Pola Oloixarac
Bad hombre
Random House
224 páginas
POR LILIANA MUÑOZ

Bad hombre, de Pola Oloixarac, encierra, al mismo tiempo, una propuesta afortunada y una ejecución vacilante.

A medio camino entre la novela, el ensayo y la autobiografía, y adoptando un tono que oscila entre lo detectivesco y lo periodístico, el libro de Oloixarac es, pese a algunos de sus defectos, crudo, vivaz e inteligente. Valiéndose de una prosa ácida, divertida y en ocasiones erudita, la autora se adentra en un territorio donde la denuncia, la venganza y la pulsión del espectáculo mediático se entrelazan con la bruma de la subjetividad. En cada capítulo habitan acusaciones anónimas, conspiraciones morales y agravios aparentes. Desde la de su antigua amiga Lola —quien, en una vendetta personal, decide castigar a la narradora por no sumarse a un linchamiento: «esto la hirió profundamente, yo había dudado de su palabra. La había traicionado: no había accedido a montar un escrache de acusación de violencia de género en una red social contra mi amigo»— hasta el patético caso del Perro, quien socava la confianza de una feminista influyente con la que mantenía relaciones sexuales, Bad hombre se mueve en el terreno de la sospecha. En este sentido, Oloixarac no ofrece soluciones didácticas ni respuestas maniqueas; no promete certezas, sino pistas cruzadas, y personajes que en ocasiones son monstruos y a ratos pobres diablos, como en el caso de Laurent, un élu del sistema francés, suspendido de la École Normale Supérieure tras la denuncia anónima de una joven a la que, según afirma, jamás vio en persona (y que, después de una larga investigación, resultó ser un perfil falso). Ya desde el inicio, el tema es claro: la cultura de la cancelación y su uso instrumental. La autora sostiene que muchas acusaciones, aunque nacidas de heridas reales, son empleadas por ciertas mujeres como herramientas de venganza o para conseguir beneficios tangenciales. Estas denunciantes constituyen una figura contemporánea de justicia extrajudicial que, paradójicamente, termina por reforzar estructuras de poder: cada denuncia falsa es un pretexto para cuestionar la credibilidad del movimiento feminista. Por ello, quizá lo más interesante del libro de Oloixarac sea su postura respecto al deseo femenino, que ya algunas teóricas han comenzado a poner de relieve: la tensión entre cuerpos deseantes y estructuras vigilantes. Aunque Oloixarac es conocida por sus novelas previas —Las teorías salvajes, Las constelaciones oscuras, Mona—, Bad hombre representa un desplazamiento hacia la autoficción con fines críticos, una novela que se sitúa en el límite entre lo personal, lo político y lo narrativo. Y tal vez ese es el problema: a mi juicio, Bad hombre merecía ser un ensayo; la complejidad del tema lo ameritaba y esto habría permitido que brillara aún más la agudeza de la autora.

Bad hombre está plagado de tensiones, contradicciones y zonas grises. Provocador y disidente, apuesta por la incomodidad y dispara hacia todos los frentes del debate público en torno a la cancelación, el consentimiento, la presunción de inocencia y los alcances y los límites de la justicia. Es una pena que el libro se centre más en hacer sonar las alarmas y suscitar la polémica que en despertar la reflexión, la crítica y la autocrítica. Puede ser que, por un lado, esa sea la apuesta central: dar pie al cuestionamiento sin replegarse en bandos cómodos ni en trincheras morales. Pero tal como está resuelto, Bad hombre corre el riesgo de encender mucho y esclarecer poco. Aun así, si llegara a manos de un lector abierto a la duda, al cerrar la última página, este podría repetir —aunque con un sentido distinto— las palabras del personaje de Coleridge al encontrar una flor en la palma de su mano: «¿entonces qué?».