Francisco Serrano
El corazón revolucionario del mundo
Tusquets
232 páginas
POR CRISTINA SANZ RUIZ

Valeria tiene 19 años. Es aprendiz de terrorista, amante y ama de casa. Lee novelitas de misterio y aventuras. Cada día es instruida en el arte de la revolución por Joel, compañero sexual y líder del FAR (Frente de Acción Revolucionaria), una célula anticapitalista integrada en exclusiva por ellos dos. Joel, que le dobla la edad, ejerce sobre ella un magisterio incuestionable y absoluto. Los días de Valeria se dividen entre el aprendizaje teórico de la actividad revolucionaria y el mantenimiento del hogar (aunque este sea un piso franco londinense) limpio y ordenado. Esta aparente cotidianeidad habrá de romperse cuando Joel decida poner en marcha una nueva acción y acuda, para ello, a los servicios de un mercenario de dudoso origen, Carlos Reseda. Joel y Valeria cambiarán Londres por Francia, donde entrarán en contacto con otro grupo subversivo para preparar el golpe.

Este detonante argumental de El corazón revolucionario del mundo sitúa la obra de Francisco Serrano (Badajoz, 1982) en unas coordenadas que parecen responder al género de aventuras revolucionario. No falta ninguno de los ingredientes esenciales: el esquema organizativo de la célula (con sus Comités de Planificación y Estrategia, de Inteligencia y Contrainteligencia, de Logística, de Comunicación y Propaganda, de Opacidad y Secretos; y también subcomités de Seguridad, Acción Expeditiva, Intendencia o Servicios Generales), la especialidad de cada uno de sus integrantes, los preparativos del atentado y su perpetración. La descripción de estas estructuras recuerda, de forma deliberada, a ciertos manuales militantes de los años setenta, pero también a su caricatura burocrática, subrayando así la diferencia entre la épica revolucionaria y su práctica cotidiana. Todos los pasos están narrados con tino y cierta distancia que sabe rozar lo irónico sin caer en el descreimiento. Sin embargo, la actividad subversiva del grupo no es ni lo más sustancial ni lo más interesante de esta novela. Ni siquiera es, a pesar de lo que podría parecer, su motivo central. Tampoco lo es el triángulo amoroso que se intuye desde el comienzo, con una posible rivalidad entre Joel y Carlos por Valeria. Ese triángulo, de hecho, funciona más como un dispositivo de tensión latente que como un conflicto romántico propiamente dicho. En realidad, El corazón revolucionario del mundo se asienta sobre otros dos pilares, ligados entre sí: por un lado, la psicología de una protagonista que participa de los hechos sin involucrarse emocionalmente en ellos y, por otro, el cuestionamiento ontológico de la realidad. Ambos ejes se retroalimentan, construyendo un relato donde la acción es menos importante que la percepción que se tiene de ella.

Toda la clave de la novela queda, de hecho, anunciada en el epígrafe inicial de Anne Carson: «Whacher is what she was. […] To be a whacher is not a choice». Valeria encarna ese «she», esa «whacher» cuya grafía Carson no deforma aleatoriamente. La poeta canadiense toma el vocablo de un error ortográfico real que aparece en los cuadernos de Emily Brontë (lo correcto sería watcher) y lo eleva a símbolo existencial de quien escribe desde las afueras. Así, la no corrección del término revela una verdad poética y trascendente que se eleva por encima de lo recto o canónico. Además, la distorsión refuerza la distancia cognitiva que se establece entre mirar y ver, entre ver y decir. Serrano recoge esta herencia y la traslada al corazón mismo de su protagonista, convirtiendo la errata en un modo de estar en el mundo. Ese desajuste de grafía es el que permite explicar a Valeria, personaje disociado de su entorno que, desde el primer párrafo, se nos advierte, «sospechaba estar habitando una fantasía». Por eso Valeria no interesa en cuanto revolucionaria, sino como «cosmonauta», según se autodefine varias veces. La metáfora es sencilla y efectiva: alguien que flota en un espacio que no acaba de aceptar como suyo. La cosmonauta no coloniza, no transforma, observa desde la distancia de quien no pisa suelo firme. Valeria no se adentra en la vida: la bordea, la mira, la escucha desde una posición casi espectral. Durante buena parte de la novela, la joven asume ese mandato con la docilidad involuntaria de quien se reconoce incapaz de tomar las riendas de su existencia. El lector se mantiene a la espera de ver si será capaz de romper su cápsula de cosmonauta, dejar de mirar y ponerse a actuar. La tensión entre sumisión y rebeldía (entre revolución y amor, entre Joel y Carlos) crece poco a poco hasta que explota y obliga a la cosmonauta a ser protagonista de su destino. Ese estallido no es tanto una liberación clásica como una fractura: el paso de la observación a la acción tiene un coste físico que la novela no elude.

