
Juan Manuel Gil
Majareta
Seix Barral
336 páginas
En su incapacidad de almacenar todo detalle, como haría «Funes el memorioso» en su bloqueo creativo, la memoria obvia información para después generarla a su merced y sin mayor certeza que lo próximo o posible. Esta omisión selectiva e involuntaria no es un fallo, sino una estrategia mental que prioriza lo destacado y desecha lo superfluo, permitiendo un desarrollo saludable. Lo anterior convierte cada relato en un acto de fe compartida, donde la vacilación se transforma en suelo fértil de nuevas interpretaciones. Quedan así los testimonios pendientes de un hilo dudoso, a la espera de ser verificados por el resto de hechos o declaraciones. Si bien la dificultad puede surgir ante un juez cuando la repercusión de lo dicho es más delicada y notable, el ejercicio del falso parche se presenta constante en cada recuerdo. Los datos fragmentados en la horizontal, huérfanos y viudos, integran el conjunto con otros —reales o no—, como lo hace la técnica japonesa del Kintsugi, reparando la pieza en su unidad a través de la adhesión con las demás partes. Ocurre en el ámbito personal, sí, pero también social, en los relatos compartidos e historias de variada envergadura: «Cada uno, su cristal, y entre todos, una vidriera». De igual modo, lo hace también la literatura, al incitar a los lectores a ocupar los vacíos que quedaron sin narrar, los recovecos que —abiertos— se entregan sin celo. Composición de la composición, mímesis de la mímesis de la que Platón decía ver alejada la verdad ontológica de las cosas; siendo, a su vez, el espacio cómplice donde mejor se expresan y reflejan las experiencias humanas.
Se aprecia, de manera evidente, explícita y pretendida, en Majareta, la última novela de Juan Manuel Gil; donde una cincuentena de intervenciones genuinas, coloridas por los particulares acentos y muletillas, rebosan en torno a una misma cuestión. El motivo hace proliferar nuevos temas secundarios: familiares, amorosos, económicos… de uno, de otros e, incluso, del propio autor, ausente pero implicado en cada interacción. Las buenas y malas palabras quedan desveladas en la subjetividad de la oralidad, predominando el prejuicio, los rumores y los chismes desvirtuados de teléfonos escacharrados. El suceso primero viene anunciado ya, en buena medida, desde la icónica portada: el monstruo azul al que le falta un ojo, babea y viste una corona dorada de tres puntas. Se trata del personaje de un videojuego de terror, popular entre los más jóvenes: Rainbow Friends, los amigos (poco amigables) del arcoíris. Ambas tramas comparten diferentes aspectos: niños, escuela, autobús, extravío… Siendo Leo, el conserje protagonista, la posible representación del monstruo mismo, el malvado a quien otros hicieron malo, el señalado por ser distinto, el tuerto en el país de los ciegos, el rey… Porque, como indica uno de los entrevistados en el libro, «la ceguera de esta gente es infinita», la ceguera de todos, la del resto. Ellos son el infierno. Su mirada es la que termina por delimitar al otro, la que afecta y moldea; tal y como concluye Sartre en su obra teatral A puerta cerrada. Los juicios sacuden a cada paso.
Con esta determinación, Juan Manuel Gil escribe su primera novela coral: exagerada, sentida, sugerente, intrigante, injusta… En la que el yo del narrador se silencia para escuchar a los demás, donde el yo de los demás se silencia para hablar de un tercero y el yo del tercero se ve silenciado al no tomar la palabra. Callando, otorgando… Haciendo del mutismo su escudo protector, siendo —al mismo tiempo— su perdición y principal fuente de vulnerabilidad: la ausencia de cualquier posible defensa. A través de esta novela, Gil recupera el costumbrismo, la investigación, la figura del escritor; temas recurrentes en sus recientes trabajos: Un hombre bajo el agua (2019), Trigo limpio (2021) o La flor del rayo (2023). También integra el humor en la naturalidad del discurso; aunque es el dolor el que domina en la obra, el daño de la duda, la frágil realidad de tantos y tantos incomprendidos que vagan sin estrella ni ocasión, marginados por una suma de pecados capitales tristemente habituales, como lo son la avaricia, la envidia y la soberbia. Una (nada deseable) condición natural, que aleja al extraño desde el primer encuentro, niega su escucha e impide la tierna empatía con aquellos que sufren: la diferencia entre ser quien señala o el señalado es una suerte de autoconfianza y capacidad de comunicación, poco más. De este modo, Majareta describe la vida, el barrio, la crueldad. Majareta estás tú y estoy yo.