Selva Almada, Cristina Rivera Garza y Juan Pablo Villalobos
Deambular otra vez
Almadía
90 páginas
POR ACOIDÁN MÉNDEZ

Luis Chaves escribió: «Pienso en el libro no como literatura sino como un lugar de los afectos». Es probable que la editorial Almadía esté de acuerdo con el escritor costarricense ya que su colección «Conversaciones», estrenada en septiembre del año pasado, nos invita a una hoguera en la que, alrededor del fuego, asistimos al encuentro de diversas voces de la literatura actual. Afirman los editores que, aunque los procesos creativos se gestan al calor de amistades, familiares y amantes, muchas veces las cubiertas de los libros parecen dar fe de la creación individual, iluminando junto al título, el nombre de un solo autor. De esa paradoja nace esta propuesta que, en cada publicación, «une tres voces para hacer del libro un espacio de reflexión colectiva».

Deambular otra vez es su primer título y está firmado por Selva Almada, Cristina Rivera Garza y Juan Pablo Villalobos. A primera vista uno podría pensar que está ante un texto enmarcado en la tradición de los libros, digamos, de caminantes. Sin embargo, el deambular que aquí se explora va más allá del paseo o, por lo menos, del paseo físico. El libro se gestó en plena pandemia y este me parecía un asunto reseñable, pues hay algo de la conversación que tras una segunda lectura me resultaba extraño. Descubrí así que las páginas que ahora leía habían sido las palabras inaugurales de la 40 FILOaxaca en edición virtual. Como decía Pablo Messiez con el teatro pandémico: podemos llamarlo como queramos, pero el teatro requiere un presente compartido (espacio, tiempo, comunión) que no es extrapolable a la experiencia tras las pantallas. En cualquier caso, asistimos a tres deambulares hermosos y de una profundidad enorme, probablemente amplificada por ese tiempo de encierro y silencio que vivimos mascarilla mediante.

Selva Almada, que se ha instalado en una especie de casa-contenedor en una zona semirrural a cincuenta kilómetros del conurbano bonaerense, cuenta cómo desde que está alejada del trasiego de la ciudad vuelve a fijarse en lo más elemental: la variación de la luz en una puesta de sol o «las estrellas brillando en las noches heladas». Como en una clase magistral nos regala su primera idea: ese poder de observación es todo lo que debe tener un escritor o escritora para interesarse por lo que escribe. Una de las alumnas de su taller, tras leer un texto propio, vio cómo sus compañeros arrugaban el gesto, algo hacía ruido y no sabían muy bien el qué. Intentando encontrar la disonancia, llegó a la conclusión de que: «los personajes pueden actuar como si nada hubiera pasado, pero el relato no». Además de observar, lo siguiente es saber ponerse en los zapatos del otro. Aunque no ha escrito en meses, Almada pasa las jornadas admirando el paisaje, pues a su alrededor se está escribiendo un mundo. Como dijo Flaubert: «basta mirar algo con atención para que se vuelva interesante».

En el otro extremo del globo, obligado a la quietud a causa de la pandemia, Juan Pablo Villalobos tiene una epifanía similar tras la contemplación de un árbol que se cuela por la ventana de su piso: «Había visto el árbol antes, todos los días, pero lo que quiero decir es que no le había puesto atención». Aunque con su humor habitual, tras las primeras salidas a la calle, deja de interesarse por el árbol y afirma que es tan feo que lo talaría con sus propias manos, poniendo en jaque el tono sosegado que había en su texto contemplativo. Al final, aclara: «no soy un escritor que mira por la ventana y no quería convertirme en eso». Y lo dice, recalca, sin ánimo de menospreciar. Solo es una constatación interior.

Frente al entorno bucólico de Almada y la fascinación de Villalobos por el árbol que mira desde su ventana, la escritura de Rivera Garza, que insiste en el cuerpo, parece sonar en una frecuencia distinta a la de sus colegas, más etérea, o desde un cuerpo que incluye a la mente como una extremidad más. Rivera Garza piensa que el reto está en atender a los materiales que el escritor va acumulando. Escucharlos. Cuestionarlos. Moldearlos. Crear sedimentos entre unos y otros. Y no cesar en el empeño por deambular.

Este libro no solo es una indagación sobre la escritura, es también, sobre todo, una reflexión sobre cómo observamos y nos relacionamos con el mundo. Cada autor, con su estilo, aporta una pieza al paisaje de la creación, dejando al lector con una sensación de plenitud y, al menos en mi caso, con ganas de deambular un rato.