Juan Francisco Fuentes
Con el rey y contra el rey. Los socialistas y
la monarquía. De la Restauración canovista a
la abdicación de Juan Carlos I (1879-2014)
La Esfera de los Libros, Madrid, 2016
503 páginas, 26.90 € (ebook 9.99 €)
POR ISABEL DE ARMAS

Este libro trata de cómo el psoe, fundado en 1879 en plena Restauración canovista, ha ido evolucionando desde su tradicional hostilidad a la Corona hasta llegar a un firme compromiso con la monarquía constitucional de Juan Carlos i. Una apasionante historia contada por Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid y antiguo alumno de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, que se ha servido de rigurosos testimonios personales y documentación inédita para llevar a cabo este interesante y nada fácil trabajo.

El profesor Fuentes pone de manifiesto cómo la república nunca fue una prioridad para los padres fundadores, «que en el mejor de los casos –afirma– la vieron con simpatía, pero como algo accesorio, y en el peor como un mito político creado por la burguesía». Constata que la mala experiencia de los años treinta del pasado siglo exacerbó los prejuicios antirrepublicanos de los socialistas y les hizo receptivos a un pacto con los monárquicos para acabar con Franco. Fue a mediados de los cuarenta, cuando tras la victoria sobre el fascismo en Europa, se vio que los aliados no iban a intervenir en España para provocar un cambio de régimen; a lo sumo, ayudarían a la oposición, bajo ciertas condiciones, a conseguir su propósito. «Para ello –escribe el autor de este libro–, las fuerzas moderadas tenían que unirse contra el dictador y aislar al comunismo, no fuera que la caída de Franco trajera una dictadura de signo contrario». Y pone como claro defensor de esta tesis a Largo Caballero, quien poco antes de morir en el exilio en marzo de 1946 decía que si en 1930 le hubieran preguntado qué quería para España habría contestado: «¡República, república, república!»; quince años después, si le hubieran hecho la misma pregunta, habría respondido: «¡Libertad, libertad, libertad! Luego que le ponga cada cual el nombre que quiera». Para el profesor Fuentes, este mensaje, casi póstumo, del viejo líder socialista contenía in nuce la evolución del psoe hacia un accidentalismo en las formas de gobierno que habría de facilitar su entendimiento con los monárquicos. Nos demuestra que Largo Caballero intuyó un camino que muy pronto sería transitado por otros dirigentes socialistas, entre ellos su gran rival, Indalecio Prieto, que en agosto de 1948 firmó con los monárquicos el Pacto de San Juan de Luz. Incluso cuando se puso de manifiesto –puntualiza– el doble juego practicado por la otra parte, y en particular por su jefe de filas, don Juan de Borbón, muchos socialistas siguieron pensando que era el único camino posible para una restauración de las libertades en España. Uno de los primeros en verlo así fue Luis Jiménez de Asúa, presidente en 1931 de la comisión que redactó la Constitución de la Segunda República, que en una carta a Prieto escrita tres meses después del Pacto de San Juan de Luz defendió la coherencia histórica del psoe en el debate monarquía/república. Esta importante misiva recuerda que, a veces, las cosas fueron al revés de lo que podría parecer a simple vista. Así, en tiempos de Alfonso xiii e incluso de Primo de Rivera, la ugt «pudo vivir a sus anchas». Luego, en cambio, el socialismo español sufrió persecución y escarnio bajo algunos gobiernos de la Segunda República, como los presididos por Lerroux y Martínez Barrios. Tales paradojas, a la altura de 1948, le llevan a pensar, tal y como le dice a Prieto, que «la ruta republicana es una vía muerta». Por eso habían decidido tomar la otra ruta, la de intentar entenderse limpiamente con los monárquicos. Jiménez de Asúa era consciente de que se trataba de una «ruta» muy larga y accidentada, complicada además por la postura de don Juan de Borbón, «reticente a un pacto con los socialistas –afirma el autor–, aunque dispuesto a perdonarles la vida si volvía a España como rey. Poco más que eso». «El mozo no es de fiar», dirá de él Indalecio Prieto en más de una ocasión ante sus frecuentes bandazos políticos.

