Aroa Moreno Durán
Mañana matarán a Daniel
Random House
182 páginas
POR MERCEDES MONMANY

En ese vértigo de la historia que ha enterrado no pocos hechos traumáticos con demasiada rapidez, pasadas las generaciones, una joven escritora, Aroa Moreno Durán (Madrid, 1981), poeta, narradora, biógrafa (Frida Kahlo, Almudena Grandes) y autora de una novela muy apreciable, La hija del comunista (2017), de lo mejor publicado en estos últimos años, sale al encuentro, a través de una perturbadora y sobrecogedora novela, Mañana matarán a Daniel, entre la crónica e investigación minuciosa y la ficción con ella de protagonista, de los últimos y feroces zarpazos de una dictadura, la franquista, que ella no vivió. Eran los últimos coletazos, las últimas ejecuciones, de una serpiente peligrosa, herida de muerte ya, que no por ello dejaría de hacer correr la sangre de la forma más atroz y vengativa. Una serpiente o dragón mortífero que «murió matando». Y un dictador al que no le temblaría el pulso para seguir firmando sentencias de muerte hasta poco antes de expirar, mantenido con vida de forma vergonzosa por sus acólitos y adoradores.

Ese sería el título precisamente de un capítulo («Los últimos fusilamientos de Franco: Morir matando») del también excelente libro reciente No había costumbre (Crónica de la muerte de Franco, editorial Ladera Norte) que trata estos hechos -y otros- firmado por el mítico periodista Miguel Ángel Aguilar. La conmoción internacional sería gigantesca: hasta el Papa Pablo VI llamaría tres veces a El Pardo sin éxito (el Caudillo estaba dormido, decían) para detener las condenas. La última llamada sería la noche del veintiséis de septiembre de 1975. Pero el régimen nacionalcatólico permanecería indiferente, como cuando los nazis recibían las cartas de los obispos disidentes tras las múltiples carnicerías. Incluso la hermana de uno de los ejecutados, Sánchez-Bravo, junto a otros familiares de los condenados, se apostará como última y desesperada petición de clemencia ante la puerta de la casa de Pilar Franco, hermana del dictador, «rogándole que le permita hablar». La mujer, en un último gesto de una cristiana hipocresía que a nada compromete, le ofrecerá subir a su casa con ella, tranquilizándola: «Precisamente, he comido con mi hermano hoy, está muy enfermo. No te preocupes, no los matarán». Las manifestaciones contra las condenas se sucederían sin cesar, en todas las capitales: en París, Ámsterdam, Estocolmo, Bruselas, Praga, Moscú, Copenhague. España no podía seguir matando en 1975. Europa se avergonzaba seguramente de ese sur salvaje, imposible de controlar.

En el caso de la escritora Aroa Moreno Durán, todo partió de un azar. En las montañas por donde paseaba de la sierra de Madrid, muy cerca de su casa, un día oye unos disparos. Algo asustada, preguntando por ello, se entera de que ese es «un campo de tiro». Un lugar del que hasta entonces desconocía su existencia y del que no tarda en enterarse de que allí mismo fusilaron a tres de los últimos hombres asesinados por la dictadura. El director del periódico para el que entonces colaboraba le hará un encargo muy preciso: escribir una carta abierta a un joven que hubiera luchado en España en los años setenta, en un grupo armado.

En aquellos años, no solo sería el caso de España. En los setenta, los grupos de resistencia armada -en Italia, en Alemania- llevaban a cabo en cada uno de sus países una gran y violenta actividad. Solo hay que leer la estupenda crónica autobiográfica de un excelente periodista italiano, Mario Calabresi, que en Salir de noche (Libros del Asteroide) narrará, «desde el otro lado», desde el lado del hijo de un célebre comisario asesinado en Milán por las Brigadas Rojas, sin juicio previo, en lo más duro de gli anni di piombo, un crimen que haría correr ríos de tinta en la época. Emprendiendo una dolorosa investigación privada el hijo del comisario Calabresi ahondará en los hechos que rodearon el asesinato de su padre y las consecuencias que tuvo para su familia. La diferencia frente a todos aquellos activistas europeos de los grupos de ultraizquierda llamada «extraparlamentaria» es que en España seguíamos sometidos a una cruenta dictadura, en la cual la tortura, las detenciones masivas y la desprotección más total de los ciudadanos, como se detalla en el libro de Aroa, dejaban a los individuos absolutamente a merced de los tiranos de aquellos días.

