Amparo Dávila
Cuentos reunidos
Páginas de Espuma
312 páginas
POR CÉSAR TEJEDA

Amparo Dávila decía que no era una escritora rigurosa, en el sentido de que no solía trabajar en sus cuentos, en sus poemas, en sus textos en general, con rutinas estrictas. En cambio, que era una escritura rigurosa en el sentido de que solía cuidar el estilo minuciosamente; yo pienso que era una escritora rigurosa, sobre todo, con sus obsesiones, acaso lo más legítimo —vamos a decirlo así— de las personas que escriben y llegan a deslumbrar, inquietar, muchas veces perturbar, con sus cuentos. Porque vamos a hacer a un lado los estilos y las rutinas para hablar de los temas que lo embargan a uno. Lo que podemos ensayar hasta el hartazgo de nuestras consciencias para seducir a los demás, lo que buscamos y encontramos muchas veces, pero por caminos inesperados; un caleidoscopio que se las arregla para representar un finito universo de mil maneras.

Dávila nació en los años veinte del siglo pasado en Pinos, un pequeño poblado del estado de Zacatecas, ubicado en el centro-norte de México. Y, como suele ocurrir en el caso de los personajes míticos, sus inicios en la literatura se han convertido en pequeñas historias que la memoria y el tiempo llegaron a perfeccionar. Solía decir, por ejemplo, que, por haber sido una niña enfermiza y febril, solía pasar horas encerrada en la biblioteca de su padre mirando por la ventana, al resguardo del frío; dado que Pinos carecía de cementerios, era habitual ver a la gente con sus muertos en carretillas que luego eran enterrados en las laderas. Dijo Amparo: «Eso pasaba a través de la ventana: no la vida, sino la muerte»1. Contaba, también, que su madre vivía deprimida debido a la prematura muerte del resto de sus hijos, y que observar a su madre agobiada por la depresión y por el insomnio la llevó a imaginar, siendo sólo una niña, que el mundo era un lugar donde las personas eran incapaces de salir de espirales heladas, oprimidas por los demonios. Las monjas que la educaron, como su madre, en un estricto catolicismo, la convencieron de que Dios se había sacrificado por nosotros para alejarnos del mal, algo que la conmovió al grado de llevarla a la escritura de poemas místicos: «En ellos veía al Padre Eterno y a Jesucristo como jardineros, regando las plantitas para que crecieran y dieran frutos. Ese es mi verdadero inicio en la literatura», le dijo la misma Amparo a Vivian Abenshushan en una entrevista.

Cuales fueran los motivos, las circunstancias hiladas, que la llevaron a las artes literarias, ella solía afirmar que no eligió ser escritora, de la misma forma en la que no eligió nacer como un pájaro o como una flor, por decir algo; era, más bien, un destino. Para restar a sus palabras cualquier presunción, aseguraba que el sino de la literatura no fue, para ella, ni una fortuna ni una desgracia; fue, sencillamente, algo que debió aceptar, y algo que a la postre dedicó toda su energía, hasta que se vio rebasada por los compromisos familiares. La lesión cerebral que sufrió una de sus hijas debido a un accidente de nacimiento, provocó que debiera distraerse de su vocación: «No me arrepiento, claro que no, pero a veces sí me da tristeza y siento frustración, pero no lo podía haber hecho de otra manera, ¿verdad?».2

La pregunta con la que terminó su comentario —«¿verdad?»— me provoca una irremediable ternura.

