Lo he referido ya en alguna ocasión, pero el medio —una revista académica de circulación muy restringida— me permite y casi me obliga a contarlo de nuevo, porque el asunto, como podrá verse, merece la pena. O tal vez porque, como a los niños, me gusta oír de nuevo un cuento que me cautiva, esta vez contado por mí mismo.

En el norte de la isla de Gran Canaria existe un barranco llamado Las Garzas. Muy cerca de él había nacido Manuel González Sosa. El barranco era un lugar muy ligado a su infancia. Se llamaba así porque en él, en efecto, hubo garzas en el pasado. Pero Manuel, que vivió en esas tierras hasta su juventud, y que volvía allí a menudo, nunca llegó a ver garzas en aquel barranco, y siempre se lamentó por ello. Las garzas, desgraciadamente, habían abandonado aquel lugar hacía muchos años, probablemente al desecarse una pequeña laguna. Manuel escribió el poema «Las garzas», muy breve, a este propósito:

Nunca os vi. Siempre quise

horadar vuestro nombre y contemplaros

cuando bajabais, lentas, hacia

uno de mis recuerdos no vividos.

 

Manuel falleció en octubre de 2011, con casi noventa años. Se decidió que sus cenizas fueran arrojadas al barranco de Las Garzas, uno de los lugares que más amaba de su tierra. Así se hizo el miércoles 2 de noviembre. Pero ocurrió lo inimaginable: en el instante del aventamiento, una sobrina del poeta descubrió con sorpresa e incredulidad, a lo lejos, una garza. El animal se mantuvo inmóvil en todo momento, como si quisiera participar en aquella despedida. Justo antes de acabar el acto, levantó el vuelo. El hecho me fue confirmado días más tarde, en todos sus detalles, por otro de los asistentes al acto.

Sólo la poesía puede explicar lo que allí ocurrió. Sólo lo que Baudelaire llamaba, en efecto, «el único milagro para el cual se nos ha concedido permiso», había tenido allí lugar. Se había, en cierto sentido, realizado.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]