La condición de observadora de Valeria queda reforzada a su vez por la voz narrativa. A pesar de su omnisciencia, el narrador no consigue penetrar en el misterio de la protagonista. Conocemos parcialmente sus pensamientos pero no sus deseos profundos. Y esa opacidad no es un defecto técnico, sino una decisión estética coherente: Valeria no se entiende a sí misma, de modo que cualquier intento del narrador por desentrañar su interioridad solo puede conducir a un fracaso expresivo. Esta renuncia a la transparencia psicológica va a contracorriente de cierta narrativa contemporánea obsesionada con explicarlo todo. La consecuencia es que el lector comparte la misma bruma perceptiva que la protagonista. La novela, así, se convierte en una especie de cámara estanca donde la identidad flota sin anclaje. Leer El corazón revolucionario del mundo implica aceptar esa suspensión, ese malestar productivo que nace de no saber del todo quién es Valeria ni qué desea realmente.

Sobre esa sensación de irrealidad completa que transmite Valeria desde el inicio se apoya el otro elemento axial del relato: la problematización de los confines de lo real. Cuando conoce a Reseda en las primeras páginas del libro le lanza —a él y al lector— una pregunta desconcertante: «¿Es Londres real?». Reseda —y el lector— se quedan atónitos: ¿Bromea? ¿Está bien de la cabeza? Sin embargo, la pregunta no es baladí y trasciende el concepto posmoderno de no-lugar para apuntar a una preocupación metafísica: ¿cómo sabemos que existe un lugar si este no ha sido transitado? La ciudad, aquí, deja de ser un escenario estable para convertirse en una hipótesis. La posibilidad remota de que Londres no exista abre una grieta en el sistema de percepción del mundo. Así, la novela juega a bordear los límites positivistas y la mirada atónica de Valeria permite una inclusión no disonante de lo fantástico. No se trata de afirmar lo imposible, sino de erosionar la certeza de lo posible.

Dicha grieta se agranda cuando el comando llega a Francia. Valeria recorre la geografía gala leyendo una guía turística que explica, en clave realista, elementos de la mitología de Cthulhu. Recorren Averoigne (al igual que Vyones, el río Isoile o el pueblo Les Hiboux), tierra creada en el círculo lovecraftiano por Clark Ashton Smith y con ello el autor rinde homenaje explícito al pulp y a la literatura de ciencia ficción. Esta intersección entre el registro documental y el fantástico constituye una de las jugadas formales más sugerentes de la novela, que se complace en flanquear los márgenes de la fantasía sin traspasarlos del todo. Porque, conviene aclararlo, aunque los elementos esotéricos, míticos o fantásticos pululen por el texto, Serrano se las ingenia para mantenerlos siempre a raya. Nunca irrumpen plenamente en la diégesis: aparecen como alucinaciones, restos de sueños, metáforas envenenadas o como delirios ideológicos de Joel. La fantasía, en consecuencia, es menos un género en el que se inscribe la novela que una atmósfera que contamina su lógica interna: una presencia inquietante que se siente pero no se consuma. Ese amago constante de lo fantástico refuerza la idea de un mundo a medio hacer, siempre provisional.

El resultado de todo lo anterior es un libro extraño, deliberadamente híbrido, que a ratos seduce por su atmósfera difusa y su ambivalencia genérica, pero que en términos generales desconcierta más que cautiva. Conviene advertir de su singularidad al lector que se acerque a El corazón revolucionario del mundo esperando encontrar un thriller político, un relato de aventuras al uso o una ficción de sustrato marxista. Porque la novela no está dispuesta a transigir con dichas expectativas. Su propuesta es más incómoda: la de una revolución sin épica y una subjetividad sin certezas. Algo que tampoco es nuevo en Francisco Serrano: El corazón revolucionario del mundo enlaza en sus motivos, en el parentesco pulp y en la mirada feminista con la trayectoria anterior del autor extremeño que, con esta obra, da el salto desde una editorial «hogareña y aventurera» como Episkaia —que se autodefine como «ecologista y feminista»—, donde había publicado sus últimas dos novelas, para aterrizar en el grupo Planeta. Y lo hace, además, avalado por el reconocido Premio Tusquets de Novela. Se agradece la decisión del jurado de valorar una novela distinta a las principales tendencias de mercado (algo que no había sucedido en sus últimos fallos). Queda ahora por ver si el público lector respaldará, a su vez, esta inusual apuesta.