Nuria Labari
No se van a ordenar las cosas solas
Páginas de Espuma
144 páginas
POR ALMUDENA SÁNCHEZ

No se van a ordenar las cosas solas (Páginas de Espuma, 2024) es el segundo libro de cuentos de Labari, después de debutar con Los borrachos de mi vida (Lengua de Trapo), que fue ganador del VII Premio de Narrativa de Caja Madrid en 2009 y haber explorado ampliamente el género novelístico con Cosas que brillan cuando están rotas, publicada en Círculo de Tiza en 2016, La mejor madre del mundo y El último hombre blanco, ambas publicadas en Literatura Random House (2019 y 2022). Y lo periodístico hasta el fin -ya que escribe desde hace años en el diario El País y además sus análisis críticos en Instagram son brillantes- y parece que ha sorprendido que vuelva al cuento.

Sí, son cuentos de una autora española y la editorial Páginas de Espuma nos trae, muchas veces, esas piezas cortas que estamos deseando leer.

No se van a ordenar solas las cosas pone de manifiesto algo importante: que en esta época de hiperconectividad estamos perdidos y muy solos. Que nos tenemos que abrazar a una lavadora rota o chatear día y noche para encontrar una pizca de alivio. Que las madres tenemos celos de nuestras asistentas. Que la piedad y la compasión tienen doble cara. Que vivimos genial, aunque nos falte siempre un pellizco de ilusión. Que el paternalismo nos acecha aquí y allá y cómo hacer, qué camuflaje usar para disimular que vivimos de lujo. Y sin embargo: la desazón, el desconsuelo, la impotencia. La sensación de que nuestra boda, cumpleaños, fiesta de jubilación está a punto de terminar. Los restos de la fiesta. El confeti tirado por el suelo y la tarta caducada.

La felicidad dura un rato y es indigesta.

Así las cosas, nos encontramos con seis cuentos largos que reflejan el malestar contemporáneo: un adolescente vigoréxico obsesionado con la proteína que cada vez que mira hacia la pared de gotelé de su instituto de mierda ve «litros de helado sudando por las paredes».

Una asistenta, «invisible y silenciosa» (no leáis este cuento si no os queréis enamorar de María Celeste) que cuida de forma «delisiosa» a las hijas de una mujer española de clase media-alta.

Un viaje intrépido de una familia bien a la República Dominicana entre lo exótico y el terror: «A lo largo de mi vida he hecho grandes esfuerzos para llegar a lugares donde, en realidad, no quería estar. ¿Qué vine buscando esta vez?». Y en el que realizan en teleférico «el tour de la pobreza» divisando desde las alturas cientos de chabolas.

Podría seguir enumerando verdades humanas irreconocibles, sombras de nosotros mismos, dolores a la sombra de un farol, pues este libro de Labari está lleno de ellos. Es un libro social que nos remueve porque agita sentimientos contrarios: el placer y la piedad, la injusticia y el privilegio, el pan duro y el sushi. Aquí cabemos todos y gritamos al unísono, como en las manifestaciones.

Labari no generaliza sobre la condición humana, sino que pone el foco sobre sus aristas, que resulta mucho más interesante. El detalle imperceptible, invisible. Esto es: una disección, un experimento a orillas de nuestra conciencia. Por ejemplificarlo de algún modo: como si un coleccionista de mariposas nos pinchara con chinchetas para observarnos y adivinar por qué aleteamos tan torcido y raro.

Nuria Labari ya fue reconocida con Los borrachos de mi vida (Lengua de Trapo, 2009) y ahora lo ha vuelto a hacer; ha escrito una nueva verdad, con inteligencia, madurez, ese no sé qué que tiene ella, triplicado por diez. Sus cuentos se deslizan al ritmo de los ojos. Las manos quieren más y más páginas. El corazón se achica un poco ante la realidad que cuenta. Así que, gracias. Gracias por el humanismo, por darle visibilidad a nuestra existencia de doble cara.

Termino con una cita de sus cuentos, puesto que en esto consiste la literatura:

«Mi familia es la prueba de que es imposible construir mundos nuevos con palabras gastadas.(…) Nadie me había entregado las palabras sin artículos ni matices, como si ninguna gramática fuera necesaria para nombrar lo que es cierto».