Katya Adaui
Un cuento para tu isla
Páginas de Espuma
120 páginas
POR DIEGO SÁNCHEZ AGUILAR

La metáfora del iceberg es un tópico tan manido que tal vez solo debería utilizarse de forma paródica. Sin embargo, dado el título de uno de los anteriores libros de esta autora (Aquí hay icebergs) y dada la propuesta estética que plantea en este último, no me ha quedado más remedio que sucumbir ante ella. Así que, sí: cada cuento de Un nombre para tu isla está construido como un iceberg: aquello que se ofrece al lector sobre la superficie de la página es apenas una fracción de algo mucho mayor que está sumergido y que, sin embargo, lo sostiene.

¿Cómo es la parte visible? Fragmentos de vida: detalles sensoriales, breves reflexiones, acontecimientos cotidianos, diálogos sin contexto, erupciones de la memoria. Todo ello expuesto con ese característico estilo de Katya Adaui, forjado en sus libros anteriores: frases cortas, alergia a la oración compuesta; cada enunciado una pequeña pincelada de estilo impresionista con la que consigue captar algo así como el espíritu de situaciones, estados de ánimo y lugares utilizando el menor número de palabras posibles. Este estilo replica en el plano textual esa estética iceberg que rige la estructura de los relatos: se huye de los conectores, de las subordinadas, de todo aquello que explique lo relatado.

¿Qué queda sumergido? La «biografía» de los personajes, sus motivaciones, la forma «convencional» de los relatos. Lo interesante de la propuesta de Katya Adaui es que esta «técnica del iceberg» no es un juego de ocultación en virtud del cual la autora esconde la forma «completa» de la historia y juega con el lector a que este recomponga aquello que se le ofrece artificiosamente desordenado. No se trata de eso. Son icebergs en el sentido más profundo (y helado) del término y, como tales, avanzan empujados por la azarosa fuerza de las corrientes. Podemos tomar como ejemplo el relato titulado «Isla Grande» en el que una pareja en crisis va de vacaciones a una isla. ¿Encontraremos una serie de acontecimientos y recuerdos que expliquen esa crisis de pareja? No, claro que no. ¿Hay un hilo narrativo que dirija los sucesos de ese viaje hacia un final? No, no pasa nada, salvo todas las incomodidades y decepciones del turista occidental. Hay destellos de odio y resentimiento, de amor y comprensión, de hastío y de alegría. Lo milagroso es que esas pinceladas inconexas, esa suma de silencios y de diálogos brevísimos, y esa ausencia de «argumento», finalmente, «funcionan» y, de alguna forma misteriosa, entendemos a esa pareja.

Esto es importante: no me refiero a «misterio» como subgénero narrativo; digo «misterio» en su acepción más amplia y etimológica, es decir, «impenetrable», «inexplicable». No hay (salvo tal vez en «Un niño») ningún giro argumental «inquietante» o pirueta ontológica para subrayar lo misterioso del mundo. Lo interesante es cómo consigue que aquello misterioso o inexplicable sea, simplemente, el ser humano en su más banal cotidianidad, con todas sus contradicciones, con sus silencios, zarandeado por la vida y por sus ilusiones y decepciones. Hay una mirada perpleja y compasiva sobre esos seres que no saben lo que quieren, que parecen ignorar esa regla del cuento de taller, esa tiránica pregunta «¿qué quiere, cuál es la motivación del personaje?». Estos personajes, simplemente, están ahí. Como toda obra realmente ambiciosa, esta técnica narrativa parece responder a un deseo de captar la vida sacudiéndose el yugo del artificio.

Si en su anterior libro Geografía de la oscuridad empleaba esta misma técnica para mostrar las relaciones entre hijos y padres, aquí se distancia del tema familiar. Hay, no obstante, en esa masa inmensa helada y oculta, un «silencio común»: la ausencia de hijos. Algo que caracteriza a todos los protagonistas es que son adultos, de entre cuarenta y cincuenta años, que no tienen hijos. Dada la propuesta estética de Adaui, no podemos decir que este sea el «tema» del libro, aunque sí es una constante que merece ser destacada. Por supuesto, no se profundiza en eso (salvo tal vez en «Un niño»). Solo se dejan pistas, brevísimos diálogos, apenas una frase que muestra/oculta todo lo que esa ausencia puede significar para el personaje. No sabemos por qué no tienen hijos, pero sí podemos intuir, bajo la parte visible de las acciones cotidianas que se narran, que esa ausencia forma parte de ellos, impregna sus vidas y el relato y, en mi opinión, conforma la parte más voluminosa y fría de todo ese hielo que queda oculto bajo cada una de las páginas de este interesante libro de relatos.

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