La primera pregunta que se hará la autora en el momento de encarar narrativamente su compromiso («aquello no sirvió para nada, explícalo desde el presente», le dirá el director) es la misma que nos haríamos muchos: ¿Fueron acaso unos suicidas, unos kamikazes? ¿Por qué arriesgarse así, tan jóvenes, con la vida por delante, con la posibilidad de seguir militando y enfrentándose a una dictadura en un futuro que aguardaba muy próximo, que estaba a la vuelta de la esquina? Pero un «impulso indómito» de saber, de conocer todos los detalles de aquella brutalidad y aquel coraje cercano a la inmolación por parte de unos jóvenes sacrificados, lanzará a la autora a «rellenar» numerosos puntos de fuga de aquella historia; a investigar, hasta el fondo, con cierta desconfianza y pesimismo de antemano, «la verdad sostenida por unos y la verdad que ha sostenido la historia que tenemos, que es nada».

Corría el año 1975, en la madrugada del 27 de septiembre de ese año -Franco moriría tan solo unos meses después, el 20 de noviembre- tres jóvenes del FRAP, siglas del Frente Revolucionario Antifascista Popular, acusados de matar ese verano a un policía armado y a un guardia civil, fueron ejecutados sin piedad en un talud de la sierra de Madrid. Se trataba de Xosé Humberto Baena, llamado Daniel (o Pite, en familia), un estudiante de Vigo de 24 años, acusado y condenado sin prueba alguna, detenido en plena «cacería de militantes» en el caluroso verano de un Madrid repleto de gente en bares y de cines donde se proyectaba Verano del 42. El otro sería Ramón García Sanz (el huérfano Pito), un soldador de 27 años de Zaragoza, que en un restaurante de Cuatro Caminos conocería de manera casual a otro de los ajusticiados: a José Luis Sánchez Bravo (llamado Hidalgo), un estudiante de física de 21 años de Vigo, que se había ido a vivir a Madrid. El rastro de heridas profundas, imborrables, que dejaría, en concreto José Luis, casi un niño aún, marcaría de por vida a su familia. Aroa se encontraría con ellos y conocería el desastre que dejaron tras de sí aquellas ejecuciones viles e inútiles -todas lo son, pero más aquellas que respondían a un furor de agonía frenética y despiadada de una dictadura a punto de fenecer- en la vida de los sobrevivientes. La memoria no podría seguir dándoles el aliento mínimo, necesario, para soportar aquella extrema crueldad sin sentido: la madre de José Luis jamás tuvo fuerzas para ir a visitar a su hijo al cementerio porque “constataría que todo había sucedido, que había sido real”. De sus hermanos, Dolores vivió hasta los treinta años, con depresión, medicada y encerrada a cal y canto en su casa. Manuel Angel, pintor de cuadros impresionistas, se tiró por una ventana, en presencia de su madre. Y Victoria, la más habladora, le contará a la escritora cuando la visite que “oyó los disparos” que mataron a su hermano, a lo lejos, tres ráfagas, “sin saber cuál de ella mató a José Luis”.

Miguel Angel Aguilar, maestro de periodistas, presente junto a otros dos periodistas aquel «alba» fatídica en el polígono de tiro de El Palancar, relataría de forma estremecedora los últimos momentos. No llegaron a tiempo de presenciar los fusilamientos, sino cuando todo había concluido y “cuando los cadáveres aún goteaban sangre, a través de los huecos abiertos en unos rudimentarios ataúdes, mal claveteados”: “Para mí fue el momento más angustioso que viví como periodista: escuchar los disparos y ver a los reos ya sin vida, recién fusilados (…) Escuché a un comandante del Ejército volver a expresar las condolencias a los padres de José Humberto Baena. Lo hizo con una corrección lacónica (…) He leído muchas versiones después, pero lo que recuerdo con total claridad es que nunca vi a gente más desolada que aquellos que participaron en los fusilamientos. Eran incapaces de articular palabra, de tragar saliva, de mirarse unos a otros, de suspirar, de confortarse, de estallar en llanto”.

Daniel había caído bajo sus balas, con el tiro de gracia de rigor, unos minutos antes. La noche del 26 al 27 de septiembre de 1975 les enviaría una última carta a sus desolados padres: “Papá, mamá, me ejecutarán mañana. Pensad que yo muero, pero que la vida sigue. Recuerdo que, en tu última visita, papá, me habías dicho que fuese valiente, como un buen gallego. Lo he sido, te lo aseguro. Cuando me fusilen mañana, pediré que no me tapen los ojos, para ver a la muerte de frente”.