POR NÉLIDA PIÑÓN

Hay frases que recorren el mundo revestidas de autoridad. Basta pronunciarlas para que todos se dejen convencer por sus aciertos. Consagradas por los siglos, forman parte de aquel repertorio cultural de procedencia noble, citado con frecuencia, y que nadie contesta. Son sentencias que refuerzan, por su carácter inmutable, equívocos históricos, prejuicios, creencias conservadoras.

 

La frase «Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses» se ajusta bien a esta categoría. Inscrita en la entrada del santuario de Delfos, en la Grecia antigua, y difundida por Sócrates, circula hasta el día de hoy por Occidente. En torno de ella se han tejido tantas interpretaciones que se volvió imposible rastrear sus efectos en la vida del ciudadano común. Y algunos de sus fundamentos, adaptados a la modernidad, desembocarán en estas líneas de autoconocimiento, formando parte de ciertos postulados inherentes al psicoanálisis.

 

La sentencia nos convence de que el hombre tiene condiciones para visitar el templo del alma, de recorrer sus salas como si estuviese en un museo. Pudiendo así, al final de esta inspección, descifrar los propios misterios, el tumulto de sus emociones, los sentimientos que lleva encerrados en su pecho. Hablar las muchas lenguas que cada cual habla en el interior de su corazón. Enumerar los diversos seres que lo habitan simultáneamente. Mencionar las maravillas y los asombros que perturban la imaginación humana. Aclarar de qué combustión está hecha la pasión para que la vista se oscurezca de repente y las palabras tengan fiebre.

 

La frase insinúa también que los dioses, astutos por excelencia, admiten la malicia del hombre. Este recurso que, al servicio de la humanidad, lo ayuda a evitar los desastres, a vigilar la bestia que duerme y despierta con él.

 

Salida de la boca de los oráculos, las palabras olvidan, sin embargo, valorar el tiempo que necesita el hombre para expurgar sus demonios interiores. No menciona que le sea posible vislumbrar un día, en un santiamén, la existencia de un muro moral que lo aísle de los peligros del mundo.

 

La frase es ingrata, semejante a la esperanza y a la discordia al mismo tiempo. Empuja al hombre con la vara de la vanidad. Le insinúa su condición de dios, que retire los velos del alma y asuma, al precio que sea, los propios actos. Le insta a comenzar un accidentado viaje, del cual no saldrá incólume. Ya que experimentará, a lo largo de su interminable curso, el dolor de privar con la carga de su sufrida condición. De resignarse a ser un mero cazador de sueños, imposibilitado de prever la ruta de su flecha voraz.

 

Traducción de Juan Malpartida.