Las páginas de este libro arrancan con las reflexiones sobre la cuestión de las formas de gobierno de los primeros socialistas cuando observaban lo que ocurría en su entorno. La Tercera República Francesa, modelo intachable para los republicanos españoles, mantenía unas condiciones laborales oprobiosas, con jornadas de doce horas, dos más que en la monárquica Inglaterra… Países con poder hereditario –monarquía o imperio–, como Bélgica, Alemania y el Reino Unido, disfrutaban de derechos y libertades inexistentes en algunas repúblicas que blasonaban de democráticas… Entonces, ¿monarquía o república? Si a los primeros socialistas les daban a elegir, preferían la segunda, pero sin hacer de ello cuestión de principio, porque la causa del socialismo era demasiado grandiosa como para detenerse en una simple forma de gobierno. Tras el Desastre del 98 y el comienzo del reinado de Alfonso xiii, poco a poco, el socialismo español fue saliendo de su indiferentismo político para inclinarse por una mayor presencia en las instituciones. En los comienzos del siglo xx, su representación era mínima. Con los usos autoritarios del gobierno presidido por Maura desde 1907 el panorama cambia, y poco después nace la conjunción republicano-socialista, que se presentó a las elecciones legislativas y consiguió llevar a las nuevas Cortes veintisiete diputados, entre ellos a Pablo Iglesias como primer diputado socialista en el Parlamento español: algo nuevo se había puesto en marcha. El 2 de agosto de 1917 El Socialista proclama: «¡Abajo el régimen monárquico! ¡Paso al régimen republicano!», e Iglesias anima a poner fin a cuarenta años de monarquía.

Cuando en 1923 se implantó la dictadura de Primo de Rivera, Largo Caballero y su ugt colaboraron estrechamente, convencidos de que ese debía ser el camino del socialismo español. En 1929 esta política cambió, y la mayoría se mostró partidaria de romper amarras con el régimen militar y optar de nuevo por la república. En abril de 1930, Indalecio Prieto proclamó solemnemente en el Ateneo de Madrid que era hora de definirse: «Hay que estar o con el rey o contra el rey». Había que cortar un nudo, y «ese nudo es la monarquía». Finalizó su conferencia con unas palabras dirigidas directamente al monarca: «Vos constituís un estorbo y España prescinde de vos». Tras el júbilo de las elecciones de abril de 1931, el Partido Socialista manifestó estar dispuesto a ser el más celoso defensor de la institución republicana. Pero el entusiasmo duró poco, y su diagnóstico de la situación política pasó a ser preocupante: ni la república era la de los socialistas, ni los republicanos eran, en muchos casos, más que monárquicos camuflados. «En suma –afirma el profesor Fuentes–, la brecha entre republicanos y socialistas se iba agrandando poco a poco». Y seguidamente hace un completo resumen del fracaso del reformismo y del llamado giro bolchevique del socialismo español. Llegado 1936, el 1 de mayo, en Cuenca, tan solo Prieto se permitió, en un célebre discurso, advertir de los enormes riesgos que una política de todo o nada entrañaba para la izquierda. Cuando el 17 de julio se produjo la sublevación del Ejército de África, apenas hubo lugar a la sorpresa.

