POR MERCEDES CEBRIÁN
Fotografía de Lisbeth Salas

La mayoría de las obras de Carolina Sanín se clasifican bajo la etiqueta de «narrativa» para simplificarle la tarea tanto a los libreros como a sus editores y lectores. Situémoslos entonces en «narrativa», y quien se aventure a leer a Sanín ya descubrirá por su cuenta que esta etiqueta se le queda pequeñísima a sus libros, tan pequeña como la habitación donde se encontraba la Alicia de Lewis Carroll tras morder el pastel que decía «cómeme». Así que somos sus lectores los que hemos de hacer el esfuerzo, grato siempre, de acompañarla por los caminos que ella decida recorrer en su escritura.

«A veces sientes como si este libro no te cupiera en la cabeza porque no cabes en él», dice la narradora de su libro Tu cruz en el cielo desierto, y esta sensación la compartimos tanto los lectores de su obra como quienes la escuchamos en los monólogos que ofrece en el canal de Youtube de la revista Cambio Colombia. Su cerebro parece estar en constante actividad, y su entrega al pensamiento y al análisis refinado se deja ver en todas sus prácticas discursivas, sean del tipo que sean. La misión de la autora parece clara: aprehender el mundo; comprender cómo funcionamos en tanto que habitantes de este planeta.

Para asomarse a su obra, cualquiera de sus libros es adecuado. Si preferimos una novela con una trama resumible y personajes principales y secundarios, entonces podríamos comenzar por Los niños (2023), recientemente reeditado en España por la editorial Blatt & Ríos, que también se ha encargado de publicarle otros dos títulos: Tu cruz en el cielo desierto (2021) y Somos luces abismales (2020), para que los lectores residentes en España puedan leerla en libro físico.

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El lenguaje es un elemento que Sanín maneja con el mismo placer y la misma consciencia experimental con la que Paul Klee y Kandinsky empleaban el color en sus obras, de ahí que muchas de ellas llevasen títulos como Composición o Estudio de color, pues era sobre el lienzo donde ponían a prueba su herramienta principal de trabajo, sometiéndola a diversas presiones, probando sus límites y sus posibilidades. Algo parecido hace Sanín en sus escritos: no oculta que, al mismo tiempo que narra, está pensando sobre el lenguaje, está ponderando si emplear una palabra u otra, o si decantarse por una expresión quizás en desuso. Lo vemos en el párrafo inicial de «Las Pléyades», un texto perteneciente a Somos luces abismales: «Fuimos a comprar queso de cabra en una granja en la montaña. Yo ya había ido antes y conocía el aprisco, y escribo esa palabra porque puede suceder que hoy no la escriba tampoco otro, y por un día ella quede fuera de todos los caminos que podría transitar. “Aprisco” contiene “risco”, que, según se dice, puede estar en la raíz de “riesgo”, aunque otros dicen que “riesgo” viene del árabe rizq, que es lo que depara la providencia: quizá lo contrario de un riesgo, y quizá lo mismo»

El lenguaje es, por tanto, uno de los subtemas de sus ensayos y narraciones. Incluso podríamos considerarlo un personaje que entra en escena cuando es reclamado, si bien sabe quedarse en un discreto segundo plano si es necesario. La paradoja es que, aunque se trate de una herramienta que le sirve para llevar a cabo lo que pretende a nivel discursivo, también funciona como un obstáculo que se lo impide, y precisamente en esta contradicción parece hallarse la esencia de la poética de Sanín.

Otro aspecto que se deja ver en todos los libros de la autora es su sensibilidad hacia los animales. En Somos luces abismales aparecen palomas, un perro, un potro y unos frailejones. «Los animales nos hacemos visibles en el desamparo: somos luces abismales», escribe, y ese uso de la primera persona de plural es coherente con su anhelo de establecer vínculos con los otros animales, los considerados «no racionales», pero siempre desde el asombro, no desde la superioridad o la actitud arrogante propia de los humanos. A veces incluso los imagina hablando, como en esta conversación entre un potro y su madre: «El relinchó y allá contestó la yegua, donde no podíamos verla. ¡Madre!, ¡madre! ¿hijo!, ¿hijo! O: ¡Aquí estoy!, ¡aquí estoy! ¿Dónde?, ¿dónde? O: ¡Soy yo!, ¡soy yo! ¿Quién?, ¿quién? O la yegua lo llamó primero, preguntó primero, y fue él quien contestó».

Otro ejemplo lo encontramos en la novela Los niños, donde un perro y una ballena son también personajes importantes de la historia, centrada en la relación entre una mujer (que vive precisamente con su perro Brus) y un niño abandonado con el que ella decide entablar un vínculo peculiar, que no se puede denominar adopción ni tampoco mera amistad. No es casual que la narradora esté leyendo Moby Dick durante el desarrollo de la historia, pues ese mamífero que se tragó a Jonás en la Biblia resuena en Los niños como una inmensa casa que acoge a nuestros seres queridos («En forma de una gran ballena, la promesa del niño cruzaría el océano hasta el otro mundo. Cuando llegara, resultaría que en realidad había llegado antes de la fundación, y que lo que parecía una isla había sido siempre el cuerpo de la ballena, la superficie de su vida misteriosa»).

