
Noemí Sabugal
Laberinto mar. Un viaje por la vida y la historia de neustras costas
Alfaguara
379 páginas
Después de novelas como El asesinato de Sócrates (2010), Al acecho (2013) o Una chica sin suerte (2018), Noemí Sabugal (Santa Lucía de Gordón, León, 1979) parece haber encontrado su lugar en la literatura contando historias de largo recorrido sin el andamiaje de la ficción. Hijos del carbón (2020), su anterior libro, un ensayo literario en el que las fronteras entre periodismo y literatura son muy ténues, narra los últimos años de las minas de carbón en el momento en que estaban cerrando también las centrales térmicas, es decir, en plena transición energética. El final de un modo de vida para muchos territorios y también para el suyo, nacida en la montaña central de León, de padre y abuelos mineros.
Cuando dio por finalizada su escritura, resonaba un eco en la mente de la autora tras las numerosas entrevistas mantenidas con mineros: «Tan duro como esto, solo el mar». El paralelismo entre Hijos del carbón y Laberinto mar se mantiene en forma y fondo, un continuismo alimentado por factores biográficos, ya que sus padres y abuelos veraneaban en Gijón por el alivio que supone el aire del mar en los maltrechos pulmones mineros, y alentado por una perspectiva a medias entre el ensayo literario y el periodismo narrativo, el libro de viajes y la crónica, esta última tal como la ponen en práctica maestros latinoamericanos del género como Martín Caparrós, inventor de ese neologismo llamado «lacrónica», un texto periodístico que se ocupa de lo que no es noticia, o Leila Guerriero, para quien la investigación periodística necesaria para un libro de este tipo solo se revela en un diez por ciento, pero ese porcentaje resulta significativo gracias al otro noventa por ciento que se queda en el archivo. Un modo muy documentado de contar historias reales que también cuenta en España con libros fantásticos de Ander Izagirre, Virginia Mendoza, Jorge Carrión o Paco Cerdá, entre otros.
Laberinto mar es el resultado de diferentes viajes a lo largo de cinco años por las costas de todo el país en compañía de Pablo J. Casal, autor del material fotográfico. Un trabajo exhaustivo de documentación, de viajes y de grabación de numerosos testimonios de personas que le abrieron las puertas de sus casas y de sus vidas, esta vez a orillas del mar. Por ello, el resultado es un homenaje al mar como fuente de vida y de trabajo, como refugio, negocio, contemplación y también como cementerio. Un compendio de ambición enciclopédica que evita el aplastamiento por exceso mediante una disposición temática hilvanada desde una subjetividad que sostiene el entramado en los límites del ojo y el oído humano. Laberinto mar abre un angular inmenso, pero condicionado por la capacidad de observación y de atención de una primera persona narrativa inmersa en un proyecto alejado de la omniscencia, con voluntad de estilo en la manera en que vertebra y enhebra todas las cosas, sin ambiciones conclusivas, de tú a tú, pisando el mismo suelo, resbaladizo en ocasiones, que sus confidentes. Todas las facetas del mar, personales y sociales, históricas, económicas y ecológicas, están presentes en una disposición temática que no sigue un orden prioritario. En este libro, el mar es naturaleza y a la vez, turismo. Histórico camino de salida de migrantes españoles y de llegada ahora de otras personas que se juegan la vida en cayucos. Mapa ondulado y cambiante en el que se trazaron los relatos de aventureros y descubridores y ahora se marcan las rutas de los cruceros, los mercantes, los pesqueros y las lanchas rápidas de los narcotraficantes. Astilleros y superpuertos, sirenas y leyendas, mareas de chapapote y bidones nucleares arrojados a la Fosa Atlántica. Islas de plástico y aguas cristalinas. Todo ello conforma este laberinto que nos rodea por todas partes menos por una que nos mantiene unidos a Europa. Somos casi una isla, como nos recuerda Noemí Sabugal en varias ocasiones, y esa casi insularidad nos ha determinado a lo largo de la historia.
«El mar no guarda huellas», decía Ignacio Aldecoa, pero la literatura, sí. Los libros preservan las huellas de la vida y no existe lo antiguo y lo nuevo, somos contemporáneos de todo cuanto existe. Laberinto mar preserva el magnetismo del mar, su capacidad de suspender el pensamiento, pero además de esa condición enigmática, también el trabajo, la fatalidad. Los trabajos del mar.