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Sus cuentos, debo decirlo, podrían parecer carentes de ternura si no se leyeran con detenimiento. Por ejemplo: «Música concreta», el cuento de Amparo que más me gusta, trata sobre dos amigos de la juventud, Marcela y Sergio, que vuelven a encontrarse casualmente cuando están apunto de cumplir 40 años. Sergio mira Marcela en una librería, duda si es ella, termina acercándose a saludarla y descubre que en su vieja amiga hay un aire de tristeza que le resulta ajeno. Marcela se había casado con Luis, también amigo de la juventud de Sergio, pero, antes de eso, los tres habían compartido tertulias en apariencia inacabables escuchando a Louis Armstrong. Ha pasado el tiempo, Marcela y Luis tuvieron hijos, y Sergio, un hombre de negocios que ha permanecido soltero, decide hacerse un espacio en su ocupada agenda para obsesionarse con la tristeza de Marcela. Más bien: en los motivos detrás de dicha tristeza. Él la invita a tomar un café, la invita a su departamento, vuelve a ganarse su confianza y entonces ella se sincera sobre las razones que la han deprimido. Luis, su esposo, mantiene desde hace años un romance con una costurera joven, de ojos saltones, con la cabeza pegada al torso como si no tuviera cuello. La costurera, además de acostarse con Luis, acude en las noches a acosar a Marcela: entra en su jardín y comienza a croar de forma perturbadora para enloquecerla y dedicarle malos augurios. Sergio, desde luego, piensa que Marcela ha perdido el juicio y, con el mayor cariño que puede, trata de convencerla de que el asunto de la mujer croando debe ser un producto de su imaginación. Marcela le dice: «Sabía que no me creerías». Sergio siente, entonces, por su amiga, una «desollada ternura». Decide investigar el asunto por sí mismo sin consultarlo ni con Marcela ni con Luis: está dispuesto a todo con tal de transformar el destino de su amiga.

«El espejo» es un cuento de Amparo Dávila que resulta tan inquietante como «Música concreta», y en donde la autora zacatecana explora inquietudes similares. En él, un hombre joven que vive con su madre decide internarla en un hospital luego de que ella se rompe una pierna. El hombre, que viaja constantemente por motivos laborales, no encuentra una mejor opción para cuidarla. Los dos se han jurado ser jueces implacables del otro, y por ese motivo, cuando el joven visita a su madre, esta le dice que ha comenzado a enloquecer. Hay algo en el espejo de la habitación del hospital, algo indescifrable y siniestro, que la atormenta. El hombre, al inicio, piensa que todo debe ser culpa de alguna enfermera y pide que la cambien, pero pasan los días sin que la madre mejore. El hombre trata de encontrar soluciones prácticas, pero nunca se le ocurre llevar a su madre a casa y pagar los cuidados de alguien más. Al contrario, socava las soluciones prácticas y termina durmiendo con su madre en el hospital, donde comienza a experimentar, en mente propia, el influjo del espejo: «Habíamos sido elegidos y, como tales, aceptamos sin rebeldía ni violencia, pero sí con la desesperanza de lo irremediable».

Recuerdo aquello que había expresado Amparo en una entrevista, mientras hablaba de cómo debió alejarse de la literatura para atender a su hija: «[…] pero no lo podía haber hecho de otra manera, ¿verdad?».

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Los Cuentos reunidos de Amparo Dávila, donde se compilan cuatro títulos publicados en 1959, 1961, 1977 y 2008, tratan, en mayor medida, sobre la ternura que nos embarga al presenciar el carácter ineludible del destino, que se vuelve incluso más opresivo cuando disemina su influencia en las personas que amamos: una inquietud inagotable, conmovedora, que Amparo llevó a cabo en algunos de los mejores relatos escritos en México, en los que renovó, y oscureció, el género fantástico.

En una entrevista que concedió el 8 de noviembre de 2016, cuando tenía 88 años, Amparo dijo que no tenía un cuento favorito: «Son como lo hijos, pues todos me son muy importantes». Podría optar por uno porque le costó más trabajo o por otro porque pudo escribirlo fácilmente. En esa misma entrevista, dijo que hubo un tiempo en el que pensó que sus textos estaban pasados de moda, caducos, pero que luego se dio cuenta de que en los homenajes y en las ferias del libro, solía dedicar sus libros a largas filas de gente joven que llegaba hasta ella con primeras ediciones, maltratadas, en las manos: «[…] eso me alentó mucho, porque dije: ‘No han pasado de moda, todavía existen, todavía tienen vida»3.

Amparo Dávila, que moriría en abril de 2020, tenía razón: el destino de sus cuentos, o la forma en que sus cuentos han transformado el destino de los jóvenes escritores en México, quienes la leen con entusiasmo, quienes la recomiendan entre sí todo el tiempo, provoca un entusiasmo que resulta, por decir lo menos, enternecedor.

1. https://www.avispero.com.mx/blog/articulo/en-el-jardin-del-miedo-entrevista-amparo-davila
2. http://zaloamati.azc.uam.mx/handle/11191/1400
3. https://www.youtube.com/watch?v=STec2k9ojzQ