El universo entre bienintencionado y levemente perverso de los servicios sociales, con su estricta burocracia, aparece diseccionado en Los niños con particular crudeza. La particular finura de la autora para imitar jergas profesionales y hablas ajenas acaba por resultar casi humorística, concretamente en las secciones en las que reproduce el contenido de un informe imaginario redactado por trabajadores de este campo, lo que nos hace reparar también a los lectores en la facilidad que tienen los humanos para embarrar su propia herramienta de comunicación.

Los niños no es una novela fantástica: está ambientada en la Bogotá actual, pero al mismo tiempo nos lleva hasta la puerta de entrada de un mundo que podría tornarse absurdo a causa de los humanos que habitamos en él. Para ilustrar esta tensión, un buen ejemplo material es el álbum de cromos que venden con fines benéficos en el centro de acogida de Fidel, el niño protagonista de la historia. Las láminas adhesivas que conforman el álbum son en realidad las caras de los niños huérfanos, que se convierten en imágenes coleccionables, en una acción que combina la caridad con el merchandising de manera cuando menos inquietante. No podemos descartar que una iniciativa como esta exista en alguna parte del mundo, ideada con la mejor voluntad («el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones»), pero de no existir, estamos a punto de que nuestra estupidez la ponga en práctica, parece decirnos Sanín en esta novela que arroja sobre los humanos una luz tan directa y potente que nos produce cierto miedo vernos iluminados por ella.

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Sanín es doctora en literatura por la Universidad de Yale con una tesis sobre colecciones de cuentos medievales, y dedica gran parte de su tiempo a la docencia: escuchar sus clases es una experiencia gratificante, pues sus sesiones son ante todo un intercambio de lecturas y reflexiones, no la transmisión unilateral de un saber sin fisuras. Su faceta como profesora influye en su estilo, lo cual no implica que en sus libros emplee un tono propio de una filóloga erudita que no se aparta del camino de los maestros. Por el contrario, en ellos echa mano de su vasto conocimiento de la tradición literaria universal con una libertad que nos permite calificar sus textos con ese adjetivo que tanto se emplea y que solo en escasos autores –estamos ante una de ellas– resulta de verdad preciso: son textos inclasificables, en el mejor sentido de la palabra. Inclasificable es, por ejemplo, su libro Tu cruz en el cielo desierto, que comienza como una confesión acerca de un desamor («Fui a Oaxaca porque me invitaron a una feria del libro y también para buscar la penúltima noticia de un amor mal olvidado») y continúa como un ensayo que trata de entender a qué llamamos amor, e incluye numerosas reflexiones acerca de amores literarios como el de Romeo y Julieta.

A pesar de su presencia habitual en redes sociales o de su uso de formatos como el videoensayo, ambos nacidos en este milenio, Sanín no está únicamente vinculada con las prácticas comunicativas del siglo XXI. Podríamos decir que es una escritora atemporal, en conexión directa con la Grecia clásica y su mitología, con la literatura del medievo y con muy diversas tradiciones literarias y filosóficas. Otro punto que la sitúa en otra época –no podría precisar en cuál– es que sigue confiando en el valor de la palabra. Tanto es así que en sus clases no emplea herramientas gráficas como el PowerPoint, ni tampoco en sus monólogos para la revista Cambio. Sanín no siente que al lenguaje le falte algo que necesite ser completado con imágenes, algo que sí parecen opinar la mayoría de docentes y conferenciantes actuales. Ella misma, en uno de sus monólogos, el titulado Expresiones de la empatía, comenta que nunca edita sus videos añadiéndoles rótulos o imágenes, y esto se debe a que los considera un acto, y no un producto. Escucharla pensar en alto es un verdadero placer intelectual: si bien lleva un guion escrito a mano que a veces se entrevé en la pantalla, su manera de expresarse es similar a la de una intérprete de jazz en el momento de ejecutar su solo: aunque se dejen notar su destreza y su saber adquiridos a lo largo de años, en ese momento se expone con cierta vulnerabilidad ante quienes la escuchan, gracias a su naturalidad y su franqueza.

Para Sanín todo es susceptible de ser pensado, de ahí que lo mismo pueda escribir acerca del suelo de Bogotá como metáfora de una ciudad hostil hacia sus habitantes, de la ocupación del espacio público a través del ruido excesivo, del polémico cartel de la Semana Santa sevillana de 2024 y de mil otros temas que, abordados por ella, se vuelven estimulantes, o más bien diría urgentes, y acaban desembocando en otros tantos a los que no esperábamos ni por asomo llegar. Por eso, preguntarle a un libro de Carolina Sanín de qué trata no es tan adecuado como preguntarle cuál es su punto de partida, su detonante. La propia autora lo puntualizó en una entrevista acerca de su libro más reciente, El Sol (Random House Colombia, 2023), una colección de textos ensayísticos en la línea de Somos luces abismales. El combustible de sus obras lo obtiene de su enorme capacidad para cuestionarlo todo, para no dar por hecho ningún aspecto de nuestra sociedad y costumbres.

En definitiva, Sanín escribe sobre el hecho de estar vivos, y para corroborarlo me remito a otra entrevista donde declara que «contar historias es contar el cambio de las cosas en el tiempo y cuando alguien narra, lo que está haciendo es preguntándose cómo pasa el tiempo por la vida».

Sanín es una flautista de Hamelin del pensamiento: es inevitable seguirla por donde elija llevarnos.