El fin de la Guerra Civil y el comienzo del exilio de quienes consiguieron huir de España no apaciguaron los ánimos en las filas de la izquierda. La búsqueda de responsabilidades tuvo efectos devastadores dentro de las mismas organizaciones y hasta de las mismas familias. El estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa y la victoria alemana sobre Francia, donde se había refugiado una buena parte de la España republicana hicieron de la supervivencia el principal objetivo del socialismo en el exilio. Con la liberación de Francia, Toulouse se convirtió en la capital del socialismo español en el exilio. Allí se celebró en septiembre de 1944 el primer congreso del psoe fuera de España. A partir de este momento histórico, el profesor Fuentes nos cuenta cómo se van desarrollando, paso a paso y con serio rigor, las relaciones entre socialismo y monarquía, con sus tiras y aflojas, sus más y sus menos: El Manifiesto de Lausana y su significado; los contactos directos entre la anfd (Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas) y los monárquicos; la llegada de don Juan a Lisboa y los fundamentos de las llamadas «Bases de Estoril»; la muerte de Largo Caballero en 1946 que consagró a Indalecio Prieto como la principal figura del socialismo español de la posguerra; la hábil acción de Prieto y sus encuentros con Gil Robles; el Pacto de San Juan de Luz, que firman el conde de los Andes por los monárquicos y Prieto por el psoe, y el doble juego de don Juan; el fundado pesimismo del psoe en los comienzos de 1950 y su «cura de aislamiento»; el llamado Contubernio de Múnich, donde se reencontraron las dos Españas y ante el que don Juan demostró, una vez más, su torpeza; la década de los sesenta, la posible desaparición del psoe en el interior de España y el posterior proceso de renovación interna.

Especial relieve da el profesor Fuentes al xiii Congreso del psoe de 1974, que se desarrolló en Suresnes, a trece kilómetros de París, en el que el socialismo renovado, con Felipe González como líder y Alfonso Guerra, se impuso. En apenas tres años, un psoe recién legalizado en España se convertía en la segunda fuerza más votada, y, ocho años después de Suresnes, ganaba las elecciones por mayoría absoluta y formaba en solitario, bajo la presidencia de Felipe González, el primer gobierno de izquierdas desde la Guerra Civil. En cuanto a las relaciones de los socialistas con la monarquía, que es de lo que trata este libro, el autor destaca la buenísima relación que siempre hubo entre Felipe González y Juan Carlos i desde su primer encuentro que tuvo lugar en mayo de 1977. «Ayudaron mucho –comenta el profesor Fuentes– el olfato político y las ganas de aprender del monarca, la capacidad pedagógica de Felipe González y sobre todo la afinidad generacional, acaso la única que había entre ellos». El Socialista levantó la voz de alarma al pensar que el asumir la monarquía de forma definitiva le otorgaría un poder que acabaría interponiéndose en el camino hacia la plena «hegemonía de la clase trabajadora». Renegar de la república podía ser el primer paso en la renuncia al socialismo. El líder del psoe solventó este debate como dos años después lo hiciera con la propuesta de abandonar el marxismo, sirviéndose del célebre dilema de Max Weber, que busca el equilibrio entre la ética de las convicciones y la ética de las responsabilidades. De momento, se imponía una solución «definitoria», que no condicionaba una actuación futura. Frente a una república burguesa, una monarquía de todos: tal era la novedosa fórmula por la que apostaron los socialistas españoles en 1978. Pero fue tras el 23F cuando la izquierda española se hizo definitivamente juancarlista. El autor del presente trabajo se pregunta: «¿Qué monarquía era esa en la que un Borbón hacía tan buenas migas con el líder de un partido socialista de larga tradición republicana?». Responde que para entender el éxito de esta cohabitación hay que volver a la Transición de la que surgió esa democracia a la carta, fruto del consenso constitucional, que suponía compartir principios básicos.

Bien trabajado y a fondo, este libro finaliza con la forzada abdicación de Juan Carlos i en el año 2014. En tan duro trance, el rey sólo se fio de Felipe González, quien a su vez le respondió, una vez más, con toda fidelidad. Pero el expresidente socialista, conocedor de la influencia que el republicanismo ejerce en las nuevas generaciones de su partido, quiso, en estas fechas, dejar las cosas claras y aprovechó para expresar en unas declaraciones recogidas por la Cadena Ser: «Mis compañeros se confunden al decir que los socialistas siempre hemos sido republicanos. No es así. Éramos accidentalistas». Efectivamente, los socialistas han sido a lo largo de sus más de cien años de historia, sobre todo, accidentalistas.