. Son suaves y con un control preciso de la profundidad de cada tajo. Una taxidermista. Quizá por eso -como arma- elige el cuchillo, el arma blanca porque en su hoja, en su filo, rebota la luz. Eso es exactamente lo que hace Closs. Corta e ilumina lo que encuentra a su paso.