El personaje español y su contraparte chilena poseen inteligencias imaginativas, un deseo de libertad intransable y una generosidad natural que sus miserias no consiguen amargar. Sobre todo, en ambos adolescentes llamea ese ardor juvenil insatisfecho que el René, de Chateaubriand, llamó «superabundancia de vida”[5]. Este ardor los lleva a enamorarse tempranamente, con una pasión que no cederá ante nada para realizarse.
Gabriel conoce a su amada Inés a los dieciséis años y desde entonces luchará por unirse a ella contra viento y marea. Contra los vientos de una familia que se opone y contra las mareas de la convulsa historia española de su época que, a menudo, contribuyen a separarlo de su amada.
En la tercera entrega de los Episodios nacionales, Inés ha sido virtualmente raptada por un tío, en cuarto grado, que pretende casarse con esa adolescente. Este tío la encierra en su casa, que a la vez es una tienda de paños en la calle de la Sal de Madrid. El retrato de aquel sujeto avaro y la vida cotidiana en esa tienducha y vivienda oscuras serían dickensianos sino fuera porque tenemos un adjetivo propio para describirlos: son galdosianos.
Gabriel se infiltra en esa casa contratado como chico para todo servicio, interno o «puertas adentro». Su objetivo es liberar a Inés y fugarse con ella. Pero no le será fácil lograrlo porque el tío, su hermana y un mancebo de ese comercio sostienen una férrea vigilancia. Por fin, tras muchas intrigas, Gabriel consigue burlar a los vigilantes y acercarse a la puerta cerrada del cuarto donde pena su amada. Ambos se miran y se hablan a través del ojo de la cerradura. Tamborilean con los dedos sobre la puerta hasta ubicar la exacta posición de sus manos y así poder sentirse sin tocarse. «Besamos la barrera que nos separaba y el diálogo se acabó».[6]
Esa escena madrileña evoca el amor de Deidamia y el Ñato Díaz que, en Santiago, se ven separados por una tapia. Al igual que ese enamorado español, el protagonista chileno también quiere liberar a su amada de la amenaza de un matrimonio forzado. Para conseguirlo, el Ñato provoca un incidente escandaloso durante el desfile triunfal del ejército del general Bulnes que regresa a Santiago. En el tumulto consiguiente el joven pretende escapar con Deidamia. «Ven por aquí, no tengas miedo; yo te sacaré, confíate en mí»,[7] le dice, tomándole las manos.
Por su parte, en la novela de Galdós un gran festejo público facilita una primera escapatoria de los amantes. El nuevo rey, Fernando VII, entra triunfalmente a Madrid el 24 de marzo de 1808. El tío avaro y su hermana, que desean asistir al festejo, llevan consigo a Inés y a Gabriel para mantenerlos vigilados. El pueblo alborozado y el desfile de los ejércitos que acompañan al nuevo monarca provocan una enorme aglomeración en la Puerta del Sol. Galdós describe de manera indirecta —y magistral— la diversidad de esa multitud:
Los niños no habían asistido a la escuela, ni los jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a la covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las cigarreras a la fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la calle de Toledo.[8]
Ese gentío arrastra al tío avaro y a la chaperona separándolos de Inés y Gabriel. Los jóvenes aprovechan esta confusión para abrazarse y besarse por primera vez después de mucho tiempo. «Estábamos solos», recuerda Gabriel, extasiado. En medio de una espesa multitud estos enamorados se sienten a solas. (Ese detalle bastaría para justificar esta novela.)
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La primera serie de los Episodios nacionales, protagonizada por Gabriel Araceli, fue publicada en 1873, en Madrid. La novela El loco Estero fue publicada en París, en 1909. A primera vista, esta cronología invita a sospechar una influencia de Pérez Galdós en Blest Gana, al menos para esta obra. No es posible descartar esta hipótesis totalmente. Sin embargo, es poco probable, porque El loco Estero es, en realidad, la continuación tardía y fragmentaria de un ciclo de novelas históricas que Blest concibió mucho antes que Galdós iniciara el suyo.
En 1861, en su discurso de incorporación a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile, Blest Gana anunció ese proyecto novelístico. La primera entrega de este ciclo fue Martín Rivas, aparecida en 1862 (casi una década antes de que Galdós publicara su primera novela). Así las cosas, El loco Estero viene a ser lo que hoy llamaríamos una «precuela» de aquella obra precedente. El Ñato Díaz es un avatar o una encarnación anterior de Martín.
Las semejanzas entre las aventuras amorosas de Gabriel Araceli y Carlos «el Ñato» Díaz no vienen de una influencia directa. Blest Gana y Pérez Galdós se nutrieron de un fondo literario común. Por ejemplo, esa tapia o puerta cerrada que separa a las dos parejas de amantes, en Santiago y en Madrid, es tan antigua como la literatura de tema amoroso.
No hace mucho, releyendo El conde de Montecristo, encontré a dos jóvenes enamorados —Maximilien Morrel y Valentine de Villefort— que sólo pueden comunicarse empinándose sobre la valla que cierra un gran jardín, igual que lo hacen el Ñato y Deidamia. El conde de Montecristo fue publicado en folletín entre 1844 y 1846, décadas antes de que Blest y Galdós publicaran sus novelas. Y, sin duda, Dumas se nutrió de fuentes mucho más antiguas.
En una de sus Metamorfosis, Ovidio recontó el viejo mito de Tisbe y Píramo: dos adolescentes enamorados que se hablan a través de una grieta en el muro que separa sus casas familiares. Galdós, al narrar la escena en que Inés y Gabriel se hablan a través de una puerta y se miran por el ojo de la cerradura, compara esa escena con las dificultades de Tisbe.
Esa y otras coincidencias de temas y motivos literarios asemejan la obra de Blest Gana y la de Pérez Galdós. Por supuesto, también hay muchas diferencias y desniveles entre ellas. La discrepancia principal se ve en los estilos cuyas personalidades difieren marcadamente.
La prosa de Blest es eficiente pero convencional y un poco fría o distanciada. Su talento no brilla en el estilo, sino en la creación de personajes muy característicos que actúan en ambientes sociales e históricos descritos con precisión.
El estilo de Galdós es más rico que el de Blest, hay más plasticidad y variedad en el lenguaje del español. Asimismo, en Galdós hay más pasión (y parcialidad).
Sin embargo, Blest Gana supera a Pérez Galdós en la estructura orgánica de sus argumentos que son menos caprichosos e inverosímiles.
Coincidencias y diferencias aparte, un atributo narrativo esencial hermana al novelista chileno con su par español: la desbordante invención que caracteriza las obras de ambos.
Blest y Galdós inventaron tramas complejas y a veces profundas. Inventaron personajes originales en sus conductas, gestos y diálogos. Y todo eso lo plasmaron con un arte narrativo vívido que captura la imaginación y luego la memoria de sus lectores.
En la primera entrega de los Episodios nacionales, Galdós nos muestra al niño Gabriel, en los muelles de Cádiz, entretenido en librar batallas con barquitos de juguete:
Nuestras flotas se lanzaban a tomar viento en océanos de tres varas de ancho; […] se chocaban remedando sangrientos abordajes, en que se batía con gloria su imaginaria tripulación; […] y en tanto nosotros bailábamos de regocijo en la costa. [9]
Esa batalla de barquitos de juguete con sus tripulaciones imaginarias prefigura lo que serán las abigarradas cuarenta y seis novelas que conforman los Episodios nacionales. Una profusión de aventuras alineadas y entrechocadas, tan confusas como vívidas y regocijantes.
Por su parte, en una escena inolvidable de El loco Estero, el Ñato Díaz libra un combate de volantines trenzados en el cielo de Santiago. El cometa del Ñato, en forma de estrella, es elevado desde el huerto dividido por aquella tapia que lo separa de su amor. Pero otros pretenden cortar su vuelo:
[…] el número de volantines que acudían en son de guerra iba aumentando en el espacio, tiranteados con maestría, ladeándose a derecha e izquierda. Los más grandes iban rápidamente arremontando y acercándose a la estrella.[10]
Pese al mayor número de sus enemigos, el Ñato maneja con pericia su volantín, engancha a varios cometas rivales, los «manda cortados» y su estrella se adueña del firmamento. Sin embargo, a la postre, las trampas de la casa vecina le roban este triunfo.
Batalla del héroe contra fuerzas tan superiores como el cielo, ese combate de volantines sintetiza la gracia aérea y aterrizada, a la vez, de las mejores obras del novelista chileno. Sus novelas ascienden, vuelan y revolotean como un cometa, siempre sujeto a tierra por el hilo que controla, con mano firme y hábil, Blest Gana.
Benito Pérez Galdós y Alberto Blest Gana llevan muertos un siglo, pero siguen ganando esas batallas imaginarias.
[1] Una digresión lexicográfica: En su Diccionario de chilenismos, Zorobabel Rodríguez especuló que la voz «paco» vendría del quechua paccu, que significa rubio o bayo, por el color del poncho que usaban esos policías. En su Diccionario etimológico, Rodolfo Lenz lo aseguró.
[2] Alberto Blest Gana, Obras selectas, tomo III, p. 689. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1969.
[3] Blest Gana, op. cit., p. 645
[4] Benito Pérez Galdós, Episodios nacionales, «Trafalgar», p. 12. Librería de los sucesores de Hernando, Madrid, 1907.
[5] «Sans parents, sans amis, pour ainsi dire seul sur la terre, n’ayant point encore aimé, j’étais accablé d’une surabondance de vie». Chateaubriand, René, Éditions Garnier Frères, París, 1966. p. 209.
[6] Benito Pérez Galdós, Episodios nacionales, «El 19 de marzo y el 2 de mayo», p. 153. Imprenta La Guirnalda, Madrid, 1887.
[7] Blest Gana, op. cit., p. 696.
[8] Pérez Galdós, op. cit., p. 159.
[9] Benito Pérez Galdós, Episodios nacionales, «Trafalgar», p. 9. Librería de los sucesores de Hernando, Madrid, 1907.
[10] Blest Gana, op. cit., p